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Crónica:SILLÓN DE OREJAS

Del romanticismo a la indecisión

Una editora amiga escuchó al responsable de compras de una importante cadena de librerías afirmar categóricamente que la novela romántica-regency-paranormal ya no se lleva. Las casi infinitas subdivisiones del subgénero romántico -uno de los que mueve más dinero en el mercado editorial globalizado-, propiciadas por la feroz competencia y los cambiantes gustos de su lectorado, favorece que sus escenarios y argumentos evolucionen constantemente y, al mismo tiempo, se "contaminen" de otras tendencias de la literatura popular. Como la mayor parte de las novelas románticas son traducciones del inglés, resulta que aquí se leen con toda tranquilidad historias ambientadas en el periodo Regency (el de Jane Austen) o victoriano, o Tudor, o medieval (incluyendo el vikingo, que tiene gran predicamento), o en cualquiera de las dos (por ahora) guerras mundiales. Las lectoras (ellas son mayoría) no sólo pueden elegir el contexto, sino también el elemento "contaminante": fantasía heroica, vampirismo, zombis, viaje al pasado o al futuro. Todos los escenarios y las peripecias son buenos con tal de que, al final, triunfe la "justicia emocional", según el (mendaz) principio de que el bien (es decir, el amoooooooor) acaba prevaleciendo sobre el mal, incluyendo el infeliz matrimonio anterior de los protagonistas (el modelo de qualité podría ser aquel "lector, me casé con él", con el que Jane Eyre puso término a su relato). Y también pueden escoger el grado de erotismo: las cubiertas con varones semidesnudos (marcando paquete o mostrando una lustrosa tableta de abdominales) en el momento de abrazar a damas nada lánguidas y también desabrigadas (escotes vertiginosos que revelan pechos turgentes de talla 95B) son un indicador de la temperatura erótica del interior (sintomáticamente, una vez adquiridos, los libros con portadas sicalípticas suelen transportarse forrados). Por lo demás, la capacidad de adaptación del subgénero es tan grande que los protagonistas ya no tienen por qué ser heterosexuales, como era preceptivo en la época de Corín Tellado, sin que por ello la novela deje de ser "rosa". También ha aumentado el nivel cultural de las lectoras; ahora se piden argumentos mejor investigados que puedan satisfacer a una demanda más exigente: mujeres urbanas de clase media o media-alta que trabajan o estudian y que tienen entre 15 y 50 años, es decir, un target de lo más suculento. A las tradicionales historias ("libros bonitos, pequeños y con final feliz") que hicieron la fortuna de Harlequin (un sello globalizado que, en todo caso, sigue vendiendo ¡un libro cada cuatro segundos!) se les ha multiplicado la competencia. A la hora de ser encuestados para elaborar las listas de best sellers que publican algunos diarios, muchos libreros suelen "olvidar" esos libros con los que hacen caja y prefieren elegir otros más, digamos, "intelectuales". Pero, según los sondeos más fiables de Larsen, las novelas románticas suponen un gran porcentaje de los más vendidos. Si alguno de mis (improbables) lectores tiene curiosidad por saber cómo son esas nuevas novelas románticas que intentan disimular su filiación, échenle un vistazo, por ejemplo, a El jardín olvidado (Suma), de Kate Morton, una australiana graduada en literatura victoriana (y a la que se le nota su admiración por las hermanas Brontë), de cuya novela se han vendido en España en lo que va de año más de 180.000 ejemplares (a 21 euros). Y es que el amor (sobre todo si va mezclado con terribles secretos, inesperadas agniciones, aristocráticas mansiones y misteriosas herencias) sigue siendo un chollazo.

Lengua

Según los expertos, el español aporta un valor equivalente al 15% del PIB, de modo que no resulta extraño que estos días prenavideños coincidan en las mesas de nuestras librerías importantes reediciones y alguna novedad de las que tienen por objeto nuestro idioma. El duopolio de facto (desequilibrado en favor del primero) que mantienen los grupos Planeta (vía Espasa) y Santillana en las publicaciones de la Real Academia -y que las demás editoriales han terminado por aceptar con insólita resignación- se extiende a menudo a los libros de los propios académicos. Además de las muy rentables y diferentes presentaciones de la Nueva gramática de la lengua española y de la Ortografía, Espasa acaba de publicar una versión puesta al día del imprescindible Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, de mi admirado Manuel Seco, cuya primera edición fue publicada por Aguilar hace exactamente medio siglo. El libro, fruto del exclusivo trabajo del académico, ha creado escuela y ha sido profusamente copiado. Incluso ha inspirado "cierto ambicioso y bastante reciente Diccionario de dudas amparado por el nombre de una venerable institución", que es la elegante expresión que Seco emplea para referirse al Diccionario panhispánico de dudas de la RAE (Santillana, 2005), y en el que, por cierto, no se hace ninguna mención "a la fuente inspiradora". Yo, quizás por costumbre, prefiero el de Seco, aunque me ha resultado raro no encontrar en él la entrada 'zapeo', un término al que la 22ª edición del DRAE, en un acceso de surrealismo castizo, consideraba una adaptación del zapping inglés con (atención) "influencia del español zape", que, por si ustedes lo han olvidado, es una interjección que se utilizaba "para ahuyentar a los gatos". Si les gusta leer sobre la vida (y muerte) de los vocablos, les recomiendo también Palabras moribundas (Taurus), de Pilar García Mouton y Álex Grijelmo, en el que se pasa revista a términos que han perdido vigencia pero que todos hemos empleado, escuchado u oído alguna vez.

Indecisión

Leo en las mamparas que tratan de impedir que la gente se suicide arrojándose desde el Viaducto de Madrid una pintada indignada que reza lacónicamente: "Saltad banqueros". No, no creo que lo hagan. El más que probable resultado (¡zape!) de las elecciones no les perjudica. Como tampoco parece que la crisis afecte a la actual pasión de los editores por los libros gordísimos (quizás piensen que, como la gente compra menos, más vale que se gaste el dinero en pocos y voluminosos). El último de su especie es también una auténtica vuelta al pasado. Planeta, que desde su diario ha apoyado con fervor la candidatura del partido más de derechas, acaba de publicar Caballo de Troya 9 (¡nueve!), de J. J. Benítez, "el esperado desenlace de la gran saga", un centón de 1.200 páginas sobre el que se nos adelanta que "todo lo contado sobre Jesús de Nazaret conviene ponerlo en duda". Apasionante. Y aún más si tenemos en cuenta que la última veintena de páginas viene sellada (más bien: intonsa) para ocultar las revelaciones más tremendas. No pude resistir la tentación y, escondiéndome del escrutinio de los dependientes de la librería de El Corte Inglés, agarré un ejemplar de una nutrida pila, rompí el sello y me sumergí en los arcanos jotajotabenitezcos. Desde entonces mi vida ha cambiado. Pero sigo sin saber qué papeleta (si alguna) introduciré mañana en la urna.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de noviembre de 2011