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La aguja del reloj marca de nuevo Europa

Si los pilares que sostienen el proyecto europeo están agonizando, 2016 debería ser el año de luchar para resucitarlos

A Europa no le fue demasiado bien durante 2015. El año se abrió con los atentados yihadistas a Charlie Hebdo y a un supermercado kosher en París, y cuando estaba ya terminando, otro puñado de terroristas islamistas causaba de nuevo pavor en la capital francesa dejando 130 muertos. En otro orden de cosas, la crisis griega dinamitó las frágiles costuras de la eurozona mostrando sus debilidades. Syriza, que casi rozó la mayoría absoluta en las elecciones del 25 de enero, desafió con acabar con las medidas de austeridad que han marcado la política económica de la Unión en los últimos años. Hubo una sucesión de tiras y aflojas, y, casi un mes después, el Gobierno de Tsipras solicitó una ampliación del rescate con unas condiciones prácticamente igual de severas que las anteriores.

En verano llegó la crisis de los refugiados, que puso de manifiesto la lentitud de la maquinaria de Bruselas para responder a un problema de esa envergadura y mostró cuán lejanas están las políticas de los Estados miembros frente al desafío de la inmigración. Volvieron entonces a estallar las debilidades del proyecto europeo. A mediados de los noventa, antes de que se produjera la ampliación a los países del Este, el historiador Tony Judt advirtió ya de que Europa corría el peligro de morir de éxito. Su arrogancia chocaba con una observación de sentido común: los logros del Estado de bienestar se habían conseguido en unas condiciones excepcionales, que no iban a repetirse indefinidamente y que sus conquistas no podían darse por descontadas. Así que resultaba imprescindible avanzar con prudencia y cautela.

La crisis económica de 2008 le cayó a Europa como una bofetada, sacando a la luz que las cosas se habían hecho con más precipitación que finura. Así que empezaron a brotar como setas los enemigos de Bruselas, seguramente todos ellos cargados de razón. Y en esas andamos, con millones de ciudadanos enfurecidos por sus carencias y errores. Pero, curiosamente, el reloj vuelve a marcar que es tiempo de más Europa. Porque lo que debe sostenerla sigue vigente frente a esos otros poderes que quieren marcarle el compás al mundo: una China cerrada a la democracia, una Rusia autoritaria, el fanatismo del Estado Islámico. Lo peor, en ese contexto, es debilitar el proyecto europeo. En unas páginas de su diario, en las que despotricaba contra Nietzsche, Cosima Wagner lo acusaba de haber escrito una obra que no era nada más que la suma de cuestiones que, amén de Schopenhauer y los hindúes, estaban ya en “los griegos, los enciclopedistas, los humoristas ingleses”.

No está mal ese legado: el espíritu trágico y la filosofía, la reivindicación de la razón para gobernar los asuntos del mundo, la felicidad de la risa. Si a eso se le suma el afán que viene de la Revolución Francesa de luchar por la igualdad, los pilares que deben sostener el proyecto europeo siguen mereciendo la pena. Y si están agonizando, 2016 debería ser el año de batallar para resucitarlos.