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EL HOMBRE QUE FUE JUEVES

Falta un árbol

A la semana de la muerte de Francisco Casavella, de la que el sábado se cumplirán tres años, pasé por Camposagrado y advertí que en la calle faltaba un árbol a pocos metros de su casa, un árbol de ramas retorcidas y copa muy grande. La metáfora era obvia, tanto que de otro modo no hubiera reparado en el alcorque vacío. Poco más tarde soñé con él dos veces. En el primer sueño era un sábado de otoño, anochecía y yo estaba en la calle con Urre y con Ragna, como algunos sábados antiguos, y Urre decía: "No sabes la rabia que da llamarle para quedar y caer en la cuenta de que está muerto". En estas aparecía él con su abrigo negro y sus zapatones, las solapas levantadas y el tupé a lo Tom Verlaine de su juventud. Tenía un aspecto estupendo, mucho mejor que el nuestro, y los tres nos quedábamos boquiabiertos, y entendíamos en el acto que le habían dejado bajar, que tenía pernocta, como en la mili, y nos acercábamos, contentísimos, y comenzábamos a hacerle preguntas, cómo es aquello, a qué gente has visto, preguntas que él esquivaba, sonriendo, cabeceando, y de pronto se despedía con no sé qué excusa y se largaba, y Ragna decía: "Claro, el muy cabrón ha bajado a beber, por eso tiene prisa", y nos echábamos a reír, pero ya se había ido calle abajo. En el segundo sueño tengo más suerte. Estoy en casa, frente a la estantería de los discos, pensando en él, cuando de repente percibo una sombra a mi espalda, un olor, me giro y allá está, avanzo y le abrazo con una enorme emoción, siento el tacto de su abrigo (húmedo) al estrecharle entre mis brazos y él se retira un poco, como cohibido por esa inesperada muestra de afecto. Creo que hasta entonces nunca había abrazado a un muerto como jamás le abracé en vida.

Llevo dos semanas con la nariz hundida en una extraordinaria antología póstuma de Casavella

Llevo dos semanas con la nariz hundida en Elevación, elegancia y entusiasmo, la extraordinaria antología póstuma de sus artículos que publicó Galaxia Gutenberg, cuyo título remite a la divisa estampada por John Coltrane en el escudo de armas de A love supreme, y que me provoca la misma sensación de felicidad que la relectura de los Ensayos de Gore Vidal. Como no puedo superar el prólogo que escribió Jordi Costa, me limitaré a señalar que me parece uno de los mejores libros de crítica que se han escrito nunca, y que se le ninguneara como se le ninguneó es, para decirlo también brevemente, una muestra definitiva de cómo está el patio. A ese libro acudo para seguir escuchando su mejor voz y extraigo, entre mil, dos textos para el recuerdo. El primero dice: "La única obligación de un escritor es manejar un estilo hermoso, duro y elástico, que preserve su ficción de la ficción general". El segundo dice: "Hay épocas malignas en las que se expande una indiferencia tumefacta. En esas épocas, eso que llamamos románticamente 'sueños' parece disolverse con mayor facilidad en las distintas pero siempre ásperas versiones de la realidad. En cada gesto diario se descarta una fantasía de libertad, de ansia de conocimiento, de vocación, de juego. Todo se envenena. Ese es el campo de batalla de la soledad, del desprecio y de las sonrisas hipócritas. Ahí es donde uno ha elegido pelear". Con esa bravura peleó hasta el final. Me descubro ante el profundo rigor de su anhelo y ante su permanente disposición a bailar la conga; solo lamento, quizás, que demasiadas veces lo hiciera al borde del acantilado. El hueco del árbol sigue siendo enorme, pero también lo es la alegre sombra de sus ramas, que no paran de crecer.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Jueves, 15 de diciembre de 2011