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Entrevista:

Amaral, ruta salvaje

Cruzaron el océano para mezclar su nuevo disco, 'Hacia lo salvaje', en busca de un sonido más "rockero" y "desesperado". Compartimos cuatro días en Nueva York con uno de los pocos grupos españoles que aglutinan a las masas y son respetados por la crítica. Así son Eva y Juan cuando se quitan la máscara.

La situación es la siguiente: Eva Amaral se ha retirado sin hacer ruido a la parte trasera del camerino, que en realidad se parece mucho al vestuario de cualquier polideportivo. En un banco corrido con forma de u se encuentran sentados Toni Toledo, exbatería de Sexy Sadie; Jaime García Soriano, excantante y guitarrista de la misma banda; un bajista británico llamado Chris Taylor y Juan Aguirre, el tipo del gorro, la otra mitad de Amaral. Charlan con un punto impulsivo y hay restos de una cena tipo bufé. La luz recuerda a la de un laboratorio, y el calor hace asomar perlas de sudor en la frente. Sin que nadie pueda determinar el momento en que comenzó a oírse, una voz ha empezado a brotar desde las duchas y los lavabos. El timbre va paseando por diferentes notas desde lo más hondo hasta lo más estridente, extendiéndose como un abanico y reverberando por la estancia. Aguirre murmulla: "Es Eva calentando".

"Estamos rodeados por mucha gente a la que la música 'se la pela'; lo único que les importa es hacer negocio"

"Creo que el sueño de cualquiera es romper con lo establecido y vivir en absoluta libertad"

Uno podría establecer el inicio de su metamorfosis probablemente en este instante, pero quizá ocurriera unos minutos atrás, mientras se cepillaba los dientes frente al espejo, o cuando surgió también sin hacer ruido envuelta en un vestido de lentejuelas verde esmeralda con el pelo suelto. Eva Amaral tiene 39 años y resulta tímida y huidiza cara a cara. Suele esconder las manos entre las piernas, y habla bajito y hacia adentro. No se siente cómoda en el primer plano. Una amiga suya había avisado: "Se transforma en el escenario. Se vuelve una fiera". Como si viviera atrapada entre ella misma y un álter ego que solo surgiera cuando se encienden los focos. Cuatro horas antes, en el ascensor del hotel, su voz parecía un hilo, pero empezaba a acusar, según dijo, los primeros síntomas de la extraña mutación: "Bipolaridad, comportamientos extraños...".

Ahora Eva se ha sentado junto a Aguirre y expulsa aire por una de sus fosas nasales mientras cierra la otra con el pulgar, quizá un rito más para desalojar a su otro yo. Sus ejercicios producen un efecto inmediato en el resto de la banda. "Yo también voy a calentar", y Aguirre se levanta como si el banco quemara, apoya las palmas de sus manos contra la pared, forzando un ángulo obtuso. Aparece el mánager del grupo, desea suerte, besa a la artista, cierra la puerta. La puerta vuelve a abrirse. Presu, el road manager: "15 minutos, más lo que dure el vídeo". Coloca una maleta en el suelo. Extrae los auriculares. Ayuda a Eva a colocarse el receptor inalámbrico en el cuello del vestido y lo enciende. Toda la banda se encuentra de pie. Juan bromea sobre su piel: alguien ha propuesto salir a tocar desnudos; él, dice, necesitaría pintarse el cuerpo para que el público pudiera verle. Siguen estirando como por acto reflejo, dan saltitos, hasta que alguien sale del bucle: "Qué calor. Vámonos de aquí". Al otro lado de la puerta, un cartel dice: "Amaral". La banda se adentra en un pasillo oscuro. Desde otro vestuario, una voz grita: "¡Suerte!". Eva va en cabeza. En su espalda brilla una luz roja. Hay 14.000 personas esperando al otro lado.

