Un magistrado incómodo

A lo largo de 22 años de carrera Garzón ha tenido oportunidades para disgustar a demasiada gente

LUIS GÓMEZ Madrid 7 ABR 2010 - 12:50 CET

A lo largo de 22 años de carrera judicial, Baltasar Garzón ha tenido oportunidades suficientes como para incomodar a demasiada gente. Desde luego, tiene entre sus potenciales enemigos a personalidades de los dos principales partidos políticos, que un día le abrazaron y al otro se sintieron perseguidos por él. Ese tránsito tan brusco del frío al calor, y viceversa, suele deparar malas consecuencias.

Nunca fue un personaje discreto, nunca escurrió el bulto y siempre se las ingenió (o se las ingeniaron otros) para que los temas candentes alcanzaran su despacho. La biografía de Garzón es tan extensa que apenas hay asuntos de calado que no hayan pasado por sus manos, desde los primeros golpes a un narcotráfico que trataba de convertir a algunas regiones de España en una forma de nueva Sicilia, al terrorismo puro y duro, pasando por el denominado terrorismo de Estado y sus derivados: el uso de fondos reservados. Por supuesto, no podía dejar de lado la corrupción urbanística en todas sus formas. Garzón llegó a exportar su prestigio fuera de las fronteras nacionales con otros casos no menos llamativos, léase por supuesto el de Pinochet, un intento de procesar a Berlusconi, y algún ramalazo de tono islamista pidiendo la detención del propio Bin Laden.

Convertido Garzón en un personaje parecido a un justiciero de alcance internacional, si acaso se le reprochaba que, entre sus víctimas, no hubiera nadie perteneciente al gremio de los grandes capitanes de empresa. No le tocó a Garzón el caso Banesto, con Mario Conde a la cabeza, pero algunos creen que su agresividad menguó en algunos asuntos turbios relacionados con las grandes instituciones bancarias del país, caso del BBVA y el Santander. Precisamente, de percibir una ayuda del Santander para financiarse un curso en Estados Unidos (que el Banco niega con vehemencia), viene uno de los asuntos que pueden acabar con su carrera.

Su trayectoria ha seguido su curso, siempre entre asuntos de notoriedad, como si su actividad fuera inagotable e imperecedera. Garzón parecía destinado a seguir siendo Garzón por los siglos de los siglos dado que fracasaban todos sus intentos de promocionarse a otras instancias más elevadas dentro de la Audiencia Nacional, del Supremo o del Tribunal Internacional de la Haya. El Garzón candidato no parecía contar con el necesario apoyo de sus compañeros. En este punto, siempre había una coincidencia que operaba en su contra: a su derecha y a su izquierda se terminaba formando una mayoría que no le tragaba.

Dado su palmarés, podría deducirse que a Garzón le faltaba un personaje en su currículo, un cromo para terminar la colección. Después de hacerle un escrutinio a la Democracia y sus alcantarillas, faltaba una revisión del pasado. Ese personaje era Franco. Había saldado cuentas con mucha gente, pero nunca había tocado el territorio del Dictador autóctono. A cuenta de la ley de la Memoria Histórica, de sus imperfecciones y de las demandas desatendidas de los familiares de las víctimas de miles de fusilamientos, Garzón quiso abrirle un sumario al franquismo. Como su insomnio y su carácter le permiten una capacidad de trabajo notable, abrió esta causa en tanto en cuanto ponía patas abajo al Partido Popular a cuenta del caso Gürtel.

Garzón ha vivido permanentemente acosado por los aliados de la parte afectada por sus sumarios. Conoce el guión. Se siente preparado para sentir la presión, como lo manifiesta en un libro (El mundo sin miedo, Plaza y Janés, 2005) que recoge sus pensamientos e inquietudes, y ha sabido desenvolverse en los peores momentos con la eficacia de un equilibrista: siempre la otra parte salió en su defensa.

Pero no es esa la sensación que se ha tenido en los últimos tiempos en la cerrada sociedad de la judicatura. Esta vez, se ha visto a demasiada gente convencida de que se acercaba el final. Son demasiados quienes piensan que Garzón ya está amortizado. Que ya no es necesario. No al menos para el poder político. Todos han experimentado su inclemencia. De los escritos de Garzón en su libro se deduce que es un hombre convencido de que ha venido al mundo a interpretar un papel y acepta el sacrificio que ello exige. El problema es si está preparado para vivir un final que no tenía previsto.

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