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Crítica:August Strindberg - Banderas Negras | LIBROS | NARRATIVA

Extremo Strindberg, templado Söderberg

Narrativa. El hondo proceso de modernización que transformó Suecia en el penúltimo cambio de siglo tuvo su reflejo en la literatura, como cabía esperar, aunque a la burguesía no le solía gustar demasiado la imagen que el espejo en cuestión le devolvía y, haciendo justicia a sus acusaciones de hipocresía, recibió con gran escándalo a los escritores que hoy constituyen la columna vertebral de su cultura. Por aquel entonces August Strindberg ya había regresado sano y salvo -o al menos eso decía él- de su "Inferno" particular, y aunque empezaba a gozar en su tierra natal de parte del reconocimiento que merecía, todos esos años de exilio voluntario habían hecho que otros escritores de menor talla artística pero mayores habilidades mundanas se colocaran en el primer plano de la escena literaria. Ese pudo ser el caso de Gustaf af Geijerstam, escritor y periodista que se había erigido en la figura central del movimiento generacional "la joven Suecia" y que en su día llegó a ser comparado con el mismísimo Goethe. El elogio desató la ira de August Strindberg, quien únicamente le reconocía talento para la manipulación y la mentira y que, a pesar de una supuesta vieja amistad -o precisamente por ello-, acabaría retratándole como Lars Petter Zachrisson, el arribista zafio, chupasangre y sin escrúpulos que protagoniza Banderas Negras.

Banderas Negras

August Strindberg

Traducción de Elda García-Posada

Funambulista. Madrid, 2010

370 páginas. 23 euros

Doctor Glas

Hjalmar Söderberg

Traducción de Gabriel Ferrater

Ediciones Alfabia. Barcelona, 2011

203 páginas. 20 euros

Fiel a ese nervio crítico que le tuvo siempre metido en polémicas, August Strindberg escribió la que sería su última novela con la saña de un gato panza arriba. Como quien hace inventario de agravios, página tras página fue denunciando las intrigas y miserias del mundillo literario en una caricatura tan corrosiva que inevitablemente se extendió al conjunto de la sociedad sueca. Su publicación le valió un buen puñado de enemistades influyentes que a partir de entonces no le dieron una vejez fácil; a decir verdad, la novela se le habría quedado en un crudo ajuste de cuentas si no fuera por la expresividad única de esa escritura convulsa o la maestría en los diálogos propia de un dramaturgo de primera. Pero lo interesante de esta novela no es sólo lo que August Strindberg dice, ni siquiera lo bien que lo dice, sino el trasfondo que asoma entre sus digresiones y desvaríos. Porque a medida que uno avanza en la lectura cuesta saber si detrás de sus pataletas de misógino o de sus teorías conspiratorias se esconde el cuadro clínico de un paranoico o la lucidez de un pensador implacable, no sólo con los demás sino también -y sobre todo- consigo mismo.

Si el temperamento extremista de Strindberg desempeñó un papel crucial en la renovación moral de una cultura que repudia el exceso, resulta llamativo hasta qué punto se complementa con la templanza de Hjalmar Söderberg, quien a pesar de ser su antagonista casi perfecto le tomaría el relevo a la hora de fustigar las conciencias biempensantes y excesivamente satisfechas. Ya desde su primera novela había sido encasillado en la categoría de escritores inmorales, pero cuando Doctor Glas vio la luz en 1905 (apenas dos años antes de Banderas Negras) se le vino encima una avalancha de críticas que confundieron el valor ético y estético de esta obra maestra. Ambas dimensiones confluyen en el diario de Tyko Gabriel Glas (efectivamente, el apellido en sueco significa "cristal", y no tiene nada de casualidad), un médico solitario, apático y melancólico que, cuando ve ante sí la oportunidad de hacer justicia, abandona su pasividad y se lanza a la acción sin reparar en otra ley que no sea la que le dicta su propia conciencia. Frente al estilo arrebatado y expansivo de August Strindberg, el de Hjalmar Söderberg sorprende por su precisión (tradujo al sueco a Maupassant y Anatole France), un esfuerzo permanente de contención que aumenta la perspicacia de sus reflexiones y potencia los destellos ocasionales de ironía. Con fría elegancia va tumbando instituciones como la religión, el matrimonio o la misma medicina, y pone sobre la mesa una serie de dilemas (el aborto, la eutanasia, la represión sexual, el homicidio legítimo...) que ni siquiera un siglo después están cerca de ser resueltos.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de septiembre de 2011