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Crítica:

Carta de amor culpable

A mediados de los años cincuenta, Jacques Tati, que acababa de crear a su inmortal Monsieur Hulot, escribió un guion cinematográfico recorrido por ese aliento testamentario que suele asociarse a los últimos pasos de una carrera. El texto llevaba el título de El ilusionista y, en buena medida, funcionaba como el Candilejas (1952) particular de Tati, antes de que este alcanzara la máxima depuración de su poética cinematográfica con las estilizadas y progresivamente abstractas Mi tío (1958) y Playtime (1967). No obstante, el creador ya había tenido tiempo para sentirse un fin de raza, un anacronismo dentro de esos circuitos del music-hall que empezaban a exigir otras modalidades de espectáculo con, por así decirlo, menos sentido de la historia. Se dijo tradicionalmente que El ilusionista era una afectuosa carta personal del cómico a su hija Sophie Tatischeff: una expiación por la culpa acumulada a lo largo de una vida de artista itinerante que desatendió sus obligaciones paternales.

EL ILUSIONISTA

Dirección: Sylvain Chomet.

Género: drama en dibujos animados. Francia, 2010.

Duración: 80 minutos.

Años más tarde, Sophie Tatischeff confiaría el guion al animador e historietista Sylvain Chomet, autor de la gratificante, algo arbitraria y todavía imperfecta Bienvenidos a Belleville (2003). Cuando el resultado salió a la luz, emergió la polémica y, con ella, otra lectura de la película que no hacía sino engrandecerla, sumarle complejidad: los descendientes de Helga Marie-Jeanne Schiel, una hija de Tati que el cómico nunca reconoció y que dejó abandonada en medio de las turbulencias de la II Guerra Mundial, alzaron la voz para afirmar que la verdadera destinataria de esa carta de afecto en forma de guion era, precisamente, esa cabo suelto en la biografía del maestro. Por tanto, la culpa se confirmaba como impulso rector del proyecto, pero la calidad de esa culpa había cambiado de manera radical.

Atendiendo a esa definición poética del cine popularizada por Cocteau -"el cine es al arte de coger a los muertos y ponerlos a andar"-, Chomet usa su refinadísima animación para resucitar a Jacques Tati: ahí están no solo su físico inconfundible, sino todo su lenguaje corporal. Tati encarna a un mago en horas bajas que, al llegar a un pueblo escocés en una de sus giras, se encuentra con la que parece ser la última creyente posible en su arte: una chica solitaria que le seguirá a todas partes, convencida de que su magia es real. El artista acabará desarrollando una ambigua relación paterno-filial con su admiradora.

Antes de llegar a uno de los desenlaces más amargos, desoladores y, al mismo tiempo, maduros que nos ha proporcionado el cine (animado o no) de la temporada, esta obra maestra, que ha llevado a algunos críticos a invocar los pertinentes nombres de John Ford y Hayao Miyazaki, se apropia del trazo fracturado con el que Ken Anderson transformó la estética disneyana en 101 dálmatas (1961): un registro ideal para retratar Edimburgo como punto de encuentro entre el deslumbramiento adolescente y la rendición otoñal, espacio del pulso entre la ilusión y una realidad inevitablemente prosaica.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de octubre de 2011