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domingo, 20 de noviembre de 2011
Tribuna:Laboratorio de ideas

El nacimiento de una fuente de energía

ROLAND KUPERS 20 NOV 2011

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Alemania acaba de cruzar el umbral del 20% de energía renovable, honrando ocho años antes de lo previsto el compromiso que contrajo con la Unión Europea y que no debía cumplir hasta el año 2020. Como beneficio adicional, hasta el final de esta década el mundo también agradecerá a Alemania la obtención de energía solar asequible, no porque dicha tecnología haya sido inventada allí, sino porque los ciudadanos alemanes han pagado la crítica fase de reducción de costes al ofrecer un amplio mercado para dicha energía.

Una década de apoyo a su implantación ha empujado a ritmo acelerado a la tecnología solar fotovoltaica hacia posiciones más bajas en la curva de costes. Antes de 2015 será totalmente comercial en países soleados como Sudáfrica, Grecia o México, y poco después para la propia Alemania. Sin la política energética de Alemania, esta reducción en costes se habría logrado en mucho más tiempo.

Sin Alemania, el desarrollo de la energía solar fotovoltaica hubiera sido más lento

Pero la política alemana no es simplemente una cuestión de altruismo: es una combinación de una buena política industrial y de la aceptación de la responsabilidad en cuanto a asumir la parte que toca a Alemania en las metas de reducción de emisiones de carbono de la hoja de ruta UE 2050.

La historia, a veces, se cuenta de la siguiente manera: "Alemania ha subsidiado la energía solar fotovoltaica durante años mediante tarifas artificialmente altas. El resultado ha sido una gran cantidad de paneles solares -muchos importados desde China- en un país con poco sol y 100.000 puestos de trabajo caros".

Los costes son, sin duda, importantes; incluso son mayores que la cifra estimada de 4.000 millones de euros en subvenciones anuales que, a fecha de hoy, Alemania reparte a su industria nuclear, y sin tomar en cuenta la subvención de 2.000 millones para carbón. Sin embargo, las historias reflejan a menudo el marco contextual del narrador, así que aquí se presenta una versión alternativa: "Reconociendo que las nuevas tecnologías requieren de apoyo para ser competitivas, Alemania ideó un sistema de tarifas decrecientes. Y cuando la energía solar alcance la paridad de costos, Alemania tendrá un cluster industrial bien posicionado. También habrá realizado una contribución sustancial al bien común mundial al pagar la cuenta por todos los demás".

Algunos argumentan que los Gobiernos no tienen un papel en la selección de quiénes son los ganadores y quiénes son los perdedores en la economía, y que el mercado debe decidir qué tecnologías llegan primero en la carrera por eliminar el carbono del sistema energético. Sin embargo, el mercado puede hacer funcionar su magia solo cuando las empresas sean lo suficientemente grandes como para financiar la curva de aprendizaje temprano de una nueva tecnología y convertirla en competitiva (y, por lo tanto, rentable).

La escala del sistema energético y los periodos prolongados necesarios para desarrollar una tecnología nueva hacen que el cambio radical sea incompatible con los intereses a corto plazo de los accionistas de las empresas. Como mínimo, un enfoque basado en el mercado requeriría establecer un precio para el carbono y suspender los subsidios a algunas de las antiguas fuentes de energía. A día de hoy, ambas acciones se encuentran políticamente fuera del alcance. Pero incluso con un precio del carbono bastante alto, es poco probable que el mercado por sí solo ofrezca energía baja en carbono.

La razón es que el coste de los bienes y servicios, incluyendo el coste de la energía baja en carbono, se reduce de dos maneras: mediante la investigación -por ejemplo, a través de la tecnología de capa delgada para sustituir a los paneles solares basados en silicio- y las mejoras incrementales en el diseño, logística, u operaciones a medida de que se implementen nuevas tecnologías. El coste de los paneles solares se ha reducido entre un 10% y un 20% con cada duplicación del volumen de fabricación. Solo se ha logrado que la tecnología sea más barata cuando se fabrica más.

Esto es lo que las autoridades ignoran cuando indican -por ejemplo, en palabras del primer ministro holandés, Mark Rutte, que "las turbinas de viento son impulsadas por los subsidios". Como ha demostrado Alemania, se necesitan subsidios decrecientes y con plazos determinados para lograr que cualquier fuente de energía nueva sea competitiva frente a la antigua. No obstante, debido a que los beneficios se acumulan a nivel mundial, pude ser difícil vender esta idea dentro de una agenda nacional estrecha, sobre todo porque se podría necesitar una década de apoyo.

Alemania no es el único país que actúa como comadrona de una nueva tecnología energética. Brasil ha conseguido apostar por una industria de etanol de caña de azúcar y Dinamarca ha tomado el liderazgo en la energía eólica en tierra. El empuje a gran escala de Reino Unido en la energía eólica marina toma un significado distinto cuando se lo ve como una contribución equilibrada al bien común mundial.

Según cifras de la Agencia Internacional de Energía (AIE), la energía eólica marina no sería competitiva hasta los inicios de la década de 2020; sin embargo, el tamaño de los planes de Reino Unido podría cambiar esta situación, al lograr que dicha energía sea competitiva mucho antes, como también que la industria de dicho país tome una ventaja inicial de importancia crítica. Y los beneficios van mucho más allá de Reino Unido: de la misma forma en la que ese país se beneficiará de empuje de Alemania en el ámbito de energía solar, Alemania cosecharía los beneficios del esfuerzo británico.

Esto no siempre funciona de la forma antes descrita: el denominado plan Messmer francés del año 1973 bien podría haber conducido hacia una energía nuclear segura y barata para todos. Pero las cosas salieron de otra manera, y la energía nuclear se ha convertido en una opción cada vez menos atractiva. Este es el corazón del aprendizaje: a veces funciona y a veces no. El verdadero fracaso es no hacer ningún intento y aprovechar de forma parásita los esfuerzos de los demás.

Una vez que alguien se compromete a financiar la primera fase del despliegue de una nueva tecnología energética, lo que viene a continuación es elegir un área donde ya exista algún conocimiento especializado. Reino Unido ha sido capaz de utilizar como base sus conocimientos sobre astilleros e ingeniería para capitalizar las oportunidades de la energía eólica marina. Del mismo modo, fueron los amplios conocimientos que Brasil tiene en el ámbito de la agricultura y su clima favorable -no únicamente sus políticas visionarias- los que convirtieron a ese país en el líder de los combustibles de etanol.

Muchas otras tecnologías energéticas están a la espera de similares paladines para poder alcanzar su máximo potencial. Estas incluyen la energía solar concentrada, la captación y almacenamiento de carbono, los automóviles eléctricos sin conductor, las redes troncales de corriente continua, los edificios de energía cero y los biocombustibles de segunda generación.

Los Gobiernos deben investigar los méritos y las posibles dificultades de cada una de estas tecnologías, evaluar sus propias fuerzas y tomar decisiones estratégicas a largo plazo acerca de si se desea ir en vanguardia de una o más de dichas tecnologías. En una época de dificultades económicas, tomar tales riesgos no solo proporcionaría puestos de trabajo, sino que también podría ofrecer enormes beneficios económicos.

Roland Kupers, exejecutivo de Royal Dutch Shell, es profesor visitante en la Universidad de Oxford. © Project Syndicate, 2011. Traducción de Rocío L. Barrientos.

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