Un mes antes, a principios de julio, Eva y Juan se encontraban sentados a la mesa de un restaurante neoyorquino. Acababan de salir de los Electric Lady Studios, construidos por Jimi Hendrix en un sótano del Greenwich Village. Michael Breuer se había quedado aplicando las últimas pinceladas al tema Riazor. Los músicos le habían dado instrucciones tipo: "Es importante que en esta canción la rick [Rickenbacker, una marca de guitarra] se oiga superdura. Y que las 12 cuerdas suenen a dolor". Cuando se pasaron a escuchar el resultado, Breuer estaba frente a una mesa de mezclas de tres metros, en calcetines. Oyeron la canción dos veces y Amaral dijo: "Sounds amazing [suena increíble]", pero planteó un problema con la "distorsión de las ricks"; Aguirre mencionó el "guitar density", y Juan de Dios Martín, su productor, añadió algo sobre "un pitido antes del chorus B". Breuer, que es de elevada estatura y ha mezclado discos con Dylan y Coldplay, dijo: "¡Estáis apuñalando mi lienzo!". Medio en broma, pero aun así. Para la siguiente canción no pidió indicaciones.

El estudio conservaba un aire setentero, con decoración amerindia y luz psicodélica. En un folio colgado se podían leer las 12 reglas del productor Brian Eno para cocinar un buen disco; entre ellas: "Guisarás como un italiano". Quedaban dos canciones por mezclar. Hombre de pocas palabras, Breuer dijo: "Acabaremos mañana, podéis celebrarlo". En la calle comenzó a llover. Y el trío formado por Juan, Juande y Eva se guareció en una pequeña tienda de discos. Aguirre encontró el último elepé de Bon Iver en vinilo, y Eva se llevó un CD de Bob Dylan que luego regaló. Enfrente había un pequeño restaurante de aspecto parisino, en el que servían gazpacho soup. Nadie se fio, salvo Aguirre. Cuando lo tuvo delante, adoptó un gesto gamberro: "¿Así que ahora queréis probarlo?".

Juan Aguirre, de 42 años, suele caminar por el lado en sombra de la calle, igual que se cubre con un gorro el cuero cabelludo, según dice, para proteger su piel evanescente de los rayos ultravioleta. En Nueva York, donde esos días celebraban el Día de la Independencia, un herpes comenzó a asomarle en la comisura de los labios. En España acababan de detener a la cúpula de la SGAE, y Aguirre aprovechaba cualquier momento para hablar del asunto, por ejemplo: "Estamos rodeados por mucha gente a la que la música se la pela. Lo único que les importa es hacer negocio". También empleó los 15 días en la ciudad para comprarse dos guitarras antiguas y un pedal compresor. "Juan no es un guitarrista al uso", suele decir Eva. Es obsesivo y perfeccionista, "como un ciborg". Cuando componen, normalmente llega el primero al local de ensayo, en bicicleta, y se va el último, de madrugada, siempre en busca de esa frase con la que apuntalar el mapa de guitarras. Según Eva, "sabe aprovechar los huecos que deja mi voz". Anda siempre como metido dentro de su cabeza y desciende a la tierra preguntando: "¿Eso quién?" o "¿qué onda?". Cuando se dirige a Eva, lo hace llamándola "Evur". Se entienden con cruzar una mirada. Antes de conocerse, él estudiaba filosofía y tocaba en una banda llamada Días de Vino y Rosas. Grabó un disco y su canción Biarritz fue premiada como la mejor de 1991 en el espacio Diario pop, de Radio 3. La banda tocó junto a Los Planetas y Los Hermanos Dalton. Luego se separó.

Cuando hablan, Eva y Juan parecen siameses: los huecos de uno los completa el otro y casi siempre concluyen su argumento con entonación abierta, por si hubiera algo que añadir. Igual que cuando tocan. Por ejemplo, el día en que se encontraron:

Juan. Sí, en un bar de Zaragoza.

Eva. Era la trastienda del bar en realidad, ¿no? Había un estudio de grabación chiquitillo. El guitarrista de mi grupo era el técnico. Mi grupo estaba grabando maquetas e invitó a Juan a grabar unas guitarras.

