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miércoles, 28 de diciembre de 2011
Tribuna:

Todo está consumado

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Como en la narración bíblica de la muerte de Cristo, bien cabe que los españoles repitamos las palabras suyas después de crucificado: "Todo está consumado. En tus manos encomiendo mi espíritu".

El Camino del Gólgota de los españoles empezó aquella noche de mayo de 2010, cuando alguien debió golpear a la puerta del presidente del Gobierno para decirle que ya bastaba de responder con negativas firmes o con evasivas a las peticiones de los mercados. Puede que quien le llamara fuera alguien, como él, elegido en las urnas de su país y, por ello, corresponsable en el futuro político y social de Europa, pero, visto lo ocurrido, casi seguro que quien llamó, antes de explicar nada, profirió el fatal mandato: haz esto y, si no, atente a las consecuencias. Y para el instante posterior, en caso de que el presidente respondiera con protestas, la fatal amenaza: "Esto son lentejas, si quieres las comes y si no las dejas".

Sería aconsejable que el PP probara algún tiempo la misma medicina que ellos suministraron

Desde aquel momento, el camino del Gólgota, tanto del Gobierno como del PSOE, ha sido realmente penoso. En la más terrible soledad el socialismo español se ha ido desangrando en un vía crucis hasta la consumación final que se produjo el 20-N, y la entrega del espíritu acontecida con la formación del nuevo Gobierno de Rajoy. De nada ha servido que en el camino hacia la cumbre haya habido presencias y voces complacientes, dispuestas a colaborar en el tormento. De nada ha servido que el Gobierno ganara prácticamente todas las votaciones del Congreso, pese a solo contar con una mayoría minoritaria. De nada ha servido que los españoles hayan presenciado la actitud desidiosa, destructora e irresponsable del PP de Rajoy, que se regodeaba con los fracasos del Gobierno sin aportar ni una sola idea que mitigase las penas colectivas. En todo caso, el Gobierno y el PSOE nos veíamos obligados a recurrir a humildes Cireneos que nos ayudaran a llevar la cruz en algunos tramos más empinados, por cierto, una cruz que había sido fabricada y alimentada por el capital y los mercados, es decir, por gentes y organizaciones mucho más afines al PP que a otros.

La consumación ha tenido lugar. Los cuerpos sin vida yacen en los sepulcros. Y los templos han sido ocupados por los nuevos ídolos. Como si de un dios se tratara, Rajoy ha sido alabado por conformar un Gobierno inmejorable, a pesar de que del ramillete ministerial los conocidos nunca fueran nada del otro mundo, y los desconocidos solo sean eso, desconocidos para el cumplimiento de las encomiendas y, algunos, bien poco loables por los actos conocidos que se les achacan. Pero así es la vida: en un país habitado por obreros, trabajadores y agricultores en su gran mayoría, se alaba más la profusión de títulos que la acumulación de bondades y virtudes humanas. Escuchar a buena parte de los tertulianos de la derecha encorajina, porque incluso se permiten subrayar que, de dos ministros, uno socialista y el otro popular, que porten la misma titulación académica, consideran mejor preparado y más idóneo al popular. De poco les sirve constatar que la España democrática ha sido construida las tres cuartas partes del tiempo por socialistas, más aún, en algunos momentos especialmente delicados, pese a esta derecha española, tan anclada en la vieja dictadura que no está dispuesta a traer la Historia a su memoria porque se siente avergonzada.

En este paisaje llama la atención el comportamiento de los socialistas. Por bueno y responsable, sin duda, pero también por excesivamente entregado. No quiero decir que el PSOE debería repetir en el Congreso la actitud innoble e ignominiosa del PP con el Gobierno de Zapatero, pero sería aconsejable que el PP probara en sí mismo, durante algún tiempo, la misma medicina que ellos suministraron. Para que esto llegara a ocurrir sería necesaria una transmutación muy grande. Resulta sobrecogedor que todos los ministros del PP, al recibir las nuevas carteras y responsabilidades, han alabado el diálogo como instrumento fundamental y el consenso como garantía de éxito. ¿Acaso no lo eran cuando se lo negaban al Gobierno socialista? ¿Acaso les da miedo afrontar la responsabilidad que los españoles han puesto en sus manos despojándola de todas las demás? ¿Acaso les quema el poder, el mismo poder absoluto por el que viven obsesionados? ¿Les asiste acaso un ataque de generosidad a la vista de las dificultades que con tanta insistencia han negado?

