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Crítica:PURO TEATRO

Sondheim, perdido en Boston

La londinense Menier Chocolate Factory ha acogido el estreno europeo de Road Show, el esperadísimo nuevo musical de Sondheim. Pese al talento del maestro y el gran trabajo de David Bedella, la función no despega

En jerga de Broadway, la expresión "lost in Boston" alude a los cambios sufridos por un espectáculo (reescrituras, pasajes amputados, canciones eliminadas) a lo largo de la gira que antecede a su presentación en Nueva York. Road Show, el último musical de Stephen Sondheim, cuyo estreno europeo ha tenido lugar este verano en la Menier Chocolate Factory de Londres, se ha tirado diez años perdido en Boston y con más operaciones de cirugía estética que Zsa Zsa Gabor. Para contarlo rápido: en 1999 (su primera aparición neoyorquina) se llamó Wise Guys y contó con un equipo de lujo: Nathan Lane y Victor Garber encabezaron su reparto a las órdenes de Sam Mendes. No funcionó. En 2003, reescrito y retitulado Gold, pasa a manos del legendario Harold Prince, el responsable de sus mayores éxitos. Tampoco funciona. Nuevas reescrituras. Nuevo título (Bounce) y nueva dirección de Prince en Chicago y Washington. Críticas flojas. Se decide que no irá a Broadway. En 2006, versión de concierto en el Public Theatre, con Bernadette Peters como estrella invitada. En 2008 lo retoma John Doyle, que ha arrasado con dos imaginativas puestas de Sweeny Todd y Company. Tras intensas sesiones de trabajo con Sondheim y Weidman, el libretista, lo dejan (luego se lo cuento) en 95 minutos sin intermedio. Se lleva el Obie (los Tonys del Off-Broadway) a mejor música y letras, pero apenas dura un mes en el Public Theatre de Nueva York. Tres años más tarde, Doyle ajusta su producción al reducido espacio de la Menier londinense, con un protagonista americano, el gran David Bedella, al frente de un elenco de actores y músicos británicos. El montaje "definitivo" (ya se verá, al paso que vamos) cuenta con nuevas orquestaciones de Jonathan Tunick (de trece instrumentistas han pasado a ocho: suenan de perlas bajo la experta batuta de Catherine Jayes) y una escenografía mínima, firmada por el propio Doyle. Road Show se da en pasillo, con los espectadores a ambos lados. Estamos a dos metros de los intérpretes: cinco protagonistas y ocho secundarios, en funciones de coro. En el centro hay una cama, el lecho de muerte de Addison Mizner, desde la que recorrerá oníricamente toda su vida. Al fondo, muebles, maletas y baúles que van a conformar los innumerables espacios, desde las montañas de Alaska hasta las costas de Palm Beach. El libreto de John Weidman, basado en The Legendary Mizners, de Alva Johnson, narra las peripecias de los hermanos Addison y Wilson Mizner, que persiguieron el sueño americano de fama y fortuna durante treinta años, de 1890 a 1930. Addison (Michael Jibson), arquitecto, homosexual, atormentado, quiso levantar una colonia de artistas en Florida pero malgastó su talento. Wilson (David Bedella), timador, mujeriego, vitalísimo, lo derrochó alegremente desde el principio. Curiosa pareja: algo así como juntar a un personaje de Ayn Rand con uno de Mamet. Sobre el papel es una historia fantástica, digna de Doctorow. En escena no acaba de despegar. La puesta de Doyle es tan vigorosa como ágil, lo que lleva a pensar que el problema sigue siendo el texto. No sé cómo serían las versiones anteriores, pero lo visto en la Menier es un epic sometido a una extrema dieta de adelgazamiento. El libreto (actual) de John Weidman está, lástima grande, muy lejos de Pacific Overtures y Assasins, sus anteriores trabajos con Sondheim. El relato va de más a menos y pierde fuelle a medida que avanza; los episodios se agolpan y parece que el autor nos enviara telegramas del devenir de sus personajes. Las sucesivas encarnaciones de Wilson (apostador profesional, promotor de boxeo, empresario teatral) están narradas de modo esquemático aunque chispeante, pero la serie de huracanes, incendios y demás catástrofes (de Hawái a Guatemala) que frustran los planes de Addison recuerdan un poco a los viajes del Capitán Tan, y los perfiles caricaturescos de indios y asiáticos rozan el estereotipo racista. Al final no hay espacio para tantas tramas abiertas: la historia de amor incestuosa, el romance de Wilson con el millonario Hollis Bessemer (Jon Robyns), la gran estafa de Boca Ratón (plasmada con una considerable dosis de tópicos), la doble caída de los Mizner. Tampoco funcionan, por cierto, los figurines de Matthew Wright: las actrices llevan todo el rato el mismo negrísimo vestuario de principios de siglo, "adornado", en las escenas de los años treinta, por gafas de sol y demás aditamentos chirriantes: les queda como a un Cristo dos pistolas.

Hablemos de la música. Aunque un Sondheim menor dará siempre cien vueltas a la mayoría de los musicales en cartel, la partitura y las letras de Road Show parecen escritas por un discípulo aventajado pero sin la chispa y la imprevisibilidad del maestro. De diecisiete canciones tan sólo dos son realmente memorables: Isn't He Something?, el canto de amor de Mamá Mizner, que podía estar en Follies (y que la soberbia Gillian Bevan -una de las estrellas de Grand Hotel en la Donmar- canta con el aterciopelado estilazo de Margaret Whiting), y The Best Thing That Ever Has Happened, una balada que en las anteriores versiones (más hetero) Addison cantaba a su novia Nelly y que aquí, gentileza de John Doyle, dedica a su novio Hollis. Da gusto escuchar a todas las voces del reparto, y aunque el quinteto protagonista brilla a gran altura, el estupendo trabajo de Michael Jibson (Addison) queda forzosamente oscurecido por la arrolladora interpretación de David Bedella, que hace pensar en un explosivo cruce juvenil entre Richard Conte y Jerry Orbach, y al que no puedes quitar los ojos (ni los oídos) de encima: sólo tiene un par de temas para lucirse (The Game y Brotherly Love) pero se lleva la función desde que pisa el escenario. Bedella, un inolvidable Satán hará nueve años en Jerry Springer The Opera, en el NT (rol por el que ganó un merecidísimo Oliver), encarnó luego a Billy Flynn en Chicago (un personaje muy cercano al de Road Show) y la temporada anterior fue Fra'k'Furter en la reposición en el West End de The Rocky Horror Show. Vale la pena no perderle de vista.

Road Show, de Sondheim. Menier Chocolate Factory. 53 Southwark Londres. Hasta el 17 de septiembre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de agosto de 2011