Tribuna:

España ante el nuevo mundo

JAVIER SOLANA 28 MAR 2011 - 11:29 CET

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Hablar sobre la globalización desde la perspectiva de España requiere mencionar varios momentos clave que resuenan en la memoria del colectivo español y que resultan esenciales para entender la transformación que ha experimentado España desde que se restaurase la democracia parlamentaria tras la muerte del general Franco en 1975.

Uno de estos momentos es la Constitución. Tras haber sido aprobado por las Cortes Generales el 31 de octubre y ratificada por la población el 6 de diciembre de 1978, España sellaba un complejo proceso de tres años de transición y erigía las bases de su sistema democrático actual.

Estos pasos en firme permitieron a España incorporarse gradualmente a la Comunidad Internacional y salir del aislamiento en el que estuvo inmersa durante los años de dictadura (1939-1975). Así, el 27 de junio de 1977 ratificaba la Declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, el 24 de noviembre de ese mismo año se adheriría al Consejo de Europa y el 30 de mayo de 1982 entraba a formar parte de la OTAN.

Sin duda, el culmen de este ciclo histórico fue la inclusión de España en la Comunidad Económica Europea, el 1 de enero de 1986. "La reafirmación de un destino europeo del que nunca debimos apartarnos", como señalaba el editorial de El País en su primer número de 1986. Un destino que también desearíamos en 2004 para los países de la Europa del Este. Y es que Europa encarnaba para los españoles valores tan elementales como libertad, progreso y modernidad.

A partir de nuestra entrada, la visión europea se convirtió en parte integral de nuestra identidad y nuestra política exterior ya no podía comprenderse aisladamente. Desde los acuerdos comerciales hasta el cambio climático pasando por nuestra posición en materia de proliferación nuclear, los españoles encaramos esta nueva fase de aspiraciones colectivas con una apuesta clara por el multilateralismo, el derecho internacional y las instituciones internacionales.

Pero esta evolución no fue sólo unidireccional. España también proyectó su dimensión latinoamericana y mediterránea a escala europea. La doble identidad europea e iberoamericana permitió al país posicionarse como puente entre ambos continentes y ampliar su perfil e influencia en el escenario internacional. Su esencia mediterránea le permitió ser el anfitrión en iniciativas tan cruciales como la Conferencia de Paz de Madrid para Oriente Próximo celebrada en 1991, y la primera Conferencia Euro-mediterránea, celebrada en Barcelona en noviembre de 1995 durante la Presidencia española del Consejo de la UE.

En materia económica, la Unión nos sirvió para transformarnos y dinamizarnos. Abrimos nuestra economía, avanzamos hacia los estándares europeos, mejoramos nuestras infraestructuras, modernizamos nuestras industrias y aplicamos políticas destinadas a mejorar nuestra productividad y competitividad.

Sin embargo, la fortaleza del euro tuvo su contrapunto en la reducción de los tipos de interés y en el auge del sector inmobiliario que impulsó un crecimiento insostenible y pospuso reformas estructurales muy necesarias para la economía española. En estos momentos, España se encuentra sumida en ese proceso de reformas profundas (recorte del déficit público, reforma del mercado de trabajo, del sistema de pensiones, de las cajas de ahorros), para reequilibrar su economía, impulsar el crecimiento y volver a ser competitiva.

Si continuamos con este proceso de reestructuración de la actividad económica, podemos estar seguros de que España saldrá de la crisis preparada para hacer frente a los retos del siglo XXI.

Basta echar la vista atrás, para sentirnos orgullosos de lo logrado en el pasado y seguros de lo que podemos alcanzar en el futuro. La fe en el proyecto colectivo de la UE no puede ser más pertinente ante un escenario cada vez más globalizado, complejo e interdependiente, con problemas que requieren de soluciones globales y en el que el multilateralismo y el diálogo son vías de paso obligado.

Su ahínco por dinamizar el Mediterráneo y apostar por reformas no puede tener más sentido en un momento en el que las poblaciones de los países árabes se manifiestan para lograr dignidad, respeto y democracia.

Asimismo, su reivindicación iberoamericana no puede ser más pertinente en un tiempo en el que América Latina despega, con Brasil a la cabeza. Como indica el último informe de la CEPAL sobre la inversión directa extranjera en América Latina y el Caribe, España es el principal inversor de la Unión Europea en la región y el segundo del mundo tras Estados Unidos. En América Latina, las principales empresas españolas (Teléfonica, Repsol-Ypf, Iberdrola, Santander y BBVA, entre otras) han sido eficaces y rentables en estos años de profunda crisis económica.

Podría afirmarse que una de las consecuencias de la globalización es la redefinición -práctica y teórica- de los intereses nacionales. La otra se refiere a la intensidad y extensión de la cooperación internacional. En ambos campos, España ha sabido hacer sus deberes y sigue esforzándose por mantener el ritmo en un escenario internacional caracterizado por cambios rápidos y una muy alta competitividad.

Javier Solana es presidente de ESADEgeo Center for Global Economy and Geopolitics. Además, es ex Secretario General de la OTAN y fue Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad de la Unión Europea

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