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COLUMNA

Peludos

Antes el sexo estaba más reprimido, pero al menos se tocaba carne verdadera y se aprendía por prueba y error de la experiencia

¡No más 2020 y no más maldita guerra. ¡Por favor, hablemos de otras cosas! Por ejemplo, dice The Huffington Post que el pasado año se pincharon más de 300.000 páginas porno de Internet desde el Parlamento británico (me encantaría saber cuántas visitan los diputados españoles). Que sus señorías dediquen el tiempo laboral a esas tontadas resulta irritante, pero el dato es revelador del alto consumo e influjo social de la pornografía. En el vestuario de mi gimnasio pude comprobar una realidad flipante: que la gran mayoría de las chicas llevan sus partes (las partes más partes, ya me entienden) completamente depiladas. Una práctica dolorosa, cara y un tanto rechinante, porque disfraza a las mujeres de niñas prepúberes. Lo cual me recordó el libro Cómo ser mujer, de Caitlin Moran, en el que la autora (36 años) se queja de esta tiránica moda de los bajos pelados, y con ingenio lo achaca a que las nuevas generaciones han conocido el sexo a través de los vídeos porno, y que ahí las mujeres van afeitadas para que en los primeros planos se vea todo mejor (también los actores porno se depilan, y por eso muchos chicos se arrancan hasta el último vello). Tiene razón Moran, y la realidad es aún peor. Hace años que los adolescentes se educan sexualmente con los pechos postizos y deformes de las Pamelas Anderson, así que ahora a los jóvenes quizá les pongan más unas horrendas pechugas de hormigón, de esas que siempre quedan tiesas, que un bonito pecho natural. Antes el sexo estaba más reprimido, pero al menos se tocaba carne verdadera y se aprendía por prueba y error de la experiencia. Hoy el modelo de calentón es una industria porno artificial y absurda, con gemidos de vicetiple e improbables posturas. En fin, no digo que haya que ir como osos, pero quizá cierta rebelión capilar ante la obligada moda de afeitarse tanto pudiera incrementar la libertad y la gloria del cuerpo.

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