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Crítica:Extravíos

Pina

"¿Por qué no hablar un poco de la Danza" -se interrogaba Paul Valéry, en su ensayo Degas Danza Dibujo-, "a propósito del pintor de las Bailarinas?". Aunque sea exagerado tildar de "pintor de bailarinas" a Edgar Degas, como lo sería llamarlo "pintor de planchadoras" o "de prostitutas", por citar sólo otras manifestaciones de su interés por abordar y representar el cuerpo femenino en acción, me parece evidente que Valéry al hacerlo estaba dando una pirueta metafórica para centrarse o caer sobre la mano danzarina del genial artista francés. En cualquier caso, algo, en efecto, dice Valéry sobre la danza y, en especial, que ésta "genera toda una plástica: el placer de danzar desata a su alrededor el placer de ver danzar".

¿Quién no ha sentido alguna vez el placer de danzar y el de ver danzar? Es un placer, por de pronto, embrujador, lo que explica su exagerada estilización clásica y su no menos exagerada descomposición contemporánea. En este sentido, la gran inteligencia del cineasta alemán Wim Wenders, autor de un embriagador documental sobre Pina Bausch, titulado Pina (2010), dedicado a la obra de la formidable bailarina y coreógrafa alemana, que creó y dirigió el Tanzteather de Wuppertal desde 1973 hasta su todavía reciente muerte, no ha sido sólo habernos proporcionado una síntesis de algunas de sus creaciones más hermosas, ni tampoco el introducirnos en la urdimbre humana y estética que las hizo posible, sino el haber recreado su íntimo aliento artístico, ese susurro que se transforma en una desbordante erupción inextinguible. Todas las imágenes, todas las anécdotas, todos los testimonios que selecciona Wenders en su largometraje nos remiten a la fatal conexión del soplo con el huracán, ese par de momentos del desatarse el placer; en suma: a la esencia del vuelo, ese gesto inmotivado nacido de un impulso instantáneo, que, sin embargo, se hace inolvidable. Estamos, pues, ante un documental, pero, por encima de todo, ante ese documento único que es una obra de arte comentando otra obra de arte.

De esta manera, parodiando a Valéry, podríamos nosotros ahora decir que nos encontramos ante una feliz coyunda entre el cine y la danza, y, por consiguiente, que algo podríamos apuntar sobre estas dos artes, pero, de hacerlo, también estaríamos dando un giro o pirueta metafóricos, en este caso, para caer en la cuenta de que el poder de fascinación de ambas consiste en hacernos olvidar sus determinaciones específicas. Pina Bausch fue pintora antes que bailarina y coreógrafa. Es algo que se nota por el brío y la ligereza de sus gestos y la brillantez de sus imágenes. Pero el embrujo indudable de sus coreografías y performances es la destilación de una asombrosa capacidad de archivar visualmente todo lo memorable que hubo en la creación artística y literaria de la época en la que le tocó vivir y precisamente como instrumento para recrear la vida, para reciclar sus formas, para activar su sentido. ¿Es importante la danza? Sí, desde luego, principalmente por lo que se transmite mediante ese medio tan inmediato, cautivador. Al final, ante tanta sobreactuación vacua, tiene que venir un artista y dar, como si nada, el coup de grâce, ese "tiro de gracia" iluminador: Pina Bausch, bien vista y mejor entrevista por Wenders; o sea: un placer por partida doble.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de octubre de 2011