Huidas con retorno

José Luis Ágreda

Cuando la sensación de agobio se hace demasiado densa, cuando, un día tras otro, las noticias son malas, y las previsiones, pésimas, cuando la precariedad se convierte en rutina, me receto a mí misma una huida. Un vuelo barato, un hotelito discreto, unos pocos días en otra ciudad. Si dispusiera de dinero para dos semanas, escogería Atenas. Para seis días, Roma es la ciudad justa. No me lo tomo como unas vacaciones, sino como un extrañamiento, un corto destierro al revés –no para añorar el lugar que dejo, sino para olvidarlo en la medida de lo posible– que no es sino la consecuencia de este sentimiento apátrida que siempre ha sido fuerte en mí: no me hablen de países, háblenme de su gente. Y como a la gente del país en el que vivo le va muy mal, y como nos toca la cuerda floja, un autoexilio romano de una semana escasa, por fuerza tiene que regenerar la sensibilidad, que a base de lamentos comunicacionales y maldades y tontunas del Gobierno puede acabar embotada.

Roma, decía. Por encima de todo, Roma. Para siempre, Roma. Ahora mismo. Escribo en la pequeña, pero apañada, habitación del hotel. Por cierto que anoche, cuando llegué, encontré en un rincón los calcetines sucios del cliente anterior. Tal como están las cosas, casi lo he considerado un detalle solidario, y puede que hasta un talismán. A ver si me acuerdo de abandonar aquí unas bragas viejas.

Roma es la ciudad. Un corto destierro para olvidar el lugar que dejo”

Roma, decía, repito. El hecho de que el hotel no disponga de una gran vista no es obstáculo para el estímulo. La callecita debe de medir metro y medio de ancho, de modo que ante mis narices tengo un simple muro. ¿He escrito simple? No, es un muro como una casa, un muro de los de antes, medieval, grandes piedras horizontales cortando la simetría, enrejados en los bajos y, en los pisos más altos, ventanas con persianas, como aquella a la que se asomaba Monica Vitti en El eclipse. Y el color de ese muro, de arena al sol, que es el de la ciudad.

Anoche diluviaba en Roma, la última lluvia de enero, según parece, pero aun bajo el agua la ciudad resulta acogedora. Eché a andar porque estoy en un buen barrio que conozco poco –junto a la plaza de los Santos Apóstoles, a un paso de la Via del Corso y de Piazza Venezia–. Yendo hacia el Quirinal encontré una librería de antigüedades con tal cantidad de ejemplares raros –de botánica, de anatomía– que pasé más de diez minutos mirando los escaparates bajo la lluvia. Creo que eso tan sencillo me limpió: allí estaba, contemplando incunables de no sé cuántos años, y alrededor ya era oscuro y no había otro ruido que el de la lluvia. Cuando entré a calentarme en un bar –que estaba a punto de cerrar, pero el dueño postergó la hora para darme un café corretto con grapa– me pareció que los cristales entelados creaban también un efecto aislante. “Venga mañana a comer”, propuso el amo. “Domani faciamo la polenta”. Polenta, esa masa energética. “Mi madre tenía mucha polenta”, recuerdo que Lolita, la hija de Lola Flores, solía decir al referirse a su progenitora. Y hacía un gesto como de amasar con el puño, algo que me quedó grabado. Mucha polenta, mucho carácter, lo que se dice guts de verdad vamos a necesitar para recomponernos.

Pero ahora hace sol, esto es Roma, y la ciudad con su color y sus piedras y su impávido cinismo aguarda al otro lado de la ventana para recordarme que todo pasa y que solo la belleza permanece.

 

www.marujatorres.com

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