COLUMNA

Bajeza

El presidente Rajoy evidencia un carácter que ninguna mujer con dos dedos de frente querría para el marido de su hija

El hombre que se protegió de un casco de minero, símbolo de coraje social, detrás de una dama-escolta, menea la colilla ante quienes, en Europa, pueden rescatar a nuestros amos, también llamados bancos. El presidente Rajoy evidencia un carácter que ninguna mujer con dos dedos de frente querría para el marido de su hija. Tuviera yo una hija (o un hijo) en semejante trance, la pondría en el programa de protección de testigos del FBI. De una cosa podemos estar seguros. Haga lo que haga Mariano, nos venderá a nosotros. Al pueblo, por momentos menos soberano, y ya ni siquiera fundador.

Desde que entré en el mundo laboral aprendí a distinguir a los rastreros. Son esa gente que halaga a quien tiene por encima y se orina en los que tiene por abajo. En la primera situación, el rastrero pierde toda dignidad, hace la pelota, se contradice, llevado por los nervios —¿Habré doblado la cerviz lo suficiente?—, pero en la segunda no vacila. No le tiembla el pulso.

Así, puesto a permitir que nuestra patronal, nuestra curia y nuestras fuerzas vivas en general nos sodomicen sin ni siquiera concedernos el derecho a elegir la marca de vaselina, nuestro Ejecutor no ha dudado en despojarnos de los mejores avances sociales conseguidos históricamente. Y más. Se ha pasado por el forro la Educación para la Ciudadanía. Y lo mismo ha hecho con la pluralidad de RTVE. Al tiempo, protege a los desvergonzados de Bankia, a Carlos Dívar —con el apoyo de CiU: ellos sabrán por qué—, y a las Comunidades madrileña y valenciana, enfangadas en la mentira del déficit; como antes hizo con Camps y Fabra. No le falta más que emitir un decreto-ley para que no sea exportado el yate de Díaz-Ferrán.

No le daría a mi hija (o), y le han dado un país.

 

 

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