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viernes, 25 de noviembre de 2011
COLUMNA

¡Vivan las cadenas!

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¿Por qué no ha habido ninguna reacción positiva por parte de los mercados al nuevo Gobierno de España? En principio, el resultado era el idóneo para calmarlos. Todos pensábamos que era el mensaje que necesitaban para no seguir cebándose (literalmente) con nuestra deuda. Pocos países de los que todavía no habían sido rescatados se habían plegado con tanta intensidad a sus disciplinas. Éramos el discípulo dilecto de la nueva ortodoxia, y con un mensaje por parte del partido ganador de que, además, nos iba a aplicar una nueva vuelta de tuerca. Estábamos dispuestos a volver a los cilicios, a la austeridad castellana de toda la vida, a hacer la penitencia de quienes se saben pecadores. Habíamos interiorizado de tal manera nuestros pasados excesos que hasta nos habíamos creído el mensaje de Merkel de que ya se había acabado la orgía, el carnaval que nos hemos corrido a su costa, y que ahora tocaba la cuaresma. Y hasta lo hemos hecho a través de las urnas. Hemos ido todos (bueno, una buena mayoría) a certificar que queremos que nos pongan las cadenas, como cuando Fernando VII. Solo nos quedaba hacernos luteranos. ¿Qué más quieren?

Tenemos el derecho de hacernos oír, de no ser meros receptores de órdenes "de arriba"

No creo que se echaran en falta gestos más concluyentes por parte de Rajoy -el discurso, "responsable", de celebración de la victoria electoral lo decía todo-, o que les preocupe nuestro largo proceso de transición hasta la adopción de decisiones por parte del nuevo Gobierno. Entonces, o bien la política en el fondo les importa un rábano, o ya no es creíble el sistema de financiación del gasto público a través de la deuda si no hay un respaldo explícito por parte de los más solventes económicamente. O si no existe una alternativa a la unidimensionalidad de la ortodoxia de las políticas de recorte del gasto. Y hay signos de que es ahí donde reside el problema. Rajoy podrá hacer todas las piruetas que quiera, prometer el haircut que más les satisfaga, adelgazar las cuentas públicas hasta la anorexia, si no hay credibilidad en la sostenibilidad de unas políticas económicas que no garantizan el crecimiento o en una deuda soberana avalada por bonos europeos seguiremos en esta espiral diabólica.

Lo que explica la no reacción al triunfo de Rajoy no tiene que ver con él, obedece al hecho de que las grandes instituciones financieras internacionales, incluyendo a las principales europeas, se están desprendiendo de la deuda de los países de riesgo. Según datos de Goldman Sachs -esperemos que sean creíbles-, solo las 55 más grandes de Europa se han liberado ya de cerca de un tercio de sus bonos italianos y españoles entre finales de junio y septiembre, y las americanas llevan haciéndolo en mucha mayor cuantía desde hace tiempo. Ante esta situación, la capacidad de maniobra de un solo país es cada vez más escasa, y sus necesidades de financiación a tipos tan elevados pueden conducirlo a la ruina. En realidad, esta política solo sirve para satisfacer las ansias de disciplina del nuevo hegemón, tozudamente fijado sobre las políticas de ahorro como única cura. Todo antes de dar un golpe encima de la mesa y coger el toro por los cuernos. Pero eso significa ejercer el liderazgo político de la zona euro, ir decididamente a recuperar la confianza en las deudas soberanas avalándolas a través de compras masivas del BCE o adoptando ya los ansiados eurobonos. En una palabra, ofrecer respuestas políticas europeas a los desafíos comunes.

Como es obvio, eso no nos va a salvar de las políticas de austeridad o de restricción del gasto público, pero al menos no serán inútiles. Ya que estamos unidos mediante un cordón umbilical a la economía de los demás países de la Eurozona, en principio, tenemos el derecho de hacernos oír, de no ser meros receptores de órdenes "desde arriba". Debemos exigir que quienes nos impongan las cadenas nos expliquen si hay una equitativa distribución de las cargas, saber quién se beneficia de qué decisiones y en qué medida, y la razonabilidad de las mismas. Exigimos un rendimiento de cuentas europeo. No deja de ser una ironía que este valor de la accountability solo tenga sentido de puertas adentro, en el interior de los espacios democráticos nacionales, pero no hacia afuera. Se dirá que los deudores siempre han de responder ante sus acreedores. Cierto, pero los Estados no son meras empresas en las que sus líderes responden como los gestores ante un Consejo de Administración. Deben responder también ante sus ciudadanos y presentarse ante ellos como los verdaderos garantes de su seguridad y libertad, algo que hoy por hoy tienen secuestrado.

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