Tribuna:

Contra el tópico

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Los estereotipos son unos parásitos mentales de lo más persistentes. Es más fácil multiplicar por doce la renta per cápita de un país (en los últimos cuarenta años, la de España ha pasado de 2.413 dólares a 29.651) que acabar con los prejuicios con que nos contemplan los vecinos y que a veces nos llegamos a creer nosotros mismos. Tomemos el caso de las muertes de mujeres: estoy cansada de repetir, para pasmo de los extranjeros pero también de muchos españoles, que si la violencia doméstica está tan omnipresente en nuestra sociedad no es porque seamos los reyes de la degollina y matemos a más mujeres que en ningún otro sitio, sino, por el contrario, porque España es un país pionero en la toma de conciencia para combatir esta barbarie.

Es más, según el III Informe Internacional de Violencia contra la Mujer del Centro Reina Sofía, que analiza a cuarenta naciones (los demás países, algunos tan importantes como Francia, no han sido incluidos porque ni siquiera publican los datos de la violencia machista), en España estamos a la cola en cuanto a número de mujeres asesinadas. Y, así, aquí hay 3,5 muertes por millón de habitantes. Pero en Estados Unidos matan a 9,1 por millón, en Alemania a 4,6, en el Reino Unido a 4,4... Aún más: en Noruega asesinan a 5,5 mujeres y en Finlandia a 9,6... Sorprendente, ¿no? Resulta que en los fríos, civilizados y poco sexistas países del Norte hay muchas más víctimas. Ya sé que quedaría más redondo que la España torera y cañí destacara en el apuñalamiento de hembras ardientes, como en la ópera Carmen (escrita, no lo olviden, por un francés), pero la realidad es de una tozudez inquebrantable: los nórdicos matan mucho más; quizá, se me ocurre, por una mezcla fatal entre el elevado consumo de alcohol y el resquemor que ha producido, en algunos hombres desequilibrados y malvados, la rapidísima evolución feminista de esos países. Pero éste sería el tema de otro artículo.

Es verdad que España ha sido hasta hace poco una sociedad muy machista y atrasada, pero también es cierto que en los últimos 40 años hemos cambiado muchísimo. Hoy estamos tan cerca de la Carmen de Mérimée como de las tribus nómadas de Mongolia: o sea, nada. Somos un pueblo muy poco puritano en materia sexual y de costumbres, entre otras cosas quizá porque, en realidad, y déjenme romper con otro tópico, tampoco somos muy religiosos. De quince años para acá, las vocaciones han bajado en un 30% y las clases de religión católica han perdido más de 500.000 alumnos. Y sólo un 34% de las declaraciones de impuestos dan un porcentaje para el mantenimiento de la Iglesia.

En este contexto, sucesivas leyes han ido normalizando algo que, en general, creo que corresponde al sentir mayoritario de los españoles. Como la Ley de Igualdad, que regula desde el permiso de paternidad hasta la paridad por sexos en las listas electorales; como la última y polémica ley del aborto, que permite interrumpir el embarazo en las doce primeras semanas sin necesidad de justificación; o como la Ley del Matrimonio Homosexual, que cuenta con el apoyo del 66% de la población y que sólo en el primer año de vigencia originó 4.500 bodas. La verdad es que hoy España no destaca por su machismo dentro de la media europea; lo cual no está nada mal, si tenemos en cuenta que, hasta el mes de mayo de 1975, la mujer casada española no podía comprarse un coche, abrir una cuenta en un banco o trabajar sin el permiso de su marido. Hemos cubierto a todo correr un largo trecho.

Los vertiginosos cambios sociales se han incrementado en la última década con el aluvión de inmigrantes. En poco más de diez años han entrado 5,7 millones de extranjeros (un 14% de la población) y hemos pasado de una España homogénea y cerrada a una sociedad de múltiples culturas. En números absolutos, somos el décimo país del mundo con más inmigrantes y, como es natural, todo esto va cambiando el perfil del español. ¡Pero si ni siquiera los toros son lo que eran! Y no sólo porque en Cataluña hayan promulgado una ley prohibiendo las corridas, sino porque las estadísticas muestran un claro descenso de la afición. La fiesta declina y es, en cualquier caso, minoritaria (la apoya entre un 28% y un 37% de la población, dependiendo de las encuestas).

Sólo hay un valor cultural tradicional español que parece seguir indemne: con 340.000 bares, doblamos la media de la UE. Hasta hace muy poco estábamos a la cabeza de Europa en número de bares por habitantes, pero la entrada de Chipre en la UE en 2004 nos hizo descender al segundo puesto. Maldita sea.

Rosa Montero es escritora.

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Ensayo de Carmen, de Bizet, por Teatro Clásico de Sevilla, en el teatro Lope de Vega de la ciudad. La ópera está basada en el libro de Mérimée. / ALEJANDRO RUESGA

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