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Reportaje:VERANO | RETRATOS DE UN PAÍS

La madre que nos parió

Una forma superior de querer a la patria es tomársela a broma. Este es un retrato de la España más estrafalaria y entrañable, que responde a instintos poderosos y a menudo insondables. ¿Somos así? Sí y no. Hemos cambiado mucho, pero hay cosas que nos siguen saliendo desde lo más hondo.

Existe una forma superior de querer a la patria y es tomándosela a broma. Podría incluso decirse más: desde lo más sagrado hasta lo más profano, nada es digno de sentirse amado y llegar a poseer un himno si antes no se pone en solfa. Se pone en solfa, y toda esa música ratonera, entre la sonrisa y el ridículo, humaniza silenciosamente la cosa y envuelve en papel de plata su herida abierta y colorada.

Hay, al menos, dos campos de extraordinaria importancia en esta pobre existencia y son el fútbol y la religión. Los dos son tan graves que, en su liturgia, llevan muy mal la befa. Tanto en un sistema como en el otro, la seriedad estuvo mucho tiempo representada por el vestido negro del árbitro y de los curas. Telas de luto que hacían ver la carga de muerte que, cada uno en su oficio, se veían obligados a gestionar. Tanto en uno como en el otro ni las aleluyas ni los vítores restaban un ápice de muerte al vagido del gol y al jadeo postrero bajo la extremaunción.

La 'Celtiberia' de Carandell no existe solo en España, sino también en Francia, China, EE UU...

Los chistes de humor negro son a menudo de una hilaridad superlativa, pero precisamente porque se atreven a revolver entre los abonos de la máxima seriedad, entre la derrota de la vida o del encuentro. En uno y otro caso no se permite o, mejor, no es de buen gusto jugar con su corazón sagrado. La muerte y el fútbol, como la justicia radical misma, se producen dentro de la suprema eminencia de la arbitrariedad. Se muere joven o niño sin saber por qué y se gana un partido por un churro que nadie puede atribuir sino a la indiferencia de Dios. Es decir, al mundo inexplicable del que sería una formidable temeridad reírse.

En mi caso, esta es la segunda oportunidad que me depara la providencia para ponerles texto a las fotos mudas de Jordi Bernadó. Tan mudas que, tanto entonces, a propósito de un libro sobre Estados Unidos, titulado True Loving, como en este lance, no puedo recibir sino como un regalo el habla o lo que no se ha dicho con palabras, que, como decía Celine, constituyen el núcleo más duro e importante del horror.

Jordi Bernadó dispara, mata, embalsama y luego me toca a mí hacer el recuento de esa compleja y extrema operación. De hecho, la mayor dificultad para trabajar a su lado consiste en que sus tiros suelen ser tan precisos que acaban definitivamente con el finado, que ¿qué palabra de más culminaría el impacto de su aniquilación?

El proceso de Bernadó, más o menos, es así, según mis propias cavilaciones. Ve una pieza al borde del abismo, entre la realidad y su caricatura onírica, entre el rostro y su falsa máscara. Ve este baile primario y lo concreta, objetivo a objetivo, para que en adelante no pueda moverse de su sitio jamás. La foto fija el objeto delimitado en una doble estanqueidad. Al muerto lo encaja en el féretro y, en una doble operación, lo precinta. Limitado, de antemano, en su cuerpo yerto, y encofrado después en la estructura funeraria final.

¿Mala intención? ¿Necrofilia de segundo grado? Seguro. No hay buena intención en el sentido del humor negro, sino el proyecto de congelar para la eternidad no ya los langostinos de Guardamar sino los monaguillos de Toledo. La cafetera, el muslo o el anís SYS reflejados en la pobreza, los pantys o el entrañable mal gusto forman un lote.

Sea sobre el tópico de Las Meninas o la astracanada de la vieja bandera nacional, Bernadó le infunde a cada situación, sin importar su cicatriz sagrada, una proporción de cariñosa burla a la que nadie, por tratarse de un cariño tan raro, sabría ofrecer oposición.

Como resultado de esta peculiar actitud, mucho más infernal y anómala de lo que parece, las estampas obtenidas -casi arrancadas de la normalidad normalizada- componen un mundo extraordinario que sin su mediación acaso no habríamos advertido nunca.

