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Crítica:PURO TEATRO

'El Rey León' tiene un problema (o dos)

El musical ha llegado a la Gran Vía de Madrid en una ambiciosísima producción española: máscaras y muñecos de ensueño, preciosos coros africanos, gran trabajo de equipo, pero notable desequilibrio entre sus dos actos. Especial: Musical El Rey León

El Rey León se anuncia como "el musical que conmueve al mundo". A mí me ha deslumbrado (a ratos), me ha divertido (a ratos), me han gustado las melodías más africanas de su partitura, me ha provocado rendida admiración el enorme empeño del equipo (ese entregadísimo elenco multinacional de intérpretes sudafricanos y latinos que no sólo cantan y bailan sino que realizan un gran trabajo gestual y físico, con máscaras y marionetas bunraku), pero conmoverme, lo que se dice conmoverme, no me ha conmovido. El arranque, tan fastuoso como apabullante, muestra bien a las claras la estrategia de Julie Taymor, demiurga del asunto y, por lo que se ve, amiga de poner todos los huevos en la misma cesta. Se alza un sol como un melocotón gigante y ante los reyes Mufasa y Sarabi (que no pueden evitar tener nombres de mutua médica) desfila una gran parada de animales que vienen a rendir pleitesía al león recién nacido. Imposible contabilizar, delimitar, absorber ese ejército de gacelas, jirafas, cebras y garzas de caña y madera, de tela y papel, que desbordan el escenario del Lope de Vega, y cuando has comenzado a hacerlo, un elefante de tamaño natural hace su entrada por el patio de butacas para pasmo y arrebato general, pero casi no da tiempo de mirar porque ya todos en escena bailan como en trance, y el coro canta The Cycle of Life, y no sabes si tu diafragma vibra por la emoción o por el retumbe del altísimo volumen. Predominan tres sensaciones y tampoco sabes por cuál decidirte: a) ensueño lisérgico estilo Los tres caballeros; b) sesión de papiroflexia gigante de un universo paralelo, o c) galería con sobredosis de cuadros del aduanero Rousseau. Pongo mi memoria a cámara lenta para tratar de hacer balance. En primer lugar, lo que salta a la vista: decir que máscaras, marionetas, vestuario, iluminación, maquillaje y escenografía son superlativos es quedarse corto, y no cito a todos sus responsables porque esto parecería el listín de Tokio. La banda suena con fuerza y nitidez, pero, de nuevo, ¿podrían bajar un poco ese volumen? Muy eficaces y con chispa las versiones castellanas de libreto y cantables, que firma Jordi Galcerán. (No hace falta señalar que el libreto de Roger Allers e Irene Mecchi es muy flaquito, como los de casi todos los musicales de hoy destinados al consumo familiar: tramas sintéticas, personajes esquemáticos).

Imponente, con carisma y majestad, el Mufasa de David Comrie, y vivaces el joven Simba (David García) y la joven Nala (Aroa Casi Castro)

Han sido tantos los prodigios que durante la segunda parte tienes la sensación de que ya lo has visto todo: derroche se llama esa figura

Imponente, con carisma y majestad, el Mufasa de David Comrie, y vivaces el joven Simba (David García) y la joven Nala (Aroa Casi Castro). Estupendo (línea reinaza viperina) el Scar de Sergi Albert, que ya brillaba como Sir Galahad en Spamalot; y saladísimo el terceto de cómicos: el cálao Zazu (Esteban Oliver, muy a lo Gene Wilder), el jabalí petómano Pumbaa (Albert Gracia) y la mangosta Timón (David Ávila, que parece poseído por el espíritu de Pepe da Rosa). El mandril Rakifi corre a cargo de Brenda Brinzo Mholongo, que tiene una gran potencia vocal, pero acerca peligrosamente el personaje al perfil de una hechicera con sobredosis de peyote. Las canciones de Elton John y Tim Rice no me parecen la monda. Me quedo con el mambo Be Prepared de Scar y con la resultona I Just Can't Wait To Be King del principito Simba, aunque me suenan a descartes de El libro de la selva (la muy popular Hakuna Matata, que cierra la primera parte, parece otro descarte, pero cruzado con el lejano Don't worry, be happy de Bobby McFerrin). En mi oreja ganan por goleada las composiciones corales (¡y menudos coros!) de Lebo M (Grasslands Chant) o el lamento de Rakifi, bañadas por el mismo río donde bebió el Graceland de Paul Simon. Entre los highlights de la primera parte rescato también la escena de padre e hijo en la sabana (que contiene toda la emoción que le falta al exangüe momento de la muerte) y la visita al cementerio de elefantes, con un esqueletazo que ni el de Alien. La estampida de ñus no acaba de provocar el zurriagazo necesario, aunque reconozco que no es el material más fácil de evocar en un escenario.

El Rey León tiene un problema gordo y ese problema sobreviene tras el intermedio. Han sido tantos los prodigios (casi se me olvidaban, por cierto, los preciosos juegos de sombras, a la manera del teatro balinés) que durante la segunda parte tienes la sensación de que ya lo has visto todo: derroche (o desequilibrio) se llama esa figura. Única y poderosa excepción: la impresionante máscara del padre flotando en el cielo nocturno al conjuro de Rakifi. Por otro lado, en el feudo musical mandan las baladas al sirope: juraría que tanto Endless Night como Can You Feel the Love Tonight ya las había oído antes unas doscientas veces en los musicales de la sociedad Webber & Schönberg, no sé si me explico. Hay otro problema dentro del problema, y por partida doble: Carlos Rivera y Daniela Pobega (Simba y Nala adultos), para cuyo casting parecen haber antepuesto las dotes vocales (que son muchas) a la llamémosle flexibilidad actoral. Lo diré de otra forma: no brotan precisamente chispas entre los dos (llámenle feeling, llámenle química, llámenle como quieran) porque Carlos Rivera parece la respuesta mexicana a Victor Mature, y porque alguien no le ha dicho a la brasileña Daniela Pobega que el castellano fonético enfría cualquier papel en ese idioma, por muy felinos que sean sus movimientos, que lo son y desde aquí se celebran. Así las cosas, la parte del león de la segunda parte (como diría Groucho) se la llevan tan guapamente los cómicos (Gracia & Ávila), cosa que también se celebra pero que requeriría un ajuste fino: algo pasa, pongamos por caso, en Mucho ruido para nada cuando apenas recordamos a Beatrice y Benedict y volvemos a casa celebrando las gracias de Dogberry y sus fools por muy bien que lo hayan hecho.

No se pierdan: a Concha Velasco en Concha / Yo lo que quiero es bailar (José María Pou, Goya); a Pere Arquillué en ¿Quién teme a Virginia Woolf? (Daniel Veronese, Romea); a Eva Rufo en El perro del hortelano (Eduardo Vasco, Pavón). Vayan reservando, que se lo cuento en breve.

El Rey León. Teatro Lope de Vega. Madrid. Hasta el 31 de marzo. www.elreyleon.es.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de noviembre de 2011