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Reportaje:diseño

Una montaña de oficinas

El nuevo edificio del Parque Tecnológico de Vitoria busca reflejar el paisaje sin perder valor icónico

El Parque Tecnológico de Álava no quería ser un polígono al uso. Buscaba convertirse en vivero de empresas de nuevas tecnologías (energías limpias, biotecnología, aeronáutica o nanotecnología) y transmitir esa ambición desde sus calles, teñidas de verde por aceras ajardinadas y bautizadas con nombres de científicos.

Por eso el Parque trató de no amontonar edificios, naves industriales y oficinistas y optó por sembrar un paisaje de edificios para mejorar la imagen de las empresas y la vida de los trabajadores. Así, decidió ser parque antes que polígono y, desde ese propósito, organizó las parcelas con el convencimiento de que esa ambición de excelencia respecto al lugar contagiaría un tipo de actividad perfeccionista y esforzada. Así ha sido y hoy, a las afueras de Vitoria, es fácil comprobar cómo allí muchos trabajadores se desplazan en bicicleta o cómo los coches se aparcan bajo marquesinas formadas con paneles fotovoltaicos.

El último inmueble en llegar a ese Parque está pensado también para disfrutar de ese paisaje y para crear un entorno limpio en el que acoger las nuevas oficinas. Sin embargo, el inmueble ni se mimetiza con el entorno ni se deja absorber por él. Se trata de un edificio facetado firmado por Juan Coll-Barreu y Daniel Gutiérrez Zarza que apila despachos hasta formar una montaña artificial. Desde sus planos acristalados, y desde su radical artificiosidad, el inmueble quiere marcar su presencia al tiempo que, desde el mismo idioma rompedor, busca, paradójicamente, saludar al entorno natural. Al menos eso explican sus arquitectos.

Juan Coll-Barreu insiste en que la poderosa vinculación con el paisaje está presente en cada gesto del edificio. Y detalla esa explicación al contar que la ampliación del Parque Tecnológico "suponía un avance hacia terrenos ocupados por pastos y robledales sobre delicadas pendientes. Él, dice, quiso evitar "enviar ese paisaje a la papelera", impedir que se borrase como si nunca hubiera existido. Así, resultado de un concurso público, el edificio E8, de 13.000 metros cuadrados y con un presupuesto de 23 millones de euros, refleja el paisaje de árboles, montes y nubes en cada uno de los quiebros de su fachada de vidrio. Pero ¿cómo no borrar el paisaje construyendo sobre él? "Queremos que, a pesar de las transformaciones a que obliga la aparición de los edificios, la historia del lugar permanezca con sus capas de tiempo y memoria, con el recuerdo de su forma". Así, el edificio E8 se deja atravesar por el paisaje. Y pierde su icónica identidad cuando se convierte en reflejo del entorno sobre el que se posa. "Pensamos que esto es civilizador", insiste Coll-Barreu.

Civilizadora es la doble piel de vidrio que proporciona una notable reducción del consumo energético y un refuerzo del aislamiento acústico. El E8 está arropado por una cáscara interior transparente, impermeable y aislada y otra envolvente, exterior y ventilada, que funciona como un parasol. En invierno, la cámara intermedia es un colchón térmico que distancia el edificio del frío. En días cálidos, el sistema de pieles produce un tiro natural que enfría la fachada interior utilizando la diferencia de presiones.

Pero no acababa ahí la propuesta "civilizadora". La doble piel, esa misma cámara de aire, sirve también para el mantenimiento y la limpieza de las fachadas. La idea, explica el arquitecto con despachos en Bilbao y Madrid, es aprovechar el optimismo de la luz sin que el precio sea excesivo en incomodidad, mantenimiento o coste energético. "Aprovechar la luz y dejar entrar el paisaje no está reñido con la lógica constructiva". Por eso Coll-Barreu apuesta por la montaña de despachos, frente al tradicional bloque de oficinas.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de diciembre de 2011