Los españoles han querido que el PSOE fuera castigado con la pérdida de 59 escaños y que el PP obtuviera 32 escaños más que le daban la mayoría absoluta y aún le sobraran 10 escaños. De ese modo consiguió el poder absoluto, para nada amenazado ni siquiera aunando los demás escaños de la Cámara. ¿Para qué reclama el PP diálogos y consensos si no es para doblegar los primeros y llevar los segundos a sus propios derroteros? Quienes hemos visto funcionar a la vicepresidenta Soraya tenemos claro que, en su dimensión más pública, nunca ha mostrado demasiada transigencia. ¿Qué hará Montoro si algún diputado opositor le trata con el sarcasmo y escaso respeto con que él se dirigía a los ministros socialistas? ¿A quién escuchará De Guindos con mayor atención, a los portavoces parlamentarios o a sus antiguos superiores del escalafón de Lehman Brothers?

De modo que, una vez más los socialistas, como primer grupo de la oposición , se muestran responsables. Ante el Gobierno de Aznar ofreció el pacto antiterrorista, es decir que fue responsable. Ahora lo ha sido igualmente ofreciendo cuatro acuerdos, colaboraciones tan necesarias en la situación crítica que viven España y Europa. Ahora se trata de interpretar la respuesta que dé Rajoy. De que responda proponiendo un trágala o lo haga invitando a discutir en una mesa con receptividad, dependerán las valoraciones. En todo caso, todo ha sido consumado y, ya, todos hemos encomendado nuestro espíritu a Rajoy.

No solo lo han hecho los adinerados, o los empresarios, porque en España de esos hay pocos, y son muchos más los obreros, las personas de clase media y de condición humilde. Lo han hecho los que desean pasar su vida saludablemente, amparados por una Sanidad pública, gratuita y suficiente. Lo han hecho los que quieren que sus hijos reciban una educación cohesionada que les permita ser iguales a los hijos de los ricos en el futuro. Lo han hecho los que viven amenazados por una hipoteca que diezma mensualmente sus salarios en exceso. Lo han hecho los que no tienen medios económicos suficientes para garantizarse una vida digna. Lo han hecho quienes no pueden ganarse el pan con el sudor de su frente porque cualquier tipo de discapacidad se lo impide, o les impide ser competitivos frente a quienes no la sufren. Lo han hecho, aunque no se muestren conscientes de ello, quienes sufren la exclusión social y reniegan de todo gobierno. Y lo han hecho, por fin, varios millones de inmigrantes que viven y trabajan como si se tratara de otros españoles más. Defraudar a cualquiera de todos estos será irresponsable si se hace voluntariamente, es decir convencido de lo que se está haciendo. Y no hay duda de que la derecha, por inclinación natural y déficit ético, va a preferir fortalecer el placer de los ya satisfechos que mitigar los pesares de los menesterosos. Me sorprendería que no fuera de ese modo.

De cualquier modo, siempre resulta bello encontrarse con agradables sorpresas. Lo inevitable es, ahora mismo, una gran cruz en lo más alto del Gólgota: una cruz deshabitada que espera, a la vuelta de un tiempo, que Rajoy la ocupe durante el tiempo necesario para que sus verdugos se sientan satisfechos y sus fuerzas le abandonen. En aquel momento, como Rodríguez Zapatero ha hecho, elevará la mirada a las alturas y encomendará su espíritu... ¿A quién?

Josu Montalbán es exdiputado del PSOE.

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