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Pequeña Inglaterra o Gran Bretaña abierta

El Partido Conservador ha vivido muchas veces la cuestión europea como línea de fractura. Pero ahora, el espíritu de la Inglaterra que se enriqueció con el pasaje de ida y vuelta a Calais es lo que ahora peligra

El primer ministro británico, David Cameron, impulsor del referéndum que ha dividido a los conservadores.
El primer ministro británico, David Cameron, impulsor del referéndum que ha dividido a los conservadores.

Gran estadista de la pequeña Bélgica, Paul-Henri Spaak se tomó el trabajo de viajar a Londres para exponer ante Rab Butler, omnipotente ministro de Hacienda británico, las promesas políticas del proyecto europeo. Mediaban por entonces los años cincuenta. Reino Unido disponía aún de un amplio espacio colonial y –tras su liderazgo moral en la guerra- gozaba de una serena auctoritas sobre el continente. Apagadas las llamadas churchillianas en pro de una Europa unida, Butler iba a adoptar su mejor pose de imperturbabilidad cuando Spaak intentó “excitar su imaginación” con las posibilidades de la Europa naciente. “No le hubiese sorprendido más’, concluyó el belga, ‘de bajarme los pantalones delante de él”. Las negociaciones, por supuesto, no iban a llegar a parte alguna. Para los líderes británicos de la época, como escribe Barzini, aquella era una iniciativa digna tan sólo de una mirada de suficiencia imperial. Para los líderes británicos que les sucedieron, la renuncia –más bien- representaría un fracaso: urgidos a redefinir su papel global en plena descolonización, ya llegaban tarde para “modelar el proyecto europeo a nuestro antojo”. De la cerrazón a la apertura, estos dos momentos cifran, como una herida original, todas las paradojas que han acompañado la participación británica en la Europa unida.

Es un camino recorrido de ironías: baste pensar que la Margaret Thatcher que grita sus célebres “noes” a Delors es la misma que, bandera en mano, había hecho campaña para los tories como “el partido de Europa”. Para entonces, el premier de la prosperidad de la posguerra, Harold Macmillan, había recibido las negativas de De Gaulle, mientras que a otro conservador –Ted Heath, de mala memoria- le tocaría ser firmante de la integración. A pocas horas del referéndum cameroniano sobre el Brexit, no es vano recordar tantas ocasiones en que el partido conservador vivió el proyecto europeo como línea de fractura. De ahí vinieron, por ejemplo, el descrédito de John Major, una década larga de lejanía del poder. Y de ahí había venido también la propia caída de Thatcher, arrastrada por la dimisión de su mano derecha, el europeísta Geoffrey Howe. Como prueba el propio referéndum, esa cesura thatcheriana está lejos de cerrarse todavía. De paso, también prueba algo más relevante: que, en Gran Bretaña, la cuestión europea pasa fácilmente de la discusión estratégica a la definición existencial.

La cuestión europea pasa rápidamente en Reino Unido de estratégica a existencial

Es un dato que no puede soslayarse en su importancia. La fricción con el continente ha tenido el suficiente arraigo como para integrar un cierto ethos de lo británico y dar cuerpo a contradicciones características de su vida nacional. De hecho, si Disraeli, a propósito de la cuestión social, hablaba de “las dos naciones” en que se dividía el país, hoy es fácil observar una pequeña Inglaterra en oposición a la Gran Bretaña abierta. Y lo más ajustado es decir que esa Little England replegada y parroquial tiene mucho de abstracción y mito: tan dada a cambiar las nostalgias eduardianas por las invectivas –propias de UKIP- contra “ese horrible país llamado extranjero”, no sólo olvida el papel globalizador de su país. Ante todo, desdeña esa tensión creativa entre británicos y continentales que ha escrito páginas extraordinarias a ambos lados del Canal. No se trata de detenerse en Haendel o Cervantes, en Newman o la Institución Libre de Enseñanza, en Los Arapiles o el Somme. Se trata de reinvidicar esa Gran Bretaña abierta que, si acogió todo lo que el Continente rechazaba –de hugonotes a resistentes franceses, de liberales a republicanos españoles-, también se enriqueció con el pasaje, siempre de ida y vuelta, de Dover a Calais. Es esa tradición de apertura la que peligra con el Brexit.

La fricción con el continente ha tenido el suficiente arraigo como para integrar un cierto ethos de lo británico

Por supuesto, todavía habrá continentales que miren a las islas como “el Japón de Europa”, y británicos que renieguen del continente “del Holocausto, la Inquisición y la Revolución”. No es menos cierto, sin embargo, que también ha habido espacio para ententes cordiales, vuelos del Concorde o trenes que atraviesan el Canal. Al integrarse en el proyecto europeo, Gran Bretaña no sólo contribuye a modelar una Europa que, legítimamente, se aparta del afán federalizante: también se beneficia, como decía Howe, de participar de “las realidades del poder” para ejercer “un mayor control de su propio destino”. En el momento de abandonar a Thatcher, el propio Howe iba a utilizar las palabras de Macmillan para pedir que su país “no se retirara hacia un ghetto de sentimentalidad sobre su propio pasado”. En su europeísmo, dejaba claro que, para Gran Bretaña, el “espléndido aislamiento” hace mucho ya que dejó de ser espléndido.

Ignacio Peyró es periodista y escritor. Ha publicado Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa.

 

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