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Los riesgos del turismo voraz

Las estrategias para atraer visitantes han provocado que la densidad por metro cuadrado supere en algunas zonas el límite de lo razonable

Turistas tomando el sol en la playa de Magaluf (Mallorca).
Turistas tomando el sol en la playa de Magaluf (Mallorca).

Si se cumplen las previsiones, 2016 será un año récord en el turismo mundial. La barrera está en los 1.184 millones de personas que viajaron por puro placer a otro país el año pasado, una extraordinaria marca a la que España contribuyó con 68,1 millones de visitantes extranjeros, cifra que con toda probabilidad será batida en pocos meses. Según el tópico, los turistas buscan sol y playa, y según las estadísticas, también. Cataluña fue la comunidad que más viajeros recibió en 2015 (17,4 millones), seguida de Islas Baleares y Canarias (empatadas a 11,6 millones) y Andalucía (9,3). El prototipo del turista que elige España como destino sería un hombre (o una mujer) británica que llega en avión a Cataluña (o Canarias), se instala en un hotel y gasta una media de 116 euros al día.

Como motor económico, el turismo es un negocio boyante para España, una verdadera potencia. Genera una importante bolsa de puestos de trabajo y suculentos ingresos. Otra cosa es si el modelo en vigor no morirá de éxito. La voracidad a la hora de atraer visitantes ha provocado que la densidad por metro cuadrado supere en algunas zonas el límite de lo razonable. Las Ramblas de Barcelona, por ejemplo, sufren en sus calles la llegada, de golpe y porrazo, de los habitantes del Harmony of the Seas, una verdadera ciudad flotante con capacidad para 7.000 pasajeros y 2.000 tripulantes. Cuando esta mole llega a puerto, una avalancha de cruceristas saturan el espacio público y se desplazan en manada por la Sagrada Familia, la Boquería o el parque Güell.

El paradigma del turismo de masas y familiar, asentado en la fórmula del “todo incluido”, es Marina D’Or Ciudad de Vacaciones, un complejo en Oropesa (Castellón) formado por 15.000 apartamentos, cinco hoteles, decenas de atracciones infantiles, restaurantes, tiendas y balnearios. Salou (Tarragona), Lloret de Mar (Girona) o Magaluf (Mallorca) son otros destinos tomados por extranjeros que, en este caso, buscan sol, juerga y borracheras low cost. La agencia de viajes alemana Tui promociona Baleares como destino para “divertirse hasta que venga el médico”, de modo que no es de extrañar que las islas lleven colgada la etiqueta de “excursiones etílicas” y atraigan a gentes poco deseables.

La proliferación de vuelos baratos y una abundante oferta de alojamientos (no siempre con cobertura legal) a bajo precio han puesto de moda un escaparate vacacional que, a la larga, puede llegar a espantar a ese otro turismo más familiar, sostenible y de calidad. El sector corre el peligro de que los visitantes conflictivos y ebrios se hagan fuertes y terminen por espantar a aquellos atraídos por el arte, la gastronomía o la historia.

En esta tesitura, algunos Ayuntamientos se plantean restringir el número de visitantes para reservar su espacio. Fuerteventura ha fijado en 2,5 millones el tope que puede asimilar sin quebrar su calidad de vida. Porque los turistas buscan sol, que es gratis, pero consumen servicios y recursos.

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