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viernes, 23 de diciembre de 2011
Análisis:PENSAMIENTO

Derechos humanos y pluralismo cultural

FERNANDO VALLESPÍN 23 DIC 2011

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La política internacional deberá acometer un acuerdo de mínimos sobre los preceptos de una ética global

Llama la atención la gran sorpresa de Occidente ante el resultado de las últimas elecciones celebradas en algunos países árabes. La famosa "marea verde", el triunfo en todos ellos de partidos de corte islamista, se percibió como un salto atrás en las expectativas democratizadoras que habíamos puesto en tan prometedores movimientos populares. Sin darnos cuenta, nos salió eso que podríamos calificar como "fukuyamismo metodológico", el pensar que la democracia liberal es la forma universal final -y la única verdaderamente legítima- de organización política. Desde que Fukuyama formulara su tesis hemos tenido ocasión de ver, sin embargo, que democratización no equivale necesariamente al modelo predominante en nuestros lares. De hecho, la mayoría de las nuevas democracias son estrictamente "electorales", con competencia entre grupos políticos, pero carentes de las garantías liberales.

Hemos tenido ocasión de ver que democratización no equivale necesariamente al modelo predominante en nuestros lares

Algo similar nos ocurre cuando se suscita la cuestión de los derechos humanos, cuya universalidad predicamos sin tener en cuenta la coloración particular que reciben en otras culturas. En ellas no se cuestiona su valor intrínseco, sino la "versión" de los mismos que ofrece Occidente; su verdad sería relativa y habría que corregirla a partir de lo que otras culturas consideran como su interpretación propia. En la Declaración de Bangkok de 1993, por ejemplo, suscrita por casi todos los países de Asia oriental, se especifica explícitamente que los derechos humanos son universales, sí, pero que "deben ser entendidos (...) teniendo en cuenta el significado de las particularidades nacionales y regionales y los diferentes trasfondos históricos, culturales y religiosos" (artículo 8). Y en otras, como la islámica, suele añadirse también una cautela limitadora de los habituales criterios que informan la libertad religiosa.

En un esfuerzo de síntesis podemos decir que las diferencias con nuestro propio entendimiento de los derechos humanos se concretan en una comprensión del vínculo social más comunitarista que individualista; en contemplar los mecanismos de integración social más a partir de deberes que de derechos, como ocurre en toda la tradición confuciana, interesada sobre todo en remarcar las obligaciones asociadas a cada rol social; y en velar por la cohesión como el valor supremo. La integridad de la sociedad, el evitar su fraccionamiento a través del pluralismo valorativo, se convierte en el criterio decisivo que hace pasar a un segundo lugar los derechos individuales. Las cuestiones de interés mutuo, la preservación de lo propio, se prioriza sobre el discurso que pone al sujeto humano individual en el centro de la protección otorgada por el sistema de los derechos. De ahí que algunos, como el propio Huntington o John Gray, acabaran afirmando la radical inconmensurabilidad entre nuestra tradición y la de aquellos que se resisten a buscar un consenso universal desde ubicaciones culturales diversas.

La gran cuestión que se abre es si bajo estas condiciones es posible establecer un acuerdo de mínimos sobre los preceptos de una ética global que sea a la vez respetuoso con la diferencia cultural; entre aquello que nos une y lo que nos separa. No podremos hacerlo, desde luego, si nos empeñamos en ver las culturas como "formas de organización de la existencia en invernaderos" (Sloterdijk). Y si no somos capaces de captar el uso ideológico que en muchos casos se hace de estas afirmaciones de rechazo a la "imposición" occidental. Detrás de ellas late muchas veces el encubrimiento de claros intereses de las élites sociales, religiosas y políticas de esos países, que contrasta con una actitud mucho más próxima a la nuestra por parte de quienes dentro de ellos aspiran a mayores cotas de libertad. Pero no deja de ser cierto tampoco que, como ocurre con las identidades religiosas, el significado moral de una práctica suele atarse a consideraciones contextuales específicas difíciles de extirpar desde la "fría" abstracción de la gramática de nuestros derechos.

Este debate lleva ya varias décadas sobre la mesa de las organizaciones internacionales y en foros tales como el de la Alianza de Civilizaciones. Mientras tanto, sin embargo, es ingente el desarrollo teórico y jurisprudencial de la defensa de los derechos humanos en los ámbitos español, europeo y del derecho internacional convencional. Como muestra de ello valga este libro que recoge los avances habidos en "los mecanismos y vías prácticas de defensa" de los derechos en todas estas esferas. El enfoque aquí es estrictamente jurídico y sistemático, abarcando desde los más generales a los más específicos. A partir de ahora se convertirá en una referencia imprescindible para quienes buscan delimitar el significado y la protección de que se dota a cada uno de ellos. El único pero que cabría ponerle es su carácter etnocéntrico. La inmensa mayoría de las referencias legislativas y jurisprudenciales se corresponden con pronunciamientos de instituciones de nuestro entorno europeo y occidental. Si lo que en realidad se busca es trasladarlos a la "sociedad global", como se afirma en su título, habrá que esforzarse por ver cómo se pueden asegurar en ámbitos ubicados más allá de nuestra esfera de influencia, cómo hacerlos globales de verdad. Pero eso ya no compete solo a la labor de los juristas; deberá ser la tarea de una nueva política internacional más comprometida con el diálogo intercultural.

Los derechos humanos en la sociedad global: mecanismos y vías prácticas para su defensa. Fernando M. Mariño, Manuel Gómez-Galán y Juan Manuel de Faramiñán. Prólogo de Fernando Savater. Cideal. Madrid, 2011. 344 páginas. 21 euros.

Ciudadanos egipcios a la espera del recuento de votos en las elecciones de noviembre de 2011. / SHAWN BALDWIN / CORBIS

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