EDITORIAL

Afilando los cuchillos

La negociación de los presupuestos para 2014-2020 revela una Unión más insolidaria

Cuando se trata de salvar el sistema financiero, pueden ser más laxos. Pero a la hora de negociar el presupuesto de la UE, cuyo marco para 2014-2020 han de aprobar por unanimidad los dirigentes de los 27, pelearán con uñas y dientes hasta el último euro. De hecho, antes incluso de empezar la negociación real, ya han surgido amenazas de veto desde Londres y París. Lo que menos necesitaba en estos momentos una maltrecha Unión Europea es una batalla presupuestaria de esta índole. Pero detrás de cada posición surgen los intereses nacionales y una visión insolidaria de la integración.

Todos están afilando los cuchillos con vistas al seguramente largo Consejo Europeo del 22-23 de noviembre que, previsiblemente, aplazará a diciembre la decisión final. La Comisión Europea ha propuesto para esos siete años un marco de un billón de euros, lo que puede parecer mucho, pero ronda solo el 1% del PIB de la UE —245 euros por habitante— y supone un ligero aumento respecto al del año anterior. Algunos quieren una reducción drástica en consonancia con las políticas de austeridad que se aplican en cada país. El británico David Cameron, ya de por sí a favor de reducir la contribución británica, va a llegar a la cita de Bruselas con las manos atadas por su Parlamento que, en una afrenta de los euroescépticos de su propio Partido Conservador (y la oposición laborista) a su autoridad como primer ministro, le ha conminado a negociar un recorte en los presupuestos comunitarios. Porque tras estas negociaciones se esconden las distintas posiciones sobre una integración europea de la que Reino Unido se va quedando al margen. Todo ello puede llevar a dos presupuestos separados, como propone Francia y el propio presidente de la UE, Herman van Rompuy; uno para los 27 y otro para la eurozona.

Cuando se avanza hacia una unión fiscal, la UE, y especialmente la eurozona, necesitarían un presupuesto central potente y adaptado a los nuevos retos. Eso no va a ocurrir. Quizás a lo sumo se reforzará su financiación directa, a través de impuestos europeos, sin pasar por las cuentas nacionales. También sería necesario que el presupuesto se centrara más sobre el impulso a la competitividad de las economías de la Unión. Pero, claro, por detrás de estos debates siempre hay intentos de reducir la Política Agrícola Común y los fondos que alimentan la cohesión para acercar a los países y regiones más desfavorecidas.

A este respecto, resultará interesante para España que se instaure una nueva categoría de regiones, las llamadas “en transición”, que dejan de ser pobres pero aún no son ricas, para evitar que repentinamente dejen de recibir fondos de la UE. Es el caso de Andalucía, Galicia, Castilla-La Mancha y Murcia (Extremadura seguirá percibiéndolos), en un periodo en que España, que va a pasar a ser contribuyente neto, se tiene que asegurar más retornos sobre lo que paga. La gran batalla comunitaria acaba de comenzar.

 

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