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sábado, 7 de enero de 2012
EL COMIDISTA | PROTAGONISTAS

Los rifirrafes culinarios del año

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Los resúmenes del año son un recurso cómodo con el que los periodistas llenamos espacio cuando el mundo está paralizado por la Navidad. Pero a veces, cuando se circunscriben a cuestiones concretas y un punto extravagantes, suelen dar pie a la risión. Firmado por la web gastronómica Chow, uno de los rankings más apetecibles de la semana pasada resume las 10 grandes grescas relacionadas con la comida de 2011. Los protagonistas de algunas me caen lejos, pero otras ilustran hasta dónde pueden llegar los egos, la soberbia o la estupidez de algunos chefs-estrella de EE UU cuyo resplandor llega hasta estas tierras.

Mario Batali, posiblemente el cocinero más popular de su país y al que quizá recuerden porque grabó en España un programa-chollo al estilo Un país para comérselo con Gwyneth Paltrow, se alza con el número uno. Batali tuvo la fantástica idea de comparar en público al mundo financiero con Hitler y Stalin... sin caer en que buena parte de la clientela de sus carísimos restaurantes proviene de Wall Street. Tras las furiosas llamadas al boicot por parte de los empleados de banca en las redes sociales, hubo de retractarse de la forma más patética. No es fácil ir de progre cuando se vive de los ricos.

Los odios entre chefs se llevan aquí en secreto. Un aburrimiento

Mis favoritos, sin embargo, son los rifirrafes entre chefs o entre chefs y críticos, donde, como no podía ser de otra forma, reina el procaz Anthony Bourdain. El cocinero neoyorquino declaró que Paula Deen era "la peor y más peligrosa persona de América" y que su cocina era "jodidamente mala" por incitar a la obesidad, a lo que la regordeta y muy aseñorada presentadora del canal Food Network respondió tildándole de "desgraciado". Por su parte, el chef de Momofuku, David Chang, la tuvo con un crítico de The Guardian, al que llamó de todo vía Twitter, y con la web Serious Eats, que cometió la osadía de contar que en uno de sus restaurantes una coca-cola mexicana costaba cinco dólares.

¿Sería imaginable un top de broncas similar en la restauración española? Pues no. Aquí los odios acérrimos -que los hay, y bien gordos- o se insinúan o se llevan casi en secreto, y el único cocinero que aireó sus demonios, Santi Santamaría, está en el otro mundo. De puertas afuera, nuestra gastronomía vive en una eterna fiesta del compañerismo y el buen rollo. Lo que será bueno para el sector, pero como espectáculo mediático es un auténtico aburrimiento.

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