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sábado, 21 de enero de 2012
LA PARADOJA Y EL ESTILO | PROTAGONISTAS

El matrimonio enfadado

Elton John y David Furnish se vengaron de Madonna escorando peligrosamente en las aguas de la discordia hacia la costa de Lady Gaga

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El invierno es una estación de premios, al menos en la celebridad. La temporada la inician los Globos de Oro, que año tras año no solo prevén lo que sucederá en los Oscar, sino que acaparan mucha atención y consiguen mejor audiencia televisiva. Lo que siempre fue una cena donde los nominados podían emborracharse en familia ya es una importante reunión ejecutiva, vigilada más que transmitida por las cámaras de televisión. Si antes se podía acudir vestido de cualquier manera, la dictadura de la alfombra roja ha decidido extender hasta estos premios sus tentáculos y aparecen allí los inevitables vestidos largos, los peinados complicados y la ya automática pregunta, "¿De quién vas vestida". Pero los Globos de Oro batallan por mantener un mínimo de personalidad antes del take over total por parte de la maquinaria Hollywood.

Quizá por eso en su alfombra roja vimos al matrimonio Elton John y David Furnish, que ya ha sido bautizado por muchos como los Brangelina del mundo gay. David es casi 20 años menor que Elton, que, como ya oculta poco las desavenencias hormonales propias de un divo senior y hace gala de su temperamento sin previo aviso, comentó en la entrada que Madonna no tenía ninguna posibilidad de llevarse el galardón esa noche.

Durante la alfombra roja, Furnish y John fueron la amabilidad y la pericia absolutas. Furnish, dicharachero y simpatiquísimo, hablando de su hijo en común, Zachary, y de lo mucho que disfrutan estas ceremonias. El ejemplo perfecto para los medios de comunicación de un matrimonio más que alegre, feliz. Hasta que en la entrega de premios, en la contienda por la mejor canción, donde Elton John aspiraba a subir al escenario, fue Madonna, todavía reina de la cultura pop gay, la que terminó llevándoselo.

Las cámaras no se ocuparon exclusivamente de la cantante recogiendo el Globo con un acento inglés que a todos chocó. Estaban también pendientes del movimiento de los pendientes en las orejas de sir Elton. Mientras, desde su asiento al lado de su marido perdedor, Furnish tomó una foto de Elton desolado e inflado de ira al quedarse sin el Globo dorado. Rápidamente la subió a su Facebook y la polémica estalló tanto en el mundo de los que les importan un pepino estos premios como en el de los que desean que eclipsen a los Oscar. Poco más tarde, con la polémica ya furor, Furnish denunció sin velaciones que el premio a Madonna "pudo ser comprado". Al mismo tiempo, la maquinaria Madonna encajó las acusaciones para engrasar la promoción de su próxima gira y nuevo single, el primero de la veterana cantante en la era Lady Gaga.

En muchos sitios se habla de que el matrimonio gay por excelencia es casi más temible como estratega que como invitado. No dan puntada sin hilo. Como Karl Lagerfeld. Si apoyan a una es para desplazar a otra. Ya antes de que estallara la recesión mundial, sir Elton acusó a Madonna de cantar en playback "más de la mitad de su concierto. Si cobras 130 libras por concierto, tienes que cantar con tu voz cada libra", dijo, airado. Madonna respondió no acudiendo a la fiesta matrimonial, donde esperaban que sí cantase. Elton y David guardaron la compostura, pero cocinando la venganza. Escoraron peligrosamente en las aguas de la discordia hacia la costa de Lady Gaga, otorgándole su beneplácito. Madonna no supo dar ni un sí ni un no a la invitación a ser madrina de Zachary. Hartos, cambiaron de rumbo, Elton y David encomendaron tal distinción a Gaga.

La noticia del matrimonio enfadado y sin premio es un aporte de color a un mundo hundido. La imagen del volcado crucero Costa Concordia (irónico el nombre de un barco que encalló por acercarse peligrosamente a la costa) puede verse como una metáfora de la Italia actual. O como el anuncio de lo que será este año, en el que estaremos, igual que el barco, mitad dentro, mitad fuera, como santa Teresa, suspirando por un milagro. Cuando creíamos que ya estábamos del todo hundidos, el FMI nos informa que quedan dos años más para que no nos olvidemos de seguir achicando agua. Así, casi con el mar al cuello, terminaremos por darle la razón al capitán del barco por abandonarlo cayéndose en un bote.

Los detalles del naufragio conjugan una Italia pos-Berlusconi socavada en su capacidad de gestión. Por una necia gracia hacia un empleado, el accidente ha costado vidas. El capitán es un cincuentón fascinado por su propio pequeño poder, posando con señoritas como si fuera el expremier en sus bunga bunga. Mortifican las grabaciones entre el capitán y los responsables del rescate. Muestran a un hombre irresponsable que defiende lo indefendible. Nos recuerdan las que escuchan Camps y familia en el juicio de Gürtel. Porque se aprecia no solo desprecio por el género humano, sino también por el propio lenguaje. La corrupción corroe hasta el vocabulario. Pero, por más infames, nos gusta oírlas. Observar el rictus tenso de la esposa de Camps cuando se escucha a sí misma y oye cómo se burlan de su marido. Nos divierten las barbaridades que dice el capitán del Costa Concordia. Es el poder secreto de la corrupción: que fascina. Igual que el glamour de los célebres, encandila. Aunque sea para cubrirnos de lodo o acercarnos, cada vez más, al fondo del mar.

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