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Crítica:LIBROS | NARRATIVA

Última isla

Narrativa. Aunque estoy convencida de que los textos tienen vida propia y resonancia en quienes se acercan a ellos con la misma densidad con que nacieron y la que les brinda quien los recibe, y de que por tanto la vida de quienes los crearon no es necesariamente tan interesante como para indagar en ella, a la de Lafcadio Hearn (Leucadia, Grecia, 1850-Yaizu, Japón, 1904) sí que vale la pena echarle por lo menos una ojeada al abordar su obra.

¿Quién era este hombre que vivió en la segunda mitad del siglo XIX y apenas cuatro años del XX, que sólo se dejó retratar de medio lado para disimular un defecto en un ojo, que se convirtió con sus cuentos de fantasmas japoneses en un referente para Borges y cuya obra Última isla acaba de ser traducida al habla hispana, aunque no es la primera ni la única?

Última isla

Lafcadio Hearn

Traducción Bernardo Romero Carrillo

Errata naturae. Madrid, 2011

157 páginas. 16,50 euros

Leyéndolo se revela un observador cuidadoso, meticuloso hasta la extenuación, con un espíritu sensible que le permitía captar y escribir los más leves y delicados cambios de la geografía y la naturaleza; y también el periodista entrenado para recabar los datos que le dan contexto y realidad a una historia que cobra hoy fuerza y actualidad en la medida en que el cambio climático nos prueba cada día con fenómenos agudizados.

"Se nos viene la altura", le dijo la noche del 10 de agosto de 1856 a su marido Carmen una española a quien la vida llevó hasta el Golfo de México cuando un huracán tocó tierra en las costas de Luisiana tragándose a la Última isla, una historia que Hearn conoció veintiún años después y que le obsesionó hasta publicarla en en el año 1886. En esa ocasión la marea quedó "grávida de muertos", así lo describe Hearn al igual que casi siglo y medio después en 2005 y también en agosto un ciclón al que le dieron el nombre de Katrina anegó y destruyó Nueva Orleans.

En Última isla, Lafcadio Hearn se revela no sólo como un hombre capaz de vibrar y captar las intermitencias del planeta sino también como un narrador de historias, las mismas que recrea después en sus cuentos de fantasmas a los que por cierto hay que darles una leída.

La que escribe en Última isla, una niña rescatada de las aguas, está tan finamente narrada que en algún momento el lector querría darle el final de los cuentos de hadas. Hearn le apuesta a la realidad que es tan inexorable como la muerte, aunque las historias felices también existen.

Lafcadio, nombre que alude a su origen de madre griega, y Hearn, apellido irlandés, nació y huyó de Europa y de una vida religiosa a la que querían condenarlo, se pulió en Estados Unidos como periodista y murió en Japón, donde se hizo ciudadano de ese país con el nombre de Yakumo Koizumi. Su trabajo literario posibilitó el acercamiento de Occidente a una cultura milenaria y aún muy desconocida a principios del siglo pasado. Hoy sigue siendo vigente. Habría que leerlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de noviembre de 2011

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