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martes, 13 de diciembre de 2011
COLUMNA

Congreso en la oposición

El rasgo distintivo de la situación en que los socialistas catalanes afrontan el sábado su duodécimo congreso es que, por vez primera desde el segundo, el de 1979, el PSC es ahora un partido en la oposición en todos los niveles institucionales en los que actúa. En Europa, en España, en Cataluña y en los municipios.

El contraste entre esta situación y la que se daba en julio de 2008, cuando se celebró el anterior congreso, no puede ser mayor porque justamente entonces los socialistas habían alcanzado en Cataluña el más alto grado de poder institucional del que jamás habían dispuesto. Ahora están en el punto más bajo de su historia. La caída ha sido brusca, en picado. La impotencia ante la crisis financiera y económica que se ha llevado por delante a casi todos los Gobiernos socialistas de Europa, incluido el de España, y a algunos de derechas, está en el origen de las sucesivas derrotas electorales del PSC, pero incluso los dirigentes a los que les ha tocado encajarlas reconocen que, en su caso, hay también otros factores, causas específicas resultantes de las concretas condiciones en que han actuado.

El PSC afronta la generación de un equipo dirigente para una larga etapa de actuar desde la oposición

Tarea de los propios socialistas reunidos en congreso debiera ser afinar al máximo en la identificación y definición de estas causas concretas. De modo genérico, sin embargo, parece bastante claro que una de las principales es el desgaste de la generación fundacional del partido y la insuficiencia de las sustituciones ya operadas en destacadas responsabilidades. La socialdemocracia afronta a escala mundial el reto de la renovación, de una puesta al día que libere a los partidos socialistas de la contradicción que les abrasa cuando llega una crisis económica: la de hacer desde los Gobiernos lo contrario de lo que preconizan desde las oposiciones, en particular en materia de política económica. Es un elemento clave, ciertamente, y de cómo se resuelva depende también el futuro del socialismo en Cataluña y en España. Pero su ideario básico ya está inventado. Lo mismo cabe decir del PSC. Ya está inventado. Lo que en su caso hay, además de la necesidad de librarse del corsé de la ortodoxia económica neoliberal, es un problema de calidad de los liderazgos.

Ejemplos claros para ilustrar el alcance de este problema son los fracasos registrados con las sustituciones de Joan Clos por Jordi Hereu y de Pasqual Maragall por José Montilla. A pesar de la trascendencia de estos dos casos, sin embargo, la cuestión no radica solamente en acertar más o menos a la hora de designar un candidato. El mal es otro. Es que a una generación progresista forjada en las décadas de 1960 y 1970 en la ilusión por la democracia y el cambio social le ha sucedido otra forjada en los despachos, fueran los del partido o los de las instituciones, incapaz de transmitir ilusiones y de convertir su programa en un proyecto colectivo mayoritario.

Este problema no es menor. Y no viene de ayer. Una parte de sus causas es sociológica, fruto de los cambios en la estructura social catalana, la pérdida de peso del sector industrial, el ascenso económico de los hijos y nietos de los inmigrantes del desarrollismo español de 1960. En estas capas sociales está desapareciendo la identificación automática, o casi, con la izquierda y, sobre todo, con el partido socialista. Otra parte de las causas está relacionada con la endogamia, la cooptación de dirigentes apenas disfrazada, la burocratización que se apodera de los partidos a la mínima ocasión que exista para ello. Basta con preguntarse por el relieve político de los candidatos a diputado en las últimas elecciones legislativas y autonómicas para comprobar el resultado de la espiral negativa provocada por la combinación de endogamia y burocratización.

El congreso del sábado debiera ser, pues, no un congreso para la renovación como suele decirse en casi todos, sino un congreso para una reconversión como fueron las del textil en Cataluña y la de la metalurgia en Euskadi y Asturias, por poner hitos caros para los propios socialistas. Es decir, un congreso para cambiar totalmente el chip, para forjar una generación de dirigentes capaces de luchar de nuevo desde la oposición, que es lo característico del momento presente.

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