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OPINIÓN

La política, tan fuerte como la Viagra

Con 82 años, el expresidente de Argentina Carlos Menem proclama que se siente en forma

Amaga con volver a la primera línea, reconvertido en aliado de Cristina Kirchner

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Carlos Menem, fotografiado en octubre de 2009 en su casa de Buenos Aires. REUTERS

Se ve que la política es tan vigorizante, gratificante y, a la postre, adictiva como la Viagra, sobre todo para ciertos caudillos latinos. Y no estoy pensando en Hugo Chávez, del que tanto se ha hablado este mes; estoy pensando en dos expresidentes de mayor edad y de perfil ideológico diferente, dos caimanes que estas últimas semanas se las han apañado para abrirse un huequecito en la avalancha de noticias apocalípticas sobre la crisis.

Uno es Silvio Berlusconi, de 76 años, que ha hecho saber que no piensa presentarse a las elecciones italianas de la próxima primavera. Dejará que Mario Monti sea el cabeza de cartel de la derecha, a la espera, a nadie le cabe la menor duda, de una oportunidad mejor (¿tal vez cuando Merkel deje la cancillería alemana?). Entretanto, el sultán italiano parece haber encontrado comprador para Villa Certosa, ha vuelto a suscitar envidias paseándose en Kenia con una esbelta morenaza y hace denodados esfuerzos para fichar a Pep Guardiola como entrenador del Milan. Según La Gazzetta dello Sport, una de sus cartas es tentar a Cristina, la mujer de Pep, con la idea de que esa babilonia de la moda que es Milán resultaría ideal para ella, profesional del textil.

El otro no me lo habrían adivinado si no fuera porque han visto antes la foto. Sí, Carlos Menem ha reaparecido en su tierra natal de La Rioja argentina para proclamar que está en plena forma política y que, si es menester, concurrirá a nuevos comicios (declaró que siempre “estará al servicio del pueblo argentino”, informa Clarín). La cosa tuvo lugar, por supuestísimo, en un acto conmemorativo de Perón.

Lo de Menem suena casi a resurrección. Y no es solo que el político de las patillas más espec­taculares de la política internacional del siglo XX tenga ya 82 años de edad, es que tanto, y tan devastadoramente, ha llovido en lo que llevamos del XXI que los tiempos –una década, entre 1989 y 1999– en que Menem ocupó la Casa Rosada suenan a la prehistoria. En aquel tiempo, hundido el imperio soviético, exultante el triunfal capitalismo, Menem iba de moderno porque desregulaba a tutiplén y privatizaba aerolíneas y empresas ferroviarias, compañías telefónicas y canales de televisión, petroleras y autopistas. Era lo que se llevaba, el Consenso de Washington, y mucha gente hacía así mucho dinero. Legal o ilegalmente, ¿qué más daba si los que iban a pagar la factura, en un anticipo de lo que terminaría ocurriendo a escala planetaria, serían las clases medias víctimas del corralito de 2001-2002?

En un estupendo reportaje sobre un cajero de banco experto en manipular las cuentas para pagarse sus juergas nocturnas con mujeres jóvenes y hermosas, Juan Manuel Robles escribió en la revista Gatopardo en 2007: “El libre mercado en América Latina siempre viene en forma de neón”. Se refería el periodista peruano a las luces de neón de los centros comerciales y los casinos, los McDonald’s y los KFC, las discotecas y los karaokes, los concursos de belleza y los platós televisivos.

Por amor a Evita

¿Quién la quiere más: Carlos Menem o Cristina Kirchner? En diciembre de 1999, una semana antes de dejar la Casa Rosada, él inauguró un monumento a la santa del peronismo en Buenos Aires. ¿Qué más daba que el conjunto escultural aún no estuviera acabado –faltaban los angelotes– o que desplazara a otro lugar una estatua de Rubén Darío? Lo importante para un Menem acusado de hacerle el juego a los ricos era probar su profundo amor por la adalid de los descamisados. El pasado julio, en el 60º aniversario de su muerte, Kirchner presentó el nuevo billete de 100 pesos con la efigie de Eva Perón. La presidenta argentina declaró que desde que los Kirchner gobiernan –primero el fallecido Néstor, luego ella– se ha cumplido “la profecía de Evita: volveré y seré millones”.

Pues sí, y en un país como Argentina –de los latinoamericanos, quizá el de mayor pipolización de la política desde los tiempos de Perón y Evita–, Menem se situó en el centro de los proyectores. Dio muchas tardes de gloria a la prensa del corazón de Argentina y el resto del planeta con sus querellas con su primera esposa, Zulema, a la que llegó a sacar de la Casa Rosada a punta de fusil; la muerte en accidente de helicóptero de su hijo Carlitos (Zulema denunció que había sido abatido por agentes del Gobierno), y su segundo matrimonio con la chilena Cecilia Bolocco, modelo, Miss Universo 1987 y conductora televisiva, cuatro décadas más joven que él. Se ha dicho que su década en el poder fue como un gran dormitorio de puertas abiertas.

Antes de que Berlusconi se convirtiera en el epítome universal del populista de derechas tan mujeriego como deslenguado, Menem ocupó ese lugar. Se jactaba de ser un campeón del automovilismo deportivo, les decía a los niños de Córdoba que allí se iba a instalar una base de vuelos estratosféricos, anunciaba la construcción de una isla artificial en el río de la Plata, condecoraba a Augusto Pinochet, quería restablecer la pena de muerte… También fue detenido en 2001, ya fuera de la Casa Rosada, por una acusación de tráfico de armas a Ecuador y Croacia de la que terminaría siendo absuelto. Y en 2005 ganaría un escaño como senador por su provincia, que, por cierto, aún ocupa. Lo hizo como irreductible opositor a su, en teoría, correligionario peronista Néstor Kirchner.

En mayo de 2007, Jorge Fontevecchia, director del periódico argentino Perfil, le entrevistó durante dos horas. Menem tenía el pelo blanco (ya no usaba tinte, reconoció) y se estaba divorciando de Cecilia Bolocco, que acababa de aparecer en top less junto a un playboy italiano, pero a Fontevecchia le transmitió la impresión de ser tan vitalista como siempre.

–¿Usted toma Viagra? –preguntó el periodista.

–Todo el mundo toma Viagra ahora, hasta los más jóvenes –respondió el expresidente.

–¿Y le da resultado?

–Muy bien. Yo funciono muy bien.

Ahora la prensa del corazón argentina habla más bien de su hija Zulemita Menem, que va a ser madre y que supuestamente estaría atravesando una crisis de pareja. Pero cuando ya casi no lo esperaba, también la prensa política ha tenido que volver a hablar del expresidente. Menem ha reaparecido en el Senado y también, como ha quedado dicho, en su La Rioja natal, donde ha sugerido su deseo de regresar al primer plano político, ahora como aliado de la presidenta viuda Cristina Kirchner. En fin, Olga Wornat, autora del libro Menem, su vida privada, lo definió así una vez: “Es un amoral, que no es lo mismo que un inmoral. Para Menem, el fin justifica los medios”. A eso los cínicos lo llaman “un político de raza”.