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EDITORIAL

Resucita la tasa Tobin

Aunque presenta dificultades, el impuesto a las transacciones financieras se adecua a la crisis

El impuesto sobre las transacciones financieras —también llamado tasa Tobin, por el profesor que la ideó en los años setenta y alcanzó el Premio Nobel— acaba de recibir un nuevo empuje en el Ecofin (reunión de ministros de la UE de Economía y Finanzas), al ser apoyado por 11 de los 27 Estados miembros. En cuanto formalicen su solicitud a la Comisión Europea, que será inmediatamente, esta deberá plantear un nuevo proyecto, seguramente distinto al que propuso hace casi un año.

El nuevo impuesto deberá establecerse en principio como “cooperación reforzada”, es decir, sin contar con la unanimidad de los socios, aunque sí con la benevolencia de la mayoría. Esto plantea dos problemas. Será difícil que el producto de este impuesto pueda destinarse al presupuesto comunitario, que sirve a todos los miembros, porque lo recaudarán solo algunos. Así lo pretendía la Comisión, que calculaba financiar con ello 55.000 de sus 140.000 millones de presupuesto, y descargar en igual medida las otras contribuciones nacionales.

El segundo problema se ha debatido más. Se refiere a la masa crítica necesaria. Reino Unido y otros se oponen a la tasa alegando que perjudicará al sector financiero propio si otros países —desde EE UU hasta Singapur— no la implantan. El argumento, aunque verosímil, declina ante el arrastre que debiera suponer la incorporación al proyecto de todas las grandes economías de la UE. Y además, también en esta ocasión, lo mejor es enemigo de lo bueno y se hace camino al andar.

James Tobin imaginó su impuesto como palanca para suavizar la volatilidad de los mercados y el factor desestabilizador que para muchas economías suponía la circulación de un ingente “dinero caliente”. Un movimiento en todo el mundo recogió la idea con el propósito de destinar su recaudación a la lucha contra la pobreza. La UE la rescató desde la Gran Recesión bajo el designio de que el sector financiero contribuyese a la salida de la crisis, a cuya fragua tanto contribuyó. Lo cual cancelaría la asimetría entre el mercado de los productos (en el que cualquier transacción va gravada al menos por el IVA) y el de las transacciones financieras, no gravadas hasta el estadio de generación de plusvalías.

Y con un objetivo inmediato y utilísimo: allegar recursos a las exangües arcas, ya nacionales, ya europeas.

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