A la sensibilidad por lo inesencial, a su esencialidad por lo trivial, a su trabajo de minero sobre la superficie se suma la visión tan piadosa como cruel respecto al pobre ser humano nacido en este mundo. Pero no por todos los pobres seres humanos del mundo se siente igual, sino especialmente por aquellos que hallan en el mal gusto una fuente de felicidad gastronómica envidiable. Una felicidad apegada a la adversa situación de la economía, si es que la economía, Dios no lo quiera, entablara diálogo con sus engendros y determinara el contenido del menú.

El mundo se abre como una granada a la experiencia del sorprendido espectador. Todo lo que nos pareció digno de reverencia se reconstituye aquí en una suerte de antropología donde se ama a los santos, el calimocho, el toro de lidia y hasta la mujer pantera.

Si se necesitara a alguien para que combatiera a la autoridad y estableciera de una vez por todas el éxtasis de la democracia de la mediocridad, habría que telefonear a Jordi Bernadó. Sabe lo que dice, ignora lo que manda, ama lo que el pueblo adora y la camarera canta en su cuarto de estar.

Afortunadamente, Bernadó siempre está de guardia y ve incluso en la oscuridad. Desde la vanidad de Dios hasta la jactancia patriótica, desde el gran puticlub hasta la gigantesca paella, el ojo de Bernardó no descansa. Pero reposa.

Esta colección que publica El País Semanal es el resultado de haber descartado como detritus cientos de diapositivas, pero, aun así, no hay un tema claro o académico que las reúna, sino el imán del timo y no el de la Ilustración. El cambalache, inspirado en el propio viaje de aquí para allá, consiste en hilvanar a través de la más eminente enseña del mal gusto el diseño de las almas que creen y se entregan a él.

Almas que creen, para su orgullo, en el alto precio de la patria, Dalí, el chiringuito, la juerga española y todo aquello que reúne a una batería de instantáneas sobre el glamour de lo más cutre, los vistosos trajes de flamenca, las pobres malabaristas anémicos o los cementerios en el día de Todos los Santos que nos transportarán, en una Valeo de Nissan, hasta el destino del más allá.

El mundo de la publicidad, pero también la publicidad del mundo construyen este edificio estético a lo Bernadó. Ni se está seguro de que tal arquitectura sea tangible y no onírica o si lo onírico pasa por ser real con solo hallarse en el terreno más agitado y rural de la ficción popular.

En conjunto, como si se tratara de un circo, los personajes -tras los grandes decorados que se ven muy bien- inducen a sentir una insondable lástima por ellos, casi invisibles, acaso desguazados.

Pero, simultáneamente, el truco central de Bernadó radica en hacerlos dignos de ser amados en la imaginaria tragedia de su extravío. Un sortilegio que sigue expresando Bernadó (obstinadamente) al acumular indicios, documentos y monumentos para que lo que fuera menospreciado a primera vista adquiriera después una consideración sabia, no ilustrada en la Academia, sino en las acequias del amor y la convicción.

¿Es España así? ¿La define este bernadito reportaje gráfico? Sí y no. No es así, pero creeríamos erróneamente que es de otro modo si olvidáramos estos elementos danzando entre la inocencia y la vacuidad, entre la retórica, la arrogancia, la ordinariez, la creencia y el desdén.

Hace años, Luis Carandell nos hizo saber sobre una España tradicional, radical, popular y sustantivamente simpática. Tan ingenua y pueblerina como entrañable a través de sus muchos ejemplos en su Celtiberia Show. Esta Celtiberia existe aún en casi todas partes, sea en España, en Francia, en Rusia, en China o en Estados Unidos.

Bajo el burdo manto del PIB se encuentra un espíritu sin calibrar, un alma sin contabilidad para los programas de la ONU, la Unesco, el FMI o la FAO.

Esa realidad se esconde porque habita entre las fisuras y ningún vuelo rasante es suficiente para detectar sus vidas. Y mucho menos sus secuencias desde el lunes a las fiestas de guardar. La cámara de Bernadó, ahora, y en otras distintas ocasiones, hace emerger esos relentes del latido del cuerpo social. De este modo, la obra de Bernadó es semejable a la de un buen cirujano que actúa entre las fístulas, entresaca el cáncer del mediastino y coloca en la mesa de disección las diferentes capas de un tumor, maligno o no, para analizarlo con el estilete o el estilo.

la vida depende de esa vivisección y de sus análisis, puesto que la vida no es el organismo que se expende en la apariencia, sino en los entresijos de su sombría masa, adiposa o muscular. Ingresar en ese laberinto es interesarse francamente por la ciudadela integral de la salud.

