EDITORIAL

Es más caro no actuar

El contexto de crisis económica que vivimos debilita las preocupaciones medioambientales

No es posible establecer una relación directa entre el huracán Sandy, que azotó hace días el Caribe y la costa este de los EE UU, y el calentamiento global asociado a los cambios en la composición de la atmósfera por las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas principalmente del uso de combustibles fósiles como fuente de energía. Pero la mayoría de los científicos coincide en que la frecuencia y el poder destructivo de estas calamidades naturales se está incrementando como consecuencia de dicho calentamiento; en realidad, se trata de sus primeras manifestaciones visibles.

Desafortunadamente, el contexto de crisis económica que vivimos debilita las preocupaciones medioambientales y, en concreto, los esfuerzos de lucha contra el cambio climático. Hasta el punto de que esto ha estado prácticamente ausente en la reciente campaña para la elección del presidente del país que acaba de sufrir los embates de Sandy. Parece como si la preservación de los equilibrios climáticos fuera un lujo solo abordable tras la resolución de los problemas económicos. Sin embargo, el reputado economista sir Nicholas Stern, en un extenso informe realizado a petición del Gobierno británico y publicado a finales de 2006, demostraba que la lucha contra el cambio climático requerirá la movilización de recursos cuantiosos, pero la pasividad saldrá, a la postre, mucho más cara. De ahí la necesidad de actuar, y de hacerlo cuanto antes.

La mayor dificultad estriba en que se trata de un problema de consecuencias globales, aunque las acciones que hay que tomar son necesariamente responsabilidad de Gobiernos nacionales; no hay una correspondencia biunívoca entre acciones a tomar (o no tomar) y beneficios (o perjuicios) a experimentar. Cada país prefiere que sea el vecino quien haga los mayores esfuerzos sabiendo que los efectos serán comunes. Este carácter único y la necesidad de actuar mucho antes de que los efectos sean evidentes, e irreversibles, hacen que toda acción creíble deba ser tomada en el marco de acuerdos globales, basados en la buena fe y en el mejor conocimiento científico disponible. Algo que, por el momento, se ha revelado de enorme dificultad.

 

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