‘Gentleman’ & ‘british’

Mi vida es un continuo perseguir la inalcanzable condición de gentleman, esa inasible calidad del carácter que nadie puede definir exactamente qué es, pero que uno sabe perfectamente que no la posee, sobre todo cuando se viste o elige una corbata, por no decir cuando se enfrenta a una revuelta de los cipayos. Como el zen, lo que es un gentleman se puede tratar de explicar de manera tangencial con ejemplos. Un gentleman es alguien que cuando ve que a una mujer se le ha caído el bolso no sólo lo recoge sino que se lo devuelve. Es un hombre que jamás hace sentirse embarazada (!) a una señora y, si se produjera un incendio en su hotel y tratando de escapar se topara con una escasamente ataviada, comentaría desenfadadamente: “Hay que ver qué calor hace esta nochecita, ¿no es así?”. Si descubre un gato muerto en su jardín y lo lanza, como es natural, por encima del muro, al recibir una nota de su vecino informando de que el felino no es suyo, un gentleman contestará con otra carta muy educada señalándole que no importa y que puede conservarlo igualmente. Un gentleman, en fin, siendo atacado por un león durante una cacería y en tanto la fiera le devora sentenciará lacónicamente: “Vaya, qué contrariedad”.

Si hasta aquí ya le parece todo esto una absoluta gilipollez no hace falta que siga leyendo, porque ser o no ser un gentleman a usted le importa una higa y puede que incluso confunda un gentleman con un hipster. Además, lo que sigue es peor.

Un gentleman es alguien que, invitado a un baile de disfraces, no se equivoca de fecha, y de hacerlo –caracterizado de Peter Pan o de gitana–, consigue con su aplomo que los demás crean que son ellos los confundidos

Un gentleman es alguien que, invitado a un baile de disfraces, no se equivoca de fecha, y de hacerlo –caracterizado de Peter Pan o de gitana–, consigue con su aplomo que los demás crean que son ellos los confundidos.

Mi empeño por ser o al menos parecer un gentleman me ha llevado no sólo a coleccionar peregrinas aseveraciones como estas, sino a acumular una extensa bibliografía en la que se cuentan varias biografías de Beau Brummel –hablaremos en otra ocasión, lo prometo, de ese árbitro de la elegancia–, Las cuatro plumas, una monografía sobre cómo vestir adecuadamente en el cricket y The manual for British men, de Chris McNab, autor también de Americas’s elite, que no es un libro sobre la gente más chic de Manhattan sino, vaya, acerca de las fuerzas especiales.

En The manual for British men se nos explican unas cuantas cosas que, además de las actitudes ya comentadas, pueden contribuir a darnos un barniz de gentleman. Y es que ser británico ya es un punto en ese sentido. Ser capaz de disparar un arco largo, lanzar adecuadamente –lo que no quiere decir, por supuesto, con éxito– una carga de caballería, manejar con soltura la torreta artillada de un bombardero Lancaster o desmontar una metralleta Bren son cosas que lucen. Como lo son trepar con gracia las jarcias, usar un sextante, afrontar un motín en alta mar en un navío de Su Majestad, combatir el escorbuto, detectar un submarino alemán, planear un Grand Tour, decir con propiedad “más aire, Punkah wallah”, fundar una colonia, lidiar con una UXB (unexploded bomb) alemana, seguir siempre las reglas del marqués de Queensberry al boxear, no reírse nunca de sus propias bromas, mantener el contacto con los ojos del otro cuando le da la mano, comprar un nombramiento de oficial en el ejército (en los House Guard o el 10º de Royal Hussars, por ejemplo) o escribir un poema de amor prerrafaelita. Quien quiera ser un gentleman, que anote todo esto y persista. Y no olvide tener siempre dispuesta una buena y elegante réplica, como la de John Wilkes a John Montagu en la Cámara. Cuando el segundo le espetó que moriría “en el patíbulo o de sífilis”, el primero respondió: “Eso dependerá, my Lord, de si abrazo sus principios o a su amante”.