Porque podría decirse: "Adónde está tu orgullo, adónde está el coraje,... fallaste corazón, no vuelvas a apostar ". Esta ranchera de Cuco Sánchez lo dice, de paso, casi todo respecto al trabajo fotográfico de Jordi Bernadó, que es a su vez -sin que pueda explicarlo- una pura ranchera ("Qué cariño" y "¡Qué lástima me das!").

Uno compone, el otro expone. Las fotos cantan la realidad de la vida muda, vida a secas, las letras y las notas visualizan el alma de menor cuantía que reside en tantos corazones que no son ya nunca materia prima almibarada de las revistas del corazón.

Más aún: hay corazones de primera que siendo de segunda fila han alcanzado fama internacional en los trasplantes, y corazones injertados que matan pronto, demasiado pronto, entre la miseria y la droga, entre la murria y el sexo, son como baratos puticlubes del viaje que miramos de lejos cuando viajamos por las carreteras en el Volvo familiar.

Esa vida de cunetas y pueblos por donde no se pasa nunca, o la vida de los museos provinciales donde sus piezas cubiertas de polvo no reciben fotos ni visitas, representan el lado mortuorio de una humanidad sin impresión. Son ellas, sin embargo, las fotos de impresión, impresas en los intervalos que no salen en los diarios ni en las noticias de la televisión, intervalos donde anidan pasiones sin porvenir, el porvenir sin pasiones y las pasiones sin transporte hacia delante o hacia atrás.

La aportación de Jordi Bernadó es, al fin, tan insignificante para la clase académica o política, que podría haberse ahorrado el trabajo de viajar, dilucidar, escoger, esperar, centrar y disparar. Sin esa documentación habríamos vivido igualmente felices. Pero algo, inesperado, se forma al contemplar este mundo, tan ingenuo como desamparado, tan dichoso como inocente, tan alegre como mediocre, tan desgraciado como cantante y tan pobre como satisfecho. En suma, tan existente como muerto para la propaganda oficial.

Tan enterrado, en definitiva, que podría continuar latente en este mundo si no fuera por tipos como Jordi Bernadó, que sin asco alguno, provisto de una suprema capacidad de alerta que le impide dormirse ajeno a la pesadilla, común más o menos envuelta en la valeriana o el Orfidal.

Pero hay más. Si se alude al sueño, esta obra gráfica de Bernadó representa la ensoñación más activa. Es verdad que en algunas fotos aparecen personas que actúan o se mueven un poco, pero, en general, su acción viene a ser lo de menos. Lo prevalente en los escenarios que se muestran aquí a la manera de actas son escenas de la soledad absoluta. El son mismo de su clamante soledad.

De hecho, no hay prácticamente nadie, no hay persona alguna en el espacio que plasma la foto. Y, de hecho, no existe interlocutor con quien conversar sobre ese espacio que se presenta a solas, como encargado en exclusiva de expresar su amor o su desolación.

Frente a la personalidad de su creador, pleno de calor humano, sus paisajes desolados, mudos y fríos son los que dicen cualquier cosa más allá de la palabra, más allá del aullido o de la voz. El lema de un cartel, el reclamo de un anuncio, el título de una tienda o el abandonado grafiti sobre un muro son los mensajeros de su circunstancia helada y de su tiempo inmemorial. No por casualidad, el grupo más abastecido de figuras humanas es el grupo de figuras de cera, porque, en realidad, lo que se da a conocer no es el mundo vivo preparado para desaparecer, a la manera de un carnaval, entre la sonrisa y la astracanada, entre la creencia y su pobre fe. En realidad, vivimos o dormimos para que, en alguna ocasión, someramente, nos zampemos una paella gigante en el mismo restaurante Viva España y la misma digestión pesada nos lleve a la madre que nos parió.

Tercera entrega de la serie con la que 'El País Semanal' celebra el reciente 35º aniversario del diario EL PAÍS. Cinco viajes de autor por los terrenos de nuestra memoria. En esta ocasión recorremos los rincones del alma más 'kitsch' de España.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de agosto de 2011