Juan. Para una canción o dos... Conocí allí a Eva. Y nada, nos hicimos colegas. Luego nos veíamos por ahí, salíamos por la misma zona de bares [...], pero no sabíamos que íbamos a hacer un grupo juntos.

Eva. En aquel momento no, pero yo sí quería hacer música sin conocerte. Yo ya tenía mi grupo.

Juan. Claro, claro, yo también.

Eva. Pues eso.

Cuando se conocieron, en 1992, Eva tocaba la batería en un grupo punk y cantaba en otro. Solían encontrarse a la puerta de la Escuela de Artes y Oficios, donde estudiaba ella. Fueron pareja ocho años. Hoy se incomodan si un fotógrafo les pide que se besen. Rompieron durante la grabación del segundo disco. En el restaurante comentaron si aquello hizo tambalear el grupo:

Juan. Yo creo que no, ¿no?

Eva. Hombre, fue un momento difícil, pero de nuestra relación. En ese momento ni nos planteábamos el tema del grupo. Sino el de: vamos a ver, hemos estado ocho años juntos y... nos queremos un huevo, pero...

En las letras de Amaral se puede rastrear su biografía, aunque les cuesta reconocerlo, sobre todo si se refieren a las capas más soterradas. Juan dice que sería como psicoanalizarse. Componen ambos y no se adjudican la autoría absoluta de ninguno de sus temas. El elepé que editan a finales de septiembre, el sexto de su carrera, lo han titulado de manera gráfica: Hacia lo salvaje. "Un disco no tan pop, más rock, desesperado", dice Juan. En el estudio, frente a la mesa de mezclas, pedían una y otra vez: "¿Puedes subir las guitarras un poco más?". Breuer torcía el gesto: "Es vuestro disco". La letra de la canción que da título al álbum comenzó a esculpirse en la cabeza de Eva a partir de un recuerdo de infancia: "Me inspiró la historia de un señor que vivía en una gruta, el ermitaño. Me fascinaba el personaje. Creo que el sueño de cualquiera es un poco eso: romper con lo establecido y vivir en absoluta libertad...".

El dj y crítico musical Jesús Ordovás intuye algo más en ese camino asilvestrado y en la letra de la canción. "La veo muy autobiográfica, de cómo dejan Zaragoza y se plantan en Madrid". Después de conocerse, Juan y Eva comenzaron a tocar juntos. No eran una formación cerrada y seguían coqueteando con distintos grupos, pero intuían que a solas "se creaba algo especial". Agotaron el circuito de bares de Zaragoza, y Ordovás los invitó a grabar un directo en los estudios de Radio 3, en Madrid. Aquel programa, quizá sea una casualidad, se llamaba Sesiones salvajes. Eva apareció con una biografía de Dylan bajo el brazo, para que Ordovás, su autor, se la dedicara. Tocaron cinco canciones, entre ellas No sé qué hacer con mi vida, que incluyeron en su primer álbum, y una versión de Patti Smith. Siguieron visitando Madrid "en plan nómada": dormían en casa de amigos, tocaban en algún garito y volvían a Zaragoza. Después decidieron establecerse en el barrio de Huertas y de noche recorrían las salas pequeñas. Hablan con nostalgia de aquella época. "Veíamos el rock o el pop como una válvula de escape de una realidad que no nos gustaba demasiado".

Jesús Ordovás asistió a varios de aquellos conciertos a los que iban "10 o 12 personas" y compara la trayectoria de Amaral con la de Dylan, quien se pulió las suelas caminando de local en local por el Greenwich Village, hasta que lo fichó la CBS y lo transformó en una estrella. Una noche de 1998, después de tocar en La Boca del Lobo, se les acercó un tipo de Virgin Records, una discográfica mediana que después absorbió EMI, y les ofreció grabar un disco. "Empezamos siendo un grupo muy pequeñito", dice Juan. "El primer disco funcionó un poquito; el segundo, un poco más. El tercero explotó". Hoy, Eva y Juan no pueden dar un paso sin que un corro de gente los frene y les reclame una foto. Han vendido dos millones de discos en una época en que la industria se tambalea, han ganado dos veces el galardón al mejor grupo español de los MTV European Awards y, a finales de 2010, el Ministerio de Cultura les concedió el Premio Nacional de las Músicas Actuales. Juan dice, sin embargo, que siempre han intentado evitar convertirse en un grupo "aburguesado": "El mismo espíritu de cuando llegamos a Madrid a tocar en los bares sigue. Hemos aprendido muchas cosas, nos hemos abierto a influencias y hemos perdido la ingenuidad, aunque seguimos metiendo la pata en ruedas de prensa".

