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EN PRIMERA LÍNEA

Así se construye Bangladesh

Un arquitecto cuenta sus experiencias profesionales en Asia y cómo ha aprendido de sus habitantes en los últimos ocho años

Trabajadores de la producción de ladrillo cerámico de Bangladés.
Trabajadores de la producción de ladrillo cerámico de Bangladés.
Ashuganj (Bangladés)

Países como India, Bangladés o Indonesia no pueden competir con el primer mundo en tecnología, por eso usan el mismo as en la manga para seducir al mundo globalizado: su enorme cantidad de mano de obra no especializada. Cientos de miles de personas que se ofrecen en países como Singapur o en los emiratos árabes para realizar los trabajos que nadie quiere en esos lugares.

Esa realidad es fácil de ver en numerosos países de la zona, sobre todo para alguien que trabaja mano a mano con ellos. Esa es mi historia, donde he compartido mi vida con muchos de estos trabajadores inmigrantes en el mundo de la construcción en Asia. Unas gentes honestas, con ganas de trabajar y animados por ofrecer un futuro a sus familias; pero también con una gran inseguridad que partía de la mínima educación que recibían.

Porque en Asia, cuando un operario —debido a su escasa formación— no sabe hacer algo, lo suele aprender sobre el terreno. O como se dice en la jerga del sector, a pie de obra. Con una reunión donde les explico cómo han de hacer esa parte de su trabajo que desconocen, exigiéndoles luego el ejemplo práctico.

Ese es mi trabajo como arquitecto. Una profesión que, desde principios de 2015, me ha llevado a trabajar en la construcción de una planta eléctrica en Ashuganj, una pequeña ciudad rural al noreste de Bangladés. Estas construcciones son la principal fuente de ingresos de las familias locales. Gente analfabeta en su mayoría a la espera de oportunidades en proyectos dirigidos por occidentales.

Asia no es fácil. Siempre me enseña el lado más amargo de la vida de la manera más natural

Las lecciones aprendidas en las tierras de Bengala me siguen siendo gratificantes; en cambio, la realidad social a la que estamos expuestos es capaz de eclipsar en pocos segundos cualquier esbozo de sonrisa en nuestras caras.

Asia no es fácil. Siempre me enseña el lado más amargo de la vida de la manera más natural. Aun así, mis ocho años aquí han convertido mi profesión en una verdadera pasión. Sus gentes me han enseñado que diseñar algo puede darte también la felicidad, y eso es ahora lo más importante de mi oficio.

Porque la arquitectura, aquí en Asia, es un oficio más que una profesión. En un mundo donde ya sólo existen puestos de trabajo, parece que hablar de oficios sea algo obsoleto.

Tratar de cambiar el mundo es una ardua tarea y comienza en la capacidad de influenciar nuestro entorno más inmediato, asunto que exige mucha flexibilidad en la manera de pensar y comunicar. He aquí tres ejemplos que he vivido en esta obra:

1. El color del cielo

A veces, un simple error puede crear un gran conflicto con el cliente al menos que tengas buenas herramientas para saber convertirlo en la mejor de las decisiones.

El edificio que construye Vélez, del color del cielo.
El edificio que construye Vélez, del color del cielo.

Mi primer contacto con Bangladés ocurre en su capital, Daca. Sus grandes avenidas exhiben una publicidad menos colorida que las vestimentas de sus ciudadanos. Los colores importan mucho en este país, y no sólo a las grandes firmas de moda que producen aquí para vestir al mundo rico.

Cuando el cliente bangladesí me llamó para decirme que había cambiado en uno de los edificios el color gris del complejo a un azul claro que le resultaba alegre pero fuera de lugar, yo ya llevaba mis ejercicios hechos para justificarle mi aparente error. Lo primero que hice fue pedirle disculpas porque me veía obligado a tener que hablarle de arquitectura haciéndole subir a la cubierta del mismo edificio.

El color se debía a dos motivos. Primero, en memoria de todas las horas de trabajo que la mano de obra bangladesí había pasado bajo el cielo azul claro, que caracteriza este lugar discutiendo los detalles constructivos hasta llegar a levantar el enorme edificio. Y segundo, por la transparencia que adopta el edificio al fusionarse su color azul con el del cielo hasta hacerlo desaparecer.

El cliente desconocía el concepto de mimetización con el entorno. Me comentó que le gustan mucho los libros sobre estética europeos, a pesar de no haber tenido tiempo para leerlos. Aceptó mi propuesta de usar el color del cielo y quiso extenderlo al complejo entero. Yo miré sus ojos, él miró los míos y, sin decir nada, los dos empezamos a reírnos de todo esto.

2. El muro de ladrillo

Innovar no siempre significa ser creativo. Basta con introducir una idea foránea en Ashuganj para obtener una revolución. El ladrillo cerámico es muy típico en Bangladés. Su producción es altísima en la época seca y nula en la de lluvias.

