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Tribuna:

Ante "la diosa ambarina"

"Ya sabía yo que venir a Europa en esta época del año no era garantía de nada", dijo, para romper el hielo atajando el agua de la tromba intempestiva tras el ventanal de su humilde estancia madrileña. "Bueno, como en cualquier otra época y a cualquier otra parte", remató, con su proverbial causticidad, el puño en la boca de los grandes tímidos y, como en un marco cubista, sobre el rostro de indio enjuto, sus penetrantes y asombrados ojos de obsidiana. Emilio Adolfo Westphalen -de cuya muerte se ha cumplido un decenio el 17 de agosto, y cien años en julio de su nacimiento- era entonces ya más que octogenario; pero sólo la publicación, unos años atrás, de su breve poesía completa, Bajo zarpas de la quimera (Alianza, 1991) -título clínico, como el ojo de su poética, pues habla a la vez de hallarse bajo las garras de la quimera y de lo embajonado que sales de ella- le haría emerger de su condición de enorme poeta secreto.

Tras sus fulgurantes libros de juventud, Las ínsulas extrañas (1933) y Abolición de la muerte (1935), surreales y magmáticos, guardó más de cuarenta años de silencio, para regresar con una poesía lacónica y hermética con la que dar cuenta del carácter subsidiario -no más que un "sonámbulo atónito" sometido a los caprichos de "la diosa ambarina"- que otorga al oficio de poeta. Una sucesión de epitafios, lúdicos y descreídos, cincelados por un niño senil, compone sus libros de viejo -sobre todo, Belleza de una espada clavada en la lengua (1980) y Ha vuelto la diosa ambarina (1988)-; a veces, tan expresos como el símil mortal de este parón ferroviario: "El tren se ha detenido en el silencio opaco y sin ecos de la noche anónima. Es la llegada a término -no se reanudarán ya más ni agitación ni bullicio ni carcoma". Y, en ocasiones, con un punto de redención respecto a su neto escepticismo y condolencia sobre las relaciones humanas: "Irreconciliablemente unidos / Al borde de la desesperación / Cambiando tarjetas de visita".

¿Por qué el gran apagón analógico en la intermitencia de su poesía? "Diría que se fue de un modo fortuito por circunstancias tal vez necesarias, y se reanudó luego de un modo necesario por circunstancias fortuitas", me respondió, incorregible, mientras, afuera, la lluvia ha remitido del desbordamiento con que él mismo solía usar el agua en sus poemarios de juventud, y adquirido el sobrio ritmo preventivo que le da en su madurez; así en Error de cálculo: "El mar se ha deslizado en el poema como en su cueva o refugio natural sin tener en cuenta la diferencia de proporciones. Cuando cedan las costuras bajo el peso, ¿adónde irá a desaguar todo el azulverde acumulado?". Un muro de contención y, de paso, una cariñosa y melancólica palinodia respecto de los delirios de grandeza del poeta juvenil, promueven su poesía de mayor. Le ciñe ahora las alforjas a quien no puede ser más que un humilde portador de "apocalipsis de bolsillo"; cuyo oficio no pasa de "subrayar el vacío". Por eso abominaba (ahí sí se extendió, en cuanto escampó y se coló, por sobre su bata, el sol del verano) de "los timbales de la retórica", y sostenía que "la erudición es el principal enemigo del poeta".

Frente al dominio exclusivo de la poesía, el poeta reza: "No soy / no seré sino sonámbulo atónito ante la belleza tremebunda de la Diosa Ambarina. Nada existe / nada puede existir sino la Diosa Ambarina y su belleza de Medusa arrebatadora y mortífera". Inclusive el poema se queda siempre corto frente a esa omnipotencia de la poesía: "¿Qué será el poema sino castillo derrumbado antes de / erigido, / Inocua obra de escribano o poetastro diligente?".

En la belleza de la Diosa Ambarina (tez suprema del Azar) coinciden el nimbo de la muerte y el arbitrio de la hembra-niña. El viejo poeta limeño se confiesa: "Súbito e irresistible deseo de morder labios jugosos coralinos húmedos / de hincar pausadamente (pero fuertemente / pero implacablemente) los dientes en boca entreabierta (...) Rito alucinado / pero instante más vívido que cualquier imagen deshojada del olvido". Y pronto advierte que el ámbar ha brotado con la espontaneidad de una pandilla de púberes "de núbil cuerpecillo y teticas minúsculas", que, con solo saltar a la comba, le llevan al agónico reconocimiento: "¿Por qué tocaría siempre a tiernas mocitas marcarlo con el hierro infamante de la angustia y la insatisfacción amorosas?". En compensación, Westphalen lanza al viento el epitafio más camuflado e inmarcesible que quepa imaginar: "Aspirar a convertirse en esa hojarasca que arde en las pupilas de ciertas mulatas".

Antonio Puente (Las Palmas de Gran Canaria, 1961) es escritor, periodista y crítico literario. Sus últimos libros publicados son los poemarios Agua por señas y Sofá de arena (Ediciones Idea).

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de agosto de 2011