EL ACENTO

Sitio (y tiempo) para el libro

La librería catalana La Central inaugura un nuevo espacio en Madrid con el afán de darle vida a la cultura

MARCOS BALFAGÓN

El saber no ocupa lugar, eso se dice. Pero habría que contestar que no siempre es así: que a veces no viene mal hacerle un hueco. La librería catalana La Central ya ha demostrado su habilidad para cumplir con creces ese desafío, y el martes confirmó sus afanes por mantenerse en esa batalla con la inauguración de su nueva sede en Madrid. No es un combate fácil el del libro (en papel). No solo hay que encontrar un lugar donde exhibirlos, promocionarlos, empaquetarlos y venderlos, sino que hay que seducir a los lectores para que les hagan sitio en su agenda. Es decir, tiempo. Tiempo para leer, para sumergirse en las palabras, para quedarse atrapado en sus redes, para perderse en sus laberintos. Tiempo en medio del vértigo de ir corriendo de tweet en tweet, de mensaje electrónico en mensaje electrónico y de obsesiva presencia en las redes sociales (no vaya a estar perdiéndome lo verdaderamente importante).

La lectura tiene que ver con el sosiego y eso casa mal con un mundo fascinado por la instantaneidad. Lo que hoy se exalta es la circulación, que nada se detenga, ir de sitio en sitio, y no quedarse (a ser posible) en ninguno. Un libro pide exactamente lo contrario: que te quedes, que tengas un poco de paciencia, que lo vayas descubriendo. A cambio da bien poca cosa a quienes gustan de la velocidad (que a veces tiene tanto de simple espasmo o aturdimiento): una manera serena de disfrutar de la extrema variedad de las cosas, mayor rigor para enfrentarse a los conflictos del presente, una pizca de sabiduría para sortear las calamidades de la existencia y otros caminos para entretenerse, que a veces se sostienen en el goce de dilatar las tramas, las emociones, los placeres, los escalofríos.

Cuando las circunstancias se confabulan en contra de algo, y eso le pasa hoy al libro, al que se arrincona como pieza de museo y se sabotea como puro vejestorio, no viene mal defenderse a lo grande. No solo hacerle sitio: hacerle mucho sitio. Convertirlo en el protagonista alrededor del que giren otras cosas: una conversación, un encuentro, un debate, una cita, una comida. Para volver entonces a descubrir la riqueza de la lentitud.

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