Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete

Conversaciones necesarias

Cuidar el lenguaje, ponernos en la piel de nuestro interlocutor y expresar cómo nos sentimos son algunas claves para mejorar la comunicación en nuestras relaciones

 Carlos Spottorno

En mis sesiones de acompañamiento a las personas me encuentro a menudo con que tienen un bloqueo en su vida porque hay ciertos temas que temen plantear. Son conversaciones pendientes. Las van posponiendo porque el mero hecho de pensar en ello les provoca malestar y un nudo en el estómago. Como resultado, la comunicación no fluye, ya sea con el jefe o con el empleado, con el padre o la madre, con los hijos, entre hermanos o con un buen amigo. De ahí que evitemos a esa persona y nos distanciemos.

Las conversaciones pendientes generan inestabilidad. Por ejemplo, si dos hermanos no se hablan, los otros miembros de la familia intentarán restaurar la comunicación intermediando de alguna manera. Es una dinámica que genera culpa, resentimiento, posicionamientos y diálogos laterales, pero que en muchas ocasiones acaban en un mayor desencuentro y desesperanza cuando la conexión no se restablece. La mayoría de las veces, detrás de una conversación pendiente están las expectativas incumplidas. Y, para plantear el diálogo, es importante hacerlo desde un espacio de aprecio, amor y consideración. Nos cuesta conversar cuando la relación es fuente de frustración y de resentimiento, entonces se hace difícil establecer el diálogo. Por ejemplo, plantear lo siguiente generaría actitudes defensivas y de justificación: “Siempre estás fuera. Ya no me quieres. No te importo. Ya no te apetece estar conmigo. Nunca tienes tiempo para prestarme atención”. Este planteamiento expresa un reproche, un juicio. De hecho, las quejas son peticiones encubiertas. En vez de pedir lo que uno quiere y explicitarlo, uno se lamenta, creando malestar y no diciendo con claridad lo que necesita. En cambio, en la misma situación, podemos plantearnos lo siguiente: “Últimamente te veo poco, pasas muchos días fuera y, cuando estás aquí, llegas siempre muy tarde. Me gustaría tener más tiempo para compartir, para expresar lo que sentimos, para escucharnos y estar juntos. Si no dedicamos tiempo a nuestra relación, esta dejará de tener sentido. ¿Cuán importante es nuestro vínculo para ti?”. Este planteamiento ofrece posibilidad de diálogo.

Uno de los factores clave a la hora de cuidar las relaciones radica en hablar de los temas que nos interesan con las personas que nos importan. Estar presentes y disponibles para dialogar y aclarar es esencial. Si alguien le plantea una queja, considere que usted es importante para esa persona. Si no le interesara, sencillamente no se molestaría en exponerla, no le dedicaría tiempo. En vez de huir o reaccionar a la defensiva ante un reproche, intentemos considerar: ¿qué quiere realmente la otra persona?, ¿qué petición o necesidad encubierta existe?, ¿cuál es la expectativa que no se le ha cumplido? A veces, en lugar de ser claros y abiertos diciendo lo que nos gustaría, reprochamos y recriminamos.

Lo cierto es que no siempre se aplica el dicho popular de hablando se entiende la gente. A veces es lo contrario y las palabras complican nuestra comprensión. Nuestra presencia, es decir, nuestra atención plena en las conversaciones, es esencial para establecer vínculos saludables. Solo estando muy presentes podemos percibir los gestos, las posturas y el lenguaje no verbal. 

Para entender a los padres

En el proceso de restablecer vínculos, es de gran ayuda situarse en el lugar del otro. Por ejemplo, quien no se ha sentido querido por sus padres o ha percibido carencias en la relación, transforma su mirada cuando tiene hijos. Entonces se percata de que lo que él da no siempre es recibido como lo que el otro necesita. Da a sus hijos con buena intención, pero ellos lo reciben de otra manera. Y parece que no ha satisfecho sus expectativas. Como progenitores nos esforzamos y, sin embargo, nunca parece suficiente. Una experiencia que ayuda a entender mejor a los propios padres.

También es útil narrar lo que a uno le ocurre, lo que siente. Es importante compartir en primera persona, sin culpabilizar al otro. Explicar que esto me pone triste o que aquello me hace sufrir. Lo expongo para que el otro lo sepa, pero no le culpo ni le obligo a cambiar de comportamiento. Al narrar desde el yo, dejo un espacio para que el otro me comprenda y sepa cómo me influye su comportamiento. En vez de decir “me haces sufrir”, le digo: “Cuando actúas así, sufro. Quizá no comprendo por qué actúas así y me gustaría entender mejor tu intención”. En vez de culpar –“no me informaste, me rechazaste”–, hablemos desde otro espacio: “Cuando no me comentas las cosas, me da la sensación de que ya no me quieres y me pongo triste. Para mí es importante que me informes”. Son pequeños giros en el lenguaje que nos abren espacios para el diálogo y para explorar las oportunidades de fortalecer nuestros vínculos.

