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miércoles, 28 de septiembre de 2011
Editorial:

Llora la Pachamama

Evo Morales reprime a los indígenas y luego paraliza un proyecto de carretera en la Amazonia

dos tercios de los habitantes de Bolivia -unos 12 millones- son indígenas o asumen esa herencia étnica e histórica. Sobre esa base popular Evo Morales llegó a la presidencia en 2006, con un programa de respeto a la madre tierra -la Pachamama- y contra "el capitalismo depredador", que era como decir contra Occidente. Pero ocurre que en Bolivia hay indígenas e indígenas. Una mayoría de esos dos tercios son nativos del Altiplano, de cultura quechua y aymara -etnia esta última a la que pertenece el presidente- y el resto, los llamados amazónicos, o de tierras bajas, se dividen en numerosos grupos de lengua y usos que los alejan de las etnias dominantes. Y el pasado domingo estallaba una cuasi insurrección de los segundos por razones relativas a los primeros.

El pasado 15 de agosto, 1.500 indígenas iniciaron una marcha hacia La Paz, en protesta por el proyecto de construcción de una carretera que cruzara el territorio yuracaré -tierras bajas- que, por añadidura, es un parque nacional. Y quienes pedían que se abriera esa vía eran, precisamente, indígenas del Chapare, zona cocalera y alma mater electoral de Morales.

La marcha ha sido hostigada por fuerzas afines al presidente y reprimida por la policía, que causó la muerte de un bebé y, en el plano político, la dimisión de la ministra de Defensa, María Cecilia Chacón, que criticaba la violencia oficial. Morales se ha apresurado a paralizar el proyecto hasta que una comisión haga un informe sobre el caso, que es la forma habitual en que los Estados -depredadores o devotos de la Pachamama- entierran los asuntos molestos, aunque el presidente ha llegado a hablar de la convocatoria de un referéndum sobre el caso.

Aparte del hecho, poco lucido, de que se favorezca a unos indígenas y se perjudique a otros, la cuestión de fondo es que los presidentes tienen que presidir y eso nunca se hace a gusto de todos y, por añadidura, en un mundo capitalista donde las lágrimas de la Pachamama tienen poca tracción, es Brasil quien financia la obra para acelerar la integración económica entre zonas limítrofes de ambos países. Hay que esperar, sin embargo, que la sangre no llegue al río porque Morales necesita a todos los indígenas, suyos o del prójimo, para seguir redondeando los fantásticos números electorales con los que lleva adelante su proyecto de revolución indigenista, con carretera o sin ella.

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