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Reportaje:

Un fotógrafo que peinó la piel de toro

Sanz Lobato recibe el Nacional por su documentalismo antropológico - Pertenece a una generación olvidada que desarrolló su trabajo en los sesenta

Para Rafael Sanz Lobato fue tan importante su cámara como su coche seiscientos. Gracias a ambos, cada fin de semana podía escapar de Madrid para documentar los rostros y los ritos de los pueblos de un país entonces virgen para una nueva fotografía. Sanz Lobato (Sevilla, 1932) recibía ayer el Premio Nacional de Fotografía por una obra que, según el jurado, "constituye un puente entre la nueva vanguardia neorrealista de la posguerra y los métodos de observación fotográfica posteriores al 68".

El proyecto de Sanz Lobato quedó silenciado por las luchas de poder que desde el franquismo se impusieron en la Real Sociedad Fotográfica, en la que ingresó en 1961, con 29 años. "Ya no era tan joven. Tenía una cámara y una ampliadora, pero no me había atrevido a enfrentarme al documentalismo". El fotógrafo lamenta cómo toda una generación quedó marginada: "Nos consideraban unos desarrapados sin obras. Fuimos víctimas de una gran cacicada, durante y después del franquismo".

"Fuimos víctimas de una gran cacicada, durante y después del franquismo"

En aquellos años todo estaba por descubrir y por hacer. "Lo que mandaba era el concursismo y los salones de fotografía. Un estilo amanerado, salvo en Cataluña. Pero en Madrid estábamos dejados de la mano de Dios. Nadie sabía lo que era un proyecto fotográfico. Era una fotografía inválida". Por eso, desde el grupo La colmena, Sanz Lobato fue pionero de un documentalismo fotográfico que encontraría en Cristina García Rodero su mejor heredera ("Ella llegó 10 o 15 años después para ganarnos a todos").

Pero la importancia memorialista del proyecto de Sanz Lobato no ha dejado de crecer. Su cámara recogió la transformación de las culturas rurales y populares. Un mundo hoy desaparecido que solo podrán estudiar y conocer las próximas generaciones gracias al empeño de hombres como él. "No me gustaba Madrid, así que me compré a plazos el seisncientos y empecé a pisar la piel de toro. Iba a todas partes: Galicia, Extremadura... La gente de campo era maravillosa. Al principio salíamos en grupo. Pero cuando nos dimos cuenta de que todos sacábamos el mismo niño con mocos empecé a viajar solo". Durante esos años, Sanz Lobato trabajó en una empresa de maquinaria pesada o al frente del plan expansión de otra compañía. "He hecho de todo. Pero cuando llegaba el sábado me iba, al campo, con la cámara, y así hasta volver el domingo, de madrugada, justo para entrar otra vez la oficina".

* Este articulo apareció en la edición impresa del Jueves, 27 de octubre de 2011