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COLUMNA

Sueños, mitos y leyendas

La fantasía es un género inmenso, que lo abarca todo, y me encanta. A partir de él un autor puede contar casi cualquier tipo de historia. Después de todo, La Odisea y La Ilíada son obras de fantasía, también Beowulf, El sueño de una noche de verano, Cien años de soledad, Harry Potter y muchas otras, libros y películas sin relación aparente. Yo escribo fantasía épica. Escribo esas historias que los humanos han estado contando desde el principio de los tiempos y que, creo, seguiremos contando mientras existamos. ¿Por qué han perdurado estos cuentos? Porque se ocupan de temas universales: hablan de hacerse mayor, de grandes viajes y aventuras en lugares desconocidos, y de cuestiones de moralidad y mortalidad. Todos hemos experimentado este tipo de cosas en nuestras propias vidas y, si bien una novela de fantasía puede tender a exagerarlas, siguen siendo elementos con los que cualquier persona se puede identificar, independientemente del lugar y del momento en el que viva. Por supuesto que hay tendencias dentro del género. Actualmente los vampiros y los hombres lobo son los más populares. Pero no son más que la fachada de un edificio que esconde mucho más. Y ese edificio sigue siendo el mismo. La fantasía nos permite externalizar algo que, de otro modo, nunca saldría a la superficie. Por ejemplo, si un personaje tiene miedo a las arañas, en una fantasía puedo hacer que se encuentre con una araña gigantesca para así obligarlo a enfrentarse a su miedo de una forma mucho más visceral que en la ficción realista. De hecho, creo que la fantasía suele ser más precisa a la hora de describir el mundo que nos rodea que la ficción realista. Las vidas que llevamos en nuestras cabezas están llenas de imposibles: imaginaciones desenfrenadas y emociones intensas que definen nuestra forma de ver el mundo. La fantasía trata directamente con esas imaginaciones, algo que ningún otro género puede hacer, quizás con la excepción de la ciencia-ficción. No obstante, hay una diferencia entre la fantasía y la ciencia-ficción. Cuando la ciencia-ficción rompe las leyes de la física trata de proporcionar una explicación razonable que justifique por qué esa ruptura puede ser posible (y, por tanto, en realidad no supone quebrantar el orden natural). Cuando la fantasía rompe las leyes de la física su única explicación es "porque" o "es mágico". A un observador indiferente puede parecerle que no es para tanto, pero se trata de una fisura fundamental en la filosofía de ambos géneros. La fantasía se ocupa de los sueños, los mitos y las leyendas, y no tanto del funcionamiento exacto del universo físico. En cambio, la ciencia-ficción se nutre de nuestra inagotable curiosidad por la naturaleza de nuestro entorno, así como de nuestra constante cavilación en torno a lo que podría ser. Dicho esto, ambos son géneros de sobrecogimiento y asombro, y si tuviera que limitarme a ellos, seguiría siendo un escritor feliz. No es que no quiera escribir historias de otros géneros en un futuro. Quiero. Pero cualquier historia puede narrarse desde el mundo de la fantasía o la ciencia-ficción, y un escenario imaginario suele insuflar nueva vida y energía a una historia convencional. Desde ese punto de vista, mi propia serie, el ciclo El legado, puede considerarse una ficción histórica de una época y un lugar que nunca existieron. Precisamente así es como he abordado la serie, como si estuviera documentando algo que ya había pasado. Además, también traté, sencillamente, de contar una historia entretenida. Legado, el cuarto y último libro del ciclo El legado, encierra un montón de cosas emocionantes: humor, batallas, aventura, amor verdadero y, por supuesto, dragones. No será el último libro que escriba sobre el mundo de Eragon, pero sí que es el final de esta historia concreta. No esperaba que terminar este libro me fuese a afectar tanto, pero cuando escribí la última escena, la última página, me sobrevino una corriente de calor y empecé a temblar como si estuviera resfriado. La sensación fue tan intensa que tuve que dejar de trabajar en las últimas frases -aunque sabía que no estaban del todo bien- y retomé la tarea semanas después, terminada la edición. Apenas cambié nada. Sólo añadí una palabra: oscuro. Pero ese único adjetivo lo cambiaba todo. Hacía que la frase fuese perfecta. Estoy muy orgulloso de la serie completa, pero especialmente de este cuarto y último libro, Legado. Creo que es lo mejor que he escrito y espero que a los lectores les parezca un final apropiado y sorprendente para la historia.

Traducción de Virginia Collera. Christopher Paolini (California, 1983) acaba de publicar Legado / Llegat (traducción de Carol Isern y Jorge Rizzo / J. Vidal i Tubau, P. Bombardó y C. A. Saburit. Roca Editorial. Barcelona, 2011. 809 páginas. 24 euros).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de diciembre de 2011