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viernes, 3 de febrero de 2012

Brendel abandona su reclusión

Retirado desde 2008 de la interpretación pianística, el enigmático músico ofrece en Barcelona una clase magistral al teclado sobre las sonatas de Beethoven

Atípica hasta el final, la carrera del austriaco Alfred Brendel (Weinsenberg, Moravia, 1931) prosigue después de su retirada de los escenarios como pianista, en 2008. El artista sigue teniendo la necesidad de interrogarse sobre música en particular y la vida en general, dando respuestas al público y a sí mismo: no para imponerlas, sino como estimulantes sugerencias intelectuales. Ayer, invitado por Ibercàmera, dictó una conferencia en el Palau de la Música de Barcelona, sobre El carácter musical en las sonatas de Beethoven y la noche del miércoles se proyectó en un céntrico cine de la ciudad el documental Man and mask, realizado el año 2000 por la BBC y la ZDF, un delicioso retrato de Brendel que da cuenta de sus múltiples intereses, desde la literatura y las artes plásticas hasta la buena compañía de amigos, preferentemente no músicos.

Sentado al piano, ilustró sus teorías con vibrantes ejemplos musicales

El intérprete se sitúa en la confluencia entre estructura y carácter

El artista sigue teniendo ganas de interrogarse sobre música y vida

"No sé por qué he triunfado en la vida como músico", dice en un documental

El humor es uno de los rasgos que siempre le caracterizó: "No fui un niño prodigio. No soy judío, al menos hasta donde yo sé, ni provengo de ningún país del este europeo. Mis padres no fueron músicos. Tengo una buena memoria, aunque no excepcional. No soy muy bueno en solfeo. O sea, no sé por qué he triunfado en la vida como músico", suelta al principio de la película, mirando a cámara con esos ojos de búho extraviado o de sabio en las nubes que siempre han predispuesto al público a simpatizar con él.

En el Palau de la Música, Brendel disertó sobre el "carácter" de las sonatas beethovenianas, una cuestión que viene persiguiéndole de antiguo, como escritor de ensayos musicales que también es (además de poeta, con varios libros publicados). "Una de las tareas más deliciosas del intérprete es la de intuir los móviles psicológicos que se esconden tras la partitura y que a menudo no pueden capturarse con palabras", destacó ayer al principio de su charla, para, acto seguido, establecer una antinomia entre "estructura" de la obra y "carácter" o, mejor, "caracteres", ya que en una misma pieza suelen encontrarse muchos, a menudo, contradictorios. Precisamente, la especificidad de la obra de arte es conseguir que convivan en la unidad.

Incluso en el punto de vista adoptado, Brendel se muestra como un músico atípico. Si los profesionales del pentagrama prefieren hablar de la estructura de la obra como dato objetivo incontrovertible y dejar el carácter para las elucubraciones de los amateurs, él se coloca del lado del carácter e intenta explicar, con encantadores ejemplos al piano, la intencionalidad psicológica y moral con la que el compositor se puso a escribir determinados motivos. Se mostró en plena forma ante el teclado a la hora de ilustrar los ejemplos: canturreando, con su característico espasmódico movimiento de mandíbula, fue desgranando los motivos con una pulcritud expresiva que dejó al público con ganas de oírle tocar una pieza de principio a fin.

Tratando de establecer una tipología del carácter de las sonatas beethovenianas, Brendel las clasificó como "pictóricas", como la Waldstein o la Appassionata; "elocuentes", como la Opus 7; o "de danza", como la célebre Pastoral, opus 28 (o la Séptima sinfonía, "apoteosis de la danza", en palabras de Wagner). No contento, aún introdujo posteriores categorías, como los cuatro elementos primordiales -el fuego, el aire, la tierra y el agua-, para concluir con un deseo que está escrito en el frontispicio de su arte: "El intérprete haría bien ocupándose de la estructura y el carácter como dos funciones que proceden de lugares diferentes, pero en la esperanza de que algún día se unan en algún punto donde el sufrimiento de la interpretación pueda transformarse en el consuelo de una experiencia satisfactoria". Se intuye tras estas poéticas palabras el compromiso moral del intérprete ante el público: sintetizar opuestos para hacer comprensible la obra bajo "un velo de orden", según dejó escrito Novalis.

Toda la carrera de Brendel, sus imperecederas interpretaciones de Beethoven, Mozart, Schubert o Liszt, nacen de esta tensión resuelta en un orden velado. En el reportaje televisivo aparece un fragmento largo del ensayo del pianista del Viaje de invierno de Schubert con el barítono Matthias Goerne: vale la pena repasarlo para entender hasta qué punto el "carácter" de la obra es un compromiso con cada una de las palabras del texto. En otro momento, es el director Simon Rattle quien confiesa que la primera vez que actuó con Brendel temió seriamente no poder dar el sinfín de matices de carácter que este le exigía.

Brendel, el músico atípico, el autodidacta que tuvo su primer contacto con la música a través de las operetas que reproducía el fonógrafo del hotel de Krk, en la Costa Dálmata, regentado por sus padres, también fue pintor de joven, incluso llegó a realizar una exposición. Formado al margen de escuelas, sintetiza la libertad interpretativa y la necesidad de explicarla tan características del siglo XX. Hoy volverá a exhibir una y otra en una clase magistral que dictará en el Conservatorio del Liceo, acompañado por el Cuarteto Casals. Se ha retirado de la interpretación, pero su compromiso con el arte, está claro, sigue muy vivo.

Alfred Brendel, ayer en el Palau de la Música de Barcelona. / GIANLUCA BATTISTA

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