En junio, poco antes de salir de viaje a Nueva York, Amaral congregó a la prensa para anunciar que su próximo disco lo editarían con su propio sello, al que bautizaron Antártida, como otra de las canciones del nuevo elepé. Ante el micro, Juan dijo un "no me toques los huevos" que parecía dirigido como un obús al entonces ministro Rubalcaba por haber empleado el título de uno de sus temas más famosos, Sin ti no soy nada, en una respuesta a un diputado del PP. Reconoce que fue un error -"me pongo nervioso en las ruedas de prensa"- y que apenas había dormido. En privado, días después, llegó a admitir que sentía cierto aprecio por el político. Pero aquel exabrupto acabó robando los titulares al mensaje: Amaral abandonaba la discográfica EMI Music, una de las cuatro grandes, editora de The Beatles y Pink Floyd, y publicaría el próximo disco por su cuenta y con aire "familiar". Eva dijo: "A veces, las grandes compañías son reacias a explorar nuevos caminos". Juan prefirió criticar un modelo de fusiones y capital riesgo: "No cuestionamos a las personas, sino las corporaciones". EMI acababa de ser adquirida por el gigante financiero Citigroup, incapaz de saldar una deuda de 4.000 millones y de adaptarse a una era de vacas flacas y archivos digitales. "Hay mucho por explorar en este terreno", dice Eva. "Y realmente vamos a seguir haciendo solos lo que ya hacíamos, que era gestionar todos los aspectos...". Se detiene un instante y añade: "¿Y por qué no lo voy a hacer yo?", como un zarpazo.

La luz roja sigue brillando en su espalda. Si uno le abriera a Eva la cremallera del vestido de lentejuelas, podría ver un enorme dragón tatuado en su espalda. Una persona que la conoce desde sus primeros pasos musicales define a Eva como una "mujer leona", pero, una vez más, "solo en el escenario". En casa convive con varios gatos, animal doméstico y a la vez salvaje con el que comparte cierta bipolaridad. Su correo electrónico no lleva su nombre, sino el de un gran felino capaz de atravesar cráneos con su mordedura. A oscuras, dos minutos antes de salir a tocar en el festival de música Sonorama, en Aranda de Duero (Burgos), una niña de unos siete años quiso colarse en el backstage, pero un gorila frenó en seco su trayectoria. Eva se acercó, apartó al tipo y apretó a la niña contra su vientre. Luego, la banda formó un corro, como un equipo de baloncesto. Juan salió el primero al escenario, mientras sonaban unos acordes de la Velvet Underground, ofreció su guitarra al público y se colocó en su sitio de siempre, un poco en sombra, a la derecha de Eva. Ella tomó el centro con una clave en las manos y marcó el ritmo de una breve introducción, quizá su último rito de transformación. Con el primer solo melódico de Aguirre, ella trazó una parábola eléctrica con su melena, agarró el micro y proyectó su voz: "Porque no importa el porvenir / creímos en el rock & roll / por eso estamos aquí / equivocados o no", y así desplegó su adrenalina durante hora y media.

Por la mañana, Eva contó que había perdido la noción de lo que estaba sucediendo ahí arriba después de su primer golpe de cabeza. Para explicarse, mostró un hematoma del tamaño de un puño en el muslo. No recordaba cómo se lo había hecho. Su voz volvía a fluir con un tono manso y retraído.

Amaral publica su nuevo disco, 'Hacia lo salvaje' (Antártida), el 27 de septiembre.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de septiembre de 2011