COLUMNA

El áspid

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Ahora no son más que unas ruinas, mármoles derribados, fosos llenos de hierba y tres columnas estriadas, que aún se mantienen en pie sobre un basamento corroído por el tiempo. Aquí hubo un teatro, varios templos, un gimnasio. Una brisa de pino con olor a resina lame estas piedras sagradas, que el sol de primavera, al calentarlas, extrae de ellas una energía radioactiva. En un capitel corintio abandonado en el suelo entre una alfombra de pinaza está sentado un viejo, una ruina humana de 80 años, aunque tiene aún buen aspecto después de haber sido restaurado en el quirófano. Viste un suéter azul claro y unos pantalones de lonilla muy gastados, calza zapatos de caminar mucho y lleva un sombrero de paja. Parece un profesor emérito de lenguas muertas o un arqueólogo de diseño anglosajón. Una cobra asoma la cabeza por una grieta del foso. Allí en la maleza hay un nido de serpientes. El viejo está leyendo en el periódico la hecatombe diaria, el mundo que se desploma, la crisis, el paro, el hambre, las guerras. Levanta la vista del periódico cuando oye las voces y risas de un grupo de escolares que se acerca saltando entre las ruinas. Sirviéndose de algunos gritos, la joven profesora que gobierna a aquel rebaño, logra agruparlo al fin en torno al foso lleno de hierba, entre las columnas todavía en pie. Cuando se hace el silencio y ya solo se oye la brisa en la copa de los pinos, un alumno comienza a recitar desde lo alto del basamento: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora campos de soledad, mustio collado, fueron un tiempo …”. El viejo lo toma como una alusión a la propia ruina. Cuando el alumno termina el poema, los compañeros aplauden y luego comienzan a jugar con el móvil, mandándose mensajes entre sí a un metro de distancia. El viejo lee en el periódico que la crisis griega ha entrado ya en quiebra y amenaza con llevarse el resto de la economía de Europa por delante. Ya son tres las ruinas superpuestas, la griega, la propia y la que tiene alrededor, piensa el viejo, pero la primavera es espléndida y la brisa trae un aroma de resina. La profesora explica a sus alumnos el significado de aquellas piedras sagradas, mientras el viejo se distrae ahora viendo cómo el áspid venenoso entra y sale de la grieta.

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