COLUMNA

Mayoría excepcional

Artur Mas quiere la mayoría absoluta. Es más, quiere una mayoría excepcional

Artur Mas quiere una mayoría excepcional. Lo ha dicho. En la política pasa como en la literatura o en el fútbol, donde las ambiciones son desmedidas, pero se cuentan siempre. Mas lo ha contado.

Cuando se expresa esa ambición máxima (el premio Nobel, la goleada más imponente, una mayoría excepcional) el que escucha siente más rubor que incredulidad. ¿De veras lo está diciendo? He escuchado a escritores citarse entre los aspirantes al Nobel como si ya fueran candidatos, o como si se supiera de veras quiénes son los candidatos. En esto, los suecos de la Academia son tan cautos como los clérigos del cónclave vaticano, de modo que todas esas especulaciones que circulan sobre las candidaturas son mentiras lanzadas por las casas de apuestas.

Hay escritores que se suben al carro y salen en procesión a alegrarse por el pellizco de vanidad que le han excitado. Un día le dije a un académico de los que dan el Nobel que se decía de determinado escritor español que estaba entre los probables ganadores del famoso premio. Me dijo: “Quizá esté en el número 100 de la lista, y no creo que llegue a cumplir jamás 160 años”.

Aún no ha cumplido ese escritor 160 años, y ahora ignoro si sigue en la hipotética lista sobre cuya existencia tampoco se dice nada en el restaurante donde los académicos dirimen el nombre que cada año ilustra la lista más exclusiva de la literatura.

En el fútbol la cuestión de la primacía es también un asunto de dinero: cuanto más importante es un futbolista, más gana, y ganan más los que marcan más goles. La lista ahí es corta, al menos en España, pues la primacía se la disputan Messi y Cristiano Ronaldo. En Buenos Aires hay una valla publicitaria que asegura que Messi es humano, y firma la declaración una empresa de seguros médicos. “Nosotros lo cuidamos”, dicen en la valla, para avalar su certidumbre de que el gran jugador es efectivamente de los mortales. Messi ha sido padre ahora, hace declaraciones muy sensatas sobre su dependencia de los otros para ser quien es, y esa esencia colectiva en la que se envuelve lo ha hecho crecer en estima, y seguro que en venta de camisetas. Frente a él hay otro futbolista, Cristiano Ronaldo, que acaba de aclarar por qué, según él, le resulta antipático a la población hasta el punto que se advierte cierto descenso en su popularidad a la hora de afrontar tanto el graderío como la venta de camisetas: “Es que quiero ganar siempre”. Quiere la mayoría absoluta. Es más, quiere una mayoría excepcional. El premio Nobel del fútbol. La presidencia del Real Madrid. La hostia, que diría un castizo.

Pues cuando he escuchado a Artur Mas decir, y reiterar, que quiere “una mayoría excepcional” he pensado en la falta de pudor que tiene, también, el ejercicio de la política. El político, ante el pavimento superpoblado de sus mítines, busca la aprobación absoluta, mayoritaria, excepcional; y para ello exhibe sus valores, le echa un pulso a los otros, como Candel a Hemingway, y dice que es mejor que los demás, y que por tanto merece más crédito. Su ambición es una mayoría excepcional. No se anda con chiquitas.

jcruz@elpais.es

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