Tribuna:

La España plural

JOSEP RAMONEDA 28 MAR 2011 - 10:37 CET

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En España, el País Vasco y Cataluña han soñado siempre en tener selecciones deportivas al modo de los distintos países de Gran Bretaña. Hace años, cuando era jugador de fútbol, Guardiola, el actual entrenador del Fútbol Club Barcelona, preguntado por esta cuestión respondió: "Sí, selección catalana, selección vasca, está muy bien, pero la otra, ¿cómo se llama?". El nominalismo está en el fondo de muchos problemas políticos. Probablemente sin ser consciente de ello, Guardiola acertaba en la descripción de la articulación política de España. Efectivamente, llamar selección española a la "otra", significaría aceptar que Cataluña y el País Vasco no forman parte de España. No podía ser. La falta de un nombre que englobara España, menos las regiones o naciones que habían gozado de Estatuto diferenciado durante la II República, la resolvieron los constituyentes, al redactar la Constitución de 1978, por la vía de la multiplicación de sujetos políticos: hasta 17 comunidades autónomas. El resultado ha sido un sistema político muy descentralizado en lo económico pero muy centralizado todavía en la capacidad de decisión política.

El estado de las autonomías fue la respuesta pactada a la demanda que venía especialmente de las naciones periféricas. La resistencia al franquismo había colocado a la reivindicación de los estatutos de autonomía, junto a las dos principales consignas de la transición: la libertad y la amnistía. Era, por tanto, una reivindicación que condicionaba el proceso constituyente. Se acudió al eufemismo nacionalidades para denominar Cataluña, el País Vasco y Galicia y España se constituyó en un estado autonómico compuesto por regiones y nacionalidades. Pero desde entonces el debate ha seguido permanentemente abierto. Las nacionalidades históricas han vistos siempre insuficiente su nivel de autonomía y sus reivindicaciones no han cesado. En el trasfondo además han operado las pulsiones independentistas en Cataluña y el País Vasco. En esta última comunidad la presencia de la organización terrorista ETA, que irrumpió a finales de los sesenta, todavía en pleno franquismo, y ha continuado activa hasta el momento presente, con el propósito de alcanzar la independencia por la vía de la armas, ha dejado más de ochocientos muertos, y ha bloqueado el normal desarrollo de la democracia en Euskadi. ETA es una de las últimas herencias del franquismo que ha tenido que soportar la España democrática.

El presidente Zapatero ganó las elecciones del año 2004 con un programa en el que figuraba la idea de España plural. Quería con ello diferenciarse de los propósitos anunciados por Aznar, en su segundo legislatura, de avanzar hacia el cierre del estado autonómico. Zapatero, con una base electoral muy sólida en Cataluña, abrió la vía hacia las reformas estatutarias con el señuelo de la construcción de un estado verdaderamente federal. Pero dejó el proceso a su suerte y buena parte de las esperanzas se desvanecieron cuando, atendiendo los recursos del partido popular, el nuevo estatuto de Cataluña fue seriamente mutilado por el Constitucional.

Treinta años después de la creación del estado de las autonomías, éste ha dado muestras de insuficiencia respecto de las pretensiones de las naciones periféricas, en especial Cataluña y el País Vasco. Se ha puesto de manifiesto que no existe una verdadera cultura federal o confederal con España. Y el PSOE no ha querido ceder al PP la bandera de la reconducción del estado de las autonomías.

La situación ha entrado en una fase. El fracaso de la última tregua de ETA y el acorralamiento policial a la organización, ha dejado, a este último reducto del terrorismo europeo, en situación de asfixia, con una población cansada de la violencia y con un contexto internacional que le ha dejado sin apoyos. Los sectores de apoyo civil a ETA en el País Vasco, que en algunos momentos habían superado allí el diez por ciento de los votos, y que están ilegalizados por la actual ley de partidos, han comprendido que el camino de las armas estaba agotado y que ETA ya no era más que un estorbo. El País Vasco se apresta vivir momentos de cambio, de avance hacia la normalidad, con ETA casi derrotada, si no lo impide un reducto de la derecha española que teme la desaparición de la organización terrorista porque no habrá coartada para frenar el desarrollo del independentismo vasco.

La insatisfacción por la dificultad de avanzar en su autogobierno, ha hecho que el independentismo progresara también en Cataluña, llegando a porcentajes que las diferentes encuestas sitúan entre el 30% y el 50%. El independentismo que era marginal en Cataluña y concentraba su voto en un partido minoritario se ha hecho transversal, se ha repartido en la medida en que ha crecido, al tiempo que el independentismo ideológico se ha roto en media docena de partidos.

Treinta años después la cuestión de la articulación política del estado español sigue abierta. La crisis económica ha situado otras prioridades por delante. Y el nacionalismo conservador que vuelve gobernar Cataluña, después de siete años de gobierno de izquierdas, se mueve entre la ortodoxia económica y los guiños soberanistas aún electorado que emite señales de frustración con España. Como siempre Europa aparece como la hipotética solución. En una Europa más desarrollada políticamente, menos atada por el soberanismo estatal, quizás Cataluña y el País Vasco, como Flandes o Escocia, podrían encontrar mejor acomodo que en sus marcos estatales actuales. Pero esta ya forma parte el futuro de esta gastada tierra que llamamos Europa que vive mal su pérdida de centralidad en el mundo. De momento, Zapatero ha perdido la bandera de la España plural. Y nadie ha sabido encontrarla.

Josep Ramoneda es periodista y escritor

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