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lunes, 12 de septiembre de 2011
COLUMNA

El mando y el liderazgo

Si se cumplen los pronósticos y el PP se impone en las elecciones de noviembre, la situación de hegemonía que habrá alcanzado una fuerza política desvelará, seguramente, problemas inéditos en el sistema político español. Hasta ahora, dos fuerzas mayoritarias se repartían los niveles municipal y autonómico, y optaban cada cuatro años a instalarse en un Gobierno central que, además del contrapeso de la oposición en el Congreso de los Diputados, debía tomar en consideración los intereses de los diferentes Ejecutivos regionales. Aunque a otra escala, el esquema se repetía en las comunidades donde los partidos nacionalistas son mayoritarios.

El sistema político del 78 no estaba inexorablemente abocado a la situación que puede vivirse a partir de noviembre. Si el PP se colocara entonces en una situación de hegemonía, mucho más si su previsible victoria alcanzase la mayoría absoluta, habría sido, sobre todo, por los errores cometidos por el PSOE en el Gobierno. Inspirándose en las argucias de la política de imagen, y no en ningún ideario de izquierda, según proclamaba el eslogan de cuando todo el monte era orégano, el Gobierno del PSOE confundió el interés general del país con la suma de los intereses de los distintos grupos sociales. Por ignorancia o por miope picardía, creyó que arrojando migajas a unos y a otros conseguiría, al final, lo mismo que algunos solitarios en los parques, reunir en torno suyo a las palomas de los alrededores.

Estremecen los discursos contra ricos y banqueros; contra los sindicatos y los inmigrantes

El riesgo que comportaba esta estrategia no radicaba solo en que se agotasen las migajas, como de hecho empezaron a agotarse desde el fatídico verano de 2007 en que estalló la crisis económica; el riesgo, el verdadero riesgo era la fractura política y social que dejaría detrás cuando se agotasen las migajas. Mientras todos los grupos sociales tuvieron esperanzas de recibir algún beneficio de unos pródigos poderes públicos que disfrazaban de socialdemocracia su descarnado populismo, la estrategia funcionó y el PSOE creyó haber encontrado una fórmula mágica para permanecer indefinidamente en el Gobierno. Pero, desvanecidas esas esperanzas, los grupos sociales que no llegaron a recibir nada, o que han debido renunciar a lo que recibieron, se vuelven contra el Gobierno y, lo que es peor, contra los grupos que siguen recibiendo. Los discursos que comienzan a escucharse contra los banqueros y los ricos, por un lado, y contra los sindicatos y los inmigrantes, por el otro, estremecen, no porque evoquen la retórica atroz de épocas pasadas, sino porque demuestran que la magnitud de la crisis está llevando a sustituir la búsqueda de una solución por el hallazgo de un chivo expiatorio.

El PP, según todos los pronósticos, será el beneficiario de la fractura política que ha provocado la crisis, acentuada por la estrategia que adoptó el PSOE desde el Gobierno. El problema es que, desde la hegemonía que previsiblemente obtendrá en noviembre, tendrá que hacer frente a la fractura social. Y hacer frente a la fractura social desde la hegemonía significa que los grupos que se sientan perjudicados por las decisiones del PP no dispondrán de alternativas con las que sentirse representados dentro del sistema político. Con un PP controlando los grandes municipios, casi todas las autonomías y el Gobierno central, y un creciente porcentaje de ciudadanos afectados por la crisis más grave desde 1929, las tensiones sobre el sistema político pueden resultar de inusitada intensidad. Mucho más si, retomando sus formas de gobernar entre 1996 y 2004, el PP opta por ejercer el mando en lugar del liderazgo.

Es difícil imaginar que el PSOE pueda recomponerse antes de noviembre de los estragos que se ha provocado a sí mismo; es difícil imaginar, incluso, que pueda hacerlo después. En cualquier caso, es imprescindible que lo haga y que vuelva a encarnar una alternativa creíble dentro del sistema político del 78. Porque si el Partido Popular convertido en partido hegemónico fracasara, se multiplicarían exponencialmente los riesgos de que ese fracaso se imputase directamente al sistema. Un sistema que, por lo demás, ha salido maltrecho de los años de sectarismo en los que, en lugar de hacer política en las instituciones, los dos partidos mayoritarios han hecho política con las instituciones. La precipitada reforma de la Constitución para incluir en su texto el principio de limitar el endeudamiento público, cuya cuantía se fijará por ley orgánica, no es más que el último ejemplo. En las formas ha sido inaceptable. En cuanto al fondo, ni socialistas ni populares han dado una explicación convincente del porqué de la reforma. Se han puesto de acuerdo en ejercer el mando, no el liderazgo.

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