¿Qué otros pasos sencillos podemos dar para ampliar nuestra capacidad de relacionarnos? Hacer peticiones explícitas, concretas y claras. Pedir respetando las limitaciones de lo que el otro quiere y puede cumplir. Hacer propuestas claras sin esperar nada a cambio. Sirva como ejemplo una experiencia personal. Un accidente me obligó a estar en cama tres meses con una fractura de varias vértebras. Algunas personas se ofrecieron a ayudarme con el siguiente planteamiento: “Estoy a tu disposición cuando quieras”. Es una proposición muy amplia y difícil de trasladar a acciones específicas. Sin embargo, una amiga me dijo: “Mañana puedo ir a comprar y te cocino”. Otra me comentó: “Los sábados por la mañana puedo pasarme a verte y llevarte la compra”. Estos ofrecimientos eran más concretos y fáciles de ejecutar. Cuando las peticiones y las propuestas son claras, es más fácil llegar a acuerdos.

Una buena manera de cuidar la relación es escuchar. Aceptar que la perspectiva del otro, su manera de entender y satisfacer las necesidades puede ser distinta a la nuestra. Para facilitar el diálogo que nos permita un acercamiento, podemos preguntar qué es lo que la persona realmente quiere y hablar sobre ello. Una charla en la que se explicita lo que uno necesita potencia el vínculo.

Al hablar sobre nuestros deseos y anhelos, abrimos las puertas a una conversación generativa, es decir, que va en espiral ascendente. Es aquella comunicación en la que ambas partes salen mejor de lo que estaban antes de iniciarla. Las cosas se han ido aclarando, nos sentimos liberados y estamos más abiertos y esperanzados.

Para saber más

Libros
Relaciones poderosas
Joan Quintana y Arnoldo Cisternas (Kairós)

¿Dónde están las monedas? Las claves del vínculo logrado entre hijos y padres
Joan Garriga (Rigden)

El ser relacional. Más allá del Yo y de la Comunidad
Kenneth J. Gergen (Desclée De Brouwer)

Una conversación en espiral descendente, por el contrario, degrada la relación, la agota, la seca y alimenta el rencor, la tristeza, la rabia y el malestar. Es entonces cuando nos entran ganas de desvincularnos, de cerrar las puertas a la comunicación con esa persona. Como resultado, el vínculo se debilita y amenaza con quebrarse. Para salir de la espiral que nos lleva hacia abajo y entrar en un diálogo que abra nuevas posibilidades es útil plantear preguntas que nos inviten a hablar desde la abundancia y no desde la carencia.

Por ejemplo, si preguntamos “¿por qué siempre te equivocas?, ¿por qué no me informas a tiempo?”, estamos invitando a una conversación marcada por los reproches, por lo que uno considera que se hace mal. Si caemos en recriminar y culpabilizar, será difícil restablecer el vínculo. En cambio, podríamos indagar: “¿Qué te llevó a actuar de esta manera?, ¿cómo te ayudo para que me informes a tiempo?, ¿qué podemos hacer que nos beneficie a los dos?, ¿qué aprendemos de esta situación?”.

Hay que visualizar también cómo nos gustaría que fuera el vínculo y compartirlo con la persona en cuestión. Expresándole la importancia que tiene para nosotros la conexión con ella. Dándole la oportunidad para que exprese cómo le gustaría que fuera nuestra comunicación. Cabe preguntarse: ¿estamos dispuestos a incorporar maneras de ser que nos permitan volver a tener la relación que disfrutábamos o a crear una en la que disfrutemos?

Otras acciones que podemos introducir son las de apreciar y reconocer. Pregunte cómo se siente el otro sobre un asunto concreto y escuche. Dele espacio para que se exprese. Aprecie, reconozca y valore lo que es, y no dé por supuesto que ya lo sabe. La falta de aprecio y reconocimiento a la otra persona es una carencia. Cuando uno reconoce, ve al otro y él también se siente visto. Esto fortalece los vínculos y las relaciones son más placenteras y ágiles. Agradezca más a menudo.

elpaissemanal@elpais.es

Más información