Nuestra residencia está cercana a una planta de motores. Su ruido constante inunda las horas de descanso que tenemos. Para minimizar el sonido, levanté un muro con una cámara de aire en su interior con las manos de la gente local. Bangladés es un sitio terriblemente húmedo. El muro necesitaba ventilación y paso de luz natural. Coloqué los primeros ladrillos personalmente porque los obreros no entendían mis planos. La colocación de los ladrillos era diferente a su manera de construir.

Días más tarde me levanté a tomar mi desayuno. A la salida de mi habitación me espera el contratista local. El muro estaba casi terminado y tenía clientes interesados en reproducirlo en otras áreas de Ashuganj. El bangladesí estaba realmente feliz y empezó a llamarme maestro.

3. La tubería de agua

Bangladés muestra escalones inferiores donde el ser humano se mueve de la manera más extrema. Fuera del recinto oficial del proyecto, hay cantidad de niñas rebuscando pequeños trozos de ladrillos que salen entre las arenas de nuestras excavaciones diarias. Corretean por la calle donde estamos enterrando la gran tubería de agua a las mismas horas que sus horarios lectivos inexistentes. Niñas que posiblemente no tendrán opción de salir del primer escalafón que ofrece la vida humana, la miseria.

Vélez y su equipo celebran los avances en su construcción.
Vélez y su equipo celebran los avances en su construcción.

El nivel freático de estas tierras es muy alto y va en aumento. Estos terrenos están menguando rápidamente debido al cambio climático. El trabajo se convierte en un desafío técnico para un país con escasos medios donde casi todo está por hacer.

Construir en Bangladés significa llevar de la mano al contratista, lo que implica escribirle los pasos a seguir del trabajo a modo de instrucciones. Esto es un escrito que no ocupa más de una cara de un folio. Lo llamo lenguaje estratégico y me asegura la consecución de mi meta. Se lo paso a todos los ingenieros locales con los que trabajo en el proyecto.

Cuando doy la orden de empezar las excavaciones por la mañana temprano, las niñas están ya preparadas para buscar ese oro empaquetado en trocitos de ladrillos que les pueda resolver el día entero. A la tarde, el ingeniero bangladesí me agradece mi ayuda en detallarle paso a paso su trabajo. Así empezó a creerse el éxito de su trabajo.

La felicidad mediante el diseño

Llegué a la obra de Ashuganj en abril del 2015. La nada de los terrenos donde trabajo ha pasado a ser un lugar gracias a las manos de sus trabajadores. Al igual que ellos, yo también me abrumo con el resultado. Ciudades tan hermosas como Venecia o Lisboa se erigieron también en terrenos similares a estos.

Hay países que importan y otros que no. Si Bangladés importara en Occidente, sus habitantes olvidarían el trauma que aún les atormenta del fatídico 24 de abril de 2013. La avaricia y la necesidad humana escenificaron una de las mayores catástrofes de la globalización. Un edificio comercial de ocho plantas, el Rana Plaza, colapsaba. Este drama, que dejó al menos 1.127 personas muertas y otras 2.437 heridas, puso en jaque el proceso global de producción en cadena. Bangladés fue portada de todos los medios de comunicación del mundo por unos días. Pero este país no importa y, muy posiblemente, no tenga nunca opciones de importar.

Tratar de cambiar el mundo es una ardua tarea y comienza en la capacidad de influenciar nuestro entorno más inmediato, asunto que exige mucha flexibilidad en la manera de pensar y comunicar

Durante mi estancia en las tierras he tenido la oportunidad de conocer en persona a su Nobel de la Paz, Muhammad Yunus. En uno de sus famosos seminarios, el profesor Yunus me dedicó unos 15 minutos para intercambiar nuestras experiencias trabajando con la gente desfavorecida de su país. Esto me dijo: “Los pobres son como los bonsáis. Cuando se planta la mejor semilla del árbol más alto en una maceta pequeña, se obtiene una réplica del árbol más alto pero tan sólo con unos pocos centímetros de altura. No hay nada malo con la semilla que se sembró; sólo que la base de suelo que se le dio resultó ser insuficiente. Los pobres son como los bonsáis. No hay nada de malo en sus semillas, pero la sociedad nunca les da la base adecuada para crecer en ella".

De nuestra conversación no sólo puso de relieve que la educación es el arma esencial de los desfavorecidos contra el sistema dominante que los excluye, sino que además la organización es la piedra angular para salir de las situaciones marginales que provoca la pobreza. De ahí que me haga ver que la solución no es sólo el dinero que se invierte para realizar mejoras en las comunidades desfavorecidas, sino que parte del cambio empieza ayudando desinteresadamente a los desfavorecidos a conocer sus cualidades y capacidades para conseguir salir adelante.

Mi máxima satisfacción es ver acercarse a mí estos trabajadores, que no tenían fe en alcanzar su cometido, para agradecerme mi ayuda prestada una vez que alcanzado el objetivo.

En definitiva, y parafraseando a Henry Ford, sólo hay felicidad cuando nos damos cuenta de que hemos logrado algo.

Miguel Vélez es arquitecto de origen manchego. Lleva trabajando en Asia desde el año 2008. Ha participado en proyectos de gran escala en diferentes países asiáticos para empresas multinacionales.