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domingo, 14 de agosto de 2011
Entrevista:MANUEL VICENT | escritor y articulista

"Me excita mucho Valencia"

Ni valenciano, ni madrileño. Manuel Vicent dejó su tierra natal en 1960 para hacer carrera en Madrid. Allí se convirtió, casi a su pesar, en periodista. Allí llegaron los primeros éxitos literarios. Pero siempre regresa a su tierra.

Ni valenciano, ni madrileño. Su centro de gravedad es Motilla del Palancar: "Cuando me voy a Madrid y paso por Buñol me olvido de Valencia. Cuando regreso y llego a Motilla del Palancar, ya soy valenciano, pero no estoy bien ni en un sitio ