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sábado, 27 de agosto de 2011
Reportaje:Mis morbos favoritos

El veneno de la serpiente

Ahí estaba, sobre el tobillo, la marca de la mordedura de la serpiente. Una nube oscureció el sol y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Antonio y yo nos quedamos mirando su pie y la picadura, justo por encima del borde de la zapatilla deportiva, junto a una venita azul. "Han pasado años pero aún sigue visible, uno de los agujeros de los colmillos, el otro ya no se ve".

A Antonio Viñas le mordió una víbora en su pueblo, Viladrau, en el Montseny, mientras cortaba el césped. Pasó una semana en el hospital de Vic y tardó dos años en curarse de la subsiguiente fobia a las serpientes. Y eso que es un tipo valiente, que hasta corre rallies. A mí nunca me ha picado una serpiente, Dios no lo permita, y sin embargo les tengo mucho miedo, una ofidofobia del carajo. También me provocan un extraño morbo, una insana atracción.

"El dolor no me subió más arriba de la ingle, pero notaba molestias en todo el cuerpo. Me ingresaron y me pusieron suero y el antídoto"

Pensaba que lo de las serpientes era agua pasada y que convivir con una de ellas -una inofensiva culebra del maizal americana (Elaphe guttata) que reside en un pequeño terrario en casa como una más de la familia comiendo los ratoncitos que le arrojo vivos- me había curado de la obsesión por esos seres escamosos y reptantes. Pero la pasada semana me encontré en el jardín una sospechosa vomitada de mi gata: entre restos de las caras galletitas de atún que consume se apreciaban fragmentos de una presa. Con unas pinzas, lupa, paciencia y mucho asco conjurado con espíritu científico y algo de licor pude reconstruirla. Era una culebrita lisa (Coronella girondica) a la que el felino no había hecho remilgos, aunque evidentemente no le había sentado bien. Me quedé mirando la cabeza seccionada, congelada en una postrera mueca ofídea y me asomé a las fauces abiertas. Ahí dentro permanecían intactos todo mi horror y mi fascinación.

No ha contribuido a serenarme la lectura este verano de The snake charmer, de Jamie James (Hyperion Books). Es la historia real de un famoso y osado herpetólogo californiano, el doctor Joe Slowinski, un apasionado de las serpientes venenosas descubridor de varias nuevas especies como la cobra escupidora de Birmania (Naja mandalayensis), que se las hizo pasar moradas al esputarle aviesamente un chorro de veneno por debajo de las gafas protectoras con puntería digna de un ranger tejano.

James reconstruye la apasionante biografía de Slowinski desde su infancia hasta el abrupto final en 1991 en una remota aldea birmana bajo el monte Hkakabo Razi, en el extremo sur del Himalaya, pasando por incidentes con diversos reptiles y un romance con una ornitóloga morena a la que llevó a una animada batida de crótalos tras la que pasaron la velada bebiendo vino y visionando La noche de la iguana. Y yo que creía que mis planes románticos eran excéntricos... Una mañana temprano, durante su última expedición en Birmania, Slowinski metió la mano sin mirar en una bolsa que según uno de sus colegas contenía una serpiente inofensiva recién capturada. Al sacarla, llevaba colgando un espécimen pequeño y listado con los colmillos aferrados a la base de su dedo medio. "Es un jodido krait", estableció consternado. El krait o búngaro es una de las serpientes más letales del mundo y su veneno, neurotóxico, resulta unas 16 veces más potente que el de la cobra. Slowinski lo sabía muy bien, y lo que le esperaba.

James narra sin ahorrar ningún detalle el espanto y la angustia de la situación. El científico reunió a su apesadumbrado equipo y les describió pormenorizadamente lo que le iba a pasar a medida que el veneno fundiera su sistema nervioso. Fue tal y como predijo. ¡Qué terrible saber con todo detalle cómo vas a palmarla! Al cabo de una hora las manos le empezaron a temblar. Luego fue incapaz de alzar los párpados (ptosis). Mientras pudo fue reseñando, en un ejemplar alarde de empirismo, sus impresiones. Cuando dejó de ser capaz de hablar, por escrito. A las seis horas cesó de respirar y hubo que practicarle ininterrumpidamente, por turnos, la respiración boca a boca. Entre espasmos alcanzó a garabatear un último mensaje: "Dejadme morir". Aunque parece que no sufrió mucho: él mismo había predicho que no habría dolor, sino el sentimiento progresivo de desconexión, por la hipoxia que es la reacción propia del veneno de los elápidos. El socorro vía helicóptero no llegó a tiempo a ese lejano lugar en la jungla, entre otras cosas por la singular circunstancia de que el ataque de la serpiente coincidió con otro mayor que puso el mundo patas arriba: el del 11-S.

Tras una noche infernal, el sistema respiratorio de Slowinski colapsó. El hedor de su aliento, por la descomposición de los tejidos a causa del veneno, era tan fuerte que resultaba un calvario el boca a boca. Murió a mediodía. Si creen que con esto acaba el horror del relato están equivocados. El helicóptero militar se negó a llevarse el cadáver porque en Birmania da mala suerte transportar a un muerto en cualquier vehículo. No hubo más remedio que inyectarle al cuerpo que ya empezaba a pudrirse el formaldehido que el equipo llevaba para conservar las serpientes...

Tras la muerte del aventurero estudioso, se le puso en su honor su nombre a una nueva especie de serpiente hallada en Arkansas, Elaphe slowinskii: una culebra del maizal... como la mía. En 2005 bautizaron también a un krait como Bungarus slowinskii: no sé si le hubiera hecho tanta gracia.

Para animarme y darme esperanza tras el trance de Slowinski volví a uno de mis libros favoritos, El club de los supervivientes a las mordeduras de serpiente, de Jeremy Seal (Espasa), el asombroso viaje del autor en pos del testimonio de gente que salió con bien del ataque de algunas de las serpientes más venenosas del mundo. Del tesoro de información que encierra ese libro les diré solo que documenta la ocasión en que una mamba verde impidió el despegue de un avión de pasajeros en Dar es Salaam al enroscarse en el cuello del piloto. No conozco a nadie que haya sido mordido por una mamba, una cobra, una cascabel o una taipán. No te digo ya que haya sobrevivido. Mi abuelo me habló de un indio pumé al que vio amputarse a la brava él mismo con el machete un pie en la selva tras ser mordido por una mapanare. Pero vete tú a buscar ahora en Venezuela a un indio pumé cojo. Así que ahí estaba yo anteayer en el bar del hotel Bofill, con Antonio Viñas.

La mordedura de una víbora áspid (que aquí llamamos escurçó y es abundante) no es comparable a la de las estrellas del veneno, pero es siempre seria y puede resultar muy peligrosa. Además te puedes topar con uno de esos bichos mientras riegas las hortensias, lo que crea más mal rollo, porque difícilmente me van a ver el pelo en la jungla de Birmania pero no puedo pasar sin regar las hortensias. Antonio, por tanto, es un miembro con todas las de la ley de ese club de personas que, como dice Seal, han sido tocados (mordidos) por algo oscuro, exótico y pretenatural, lo que les hace de alguna manera diferentes. He estado tentado de escribir "envidiablemente diferentes", pero me lo he pensado mejor.

"Eran las seis de la tarde, sentí como si me clavaran dos agujas. Pegué un salto. Y vi la marca, los dos puntitos. Luego un calambre, como si pudiera dibujar la vena por la que subía la sangre". Antonio vio a la serpiente. "Una víbora, pequeña, la típica. Pon que va bien llevarla al hospital". Le miré con incredulidad. "Es porque así saben con certeza qué te ha picado, mucha gente se les presenta agobiada y era una zarza". Él no la llevó, lo que ahorró alguna escena como la del avión de Dar es Salam en versión ambulatorio, y tuvo que describirla. Su padre lo había trasladado en coche con la natural angustia. "El dolor no me subió más arriba de la ingle, pero notaba molestias en todo el cuerpo. Me ingresaron y me pusieron suero y el antídoto. Lo peor fue después. El pánico al caminar por el campo o un jardín. Sudaba de miedo. Incluso por una lagartija. No era vida. Pensé que tendría que ir a un psicólogo y todo. Se me ha pasado completamente, aunque siempre vigilo. Tengo mucho cuidado en la construcción, porque se meten en los ladrillos y en las tejas viejas".

Antonio es un joven cabal y simpático. Pero cuando le pregunto si no guarda rencor a la víbora, su mirada de natural alegre adquiere la calidad oscura y fría del café con hielo que se está tomando. "Las mato, siempre que las veo", dice con inesperada fiereza. Y me parece que algo amargo le sube a la boca y comprendo que, superviviente o no, del encuentro con la serpiente nunca sales indemne.

Una víbora áspid como la que mordió a Antonio Viñas, retratada en el zoo de Barcelona. / JOAN SÁNCHEZ

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