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Reportaje:

Postales desde el abismo

Los escritos sobre Nueva York de Maeve Brennan rescatan a una de sus cronistas más trágicas y agudas

Aunque las teorías son infinitas, Maeve Brennan figura en la lista de mujeres que podrían haber inspirado a la Holly Golightly de Desayuno con diamantes. Las coincidencias entre la escritora -una irlandesa que en 1934 aterrizaba en Nueva York con 17 años para convertirse en una de sus más singulares cronistas- y la joven desarraigada, melancólica, individualista y ligeramente ciclotímica que retrató Capote son más que suficientes para sembrar la duda.

Lo cierto es que el escritor jamás reveló la identidad de Golightly, en gran medida porque -él mismo lo dijo- no era una mujer sino miles. "Ella", explicó el autor de A sangre fría, "era un símbolo de todas esas chicas que llegan a Nueva York para revolotear al sol como moscas de mayo para luego desaparecer". Y Maeve Brennan (cuyas crónicas neoyorquinas se reúnen ahora en español a cargo de Ediciones Alfabia) brilló especialmente al sol de la Gran Manzana para luego desaparecer de una manera dramática entre las mismas calles que la vieron florecer. Loca y sin techo, con la tristeza que se intuyen en sus escritos, la mujer que había vivido la época dorada de The New Yorker como redactora y crítica literaria, se metió un día en el lavabo de señoras de la revista y decidió que aquella era su casa, enterrando entre los relámpagos de sus brotes psicóticos el talento que le había permitido retratar la ciudad de una manera tan sutil como popular, fijándose de igual manera en las mujeres que viven solas en hoteles baratos como en los escaparates de zapatos. "Últimamente he dado paseos ovalados", escribe Brennan en una de las 47 postales del libro, "...he estado buscando algo nuevo que decir de la Sexta Avenida, pero he fracasado en mi búsqueda".

Isabel Núñez, traductora y prologuista del volumen de Alfabia, recuerda cómo cuando descubrió las crónicas de Brennan en la popular librería Strand descubrió una mirada "chejoviana" sobre la ciudad. "Era una escritora seria, rigurosa y perfeccionista. Pero me llamó la atención cómo mezclaba su conciencia ética con su toque frívolo. Me impresionó el personaje: tan guapa, tan lista y, también, tan triste. En sus crónicas ya se intuye algo de esa tristeza, pero ahora que estoy traduciendo sus cuentos [también los editará Alfabia] esa tristeza no para de crecer".

Según Núñez, Brennan (una escritora obsesiva y puntillosa) no se zafó nunca de la sombra de una infancia difícil, marcada por una estricta educación con monjas y la implacable persecución a su padre, un nacionalista irlandés.Cuando Brenna murió, en 1993, ya llevaba dos décadas sin techo y sin escribir, "algo que consolidó su olvido", apunta Núñez.

Su fracaso matrimonial con un compañero de la revista (un británico bebedor y maniaco depresivo) la puso en el disparadero de la locura. Sus amigos la adoraban pero la desastrosa gestión de su vida les hizo imposible ayudarla: malgastaba su dinero en absurdas obras en su casa, vivía en el campo sin saber conducir o iba a la compra en taxi. Dilapidó las joyas de la biblioteca familiar hasta que no le quedó nada. The New Yorker salió al rescate de una de sus mimadas escritoras, pero entonces llegó el episodio del lavabo y el principio del fin de una mujer que pensó que su único lugar seguro en la tierra era un retrete con tocador de señoras.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Jueves, 20 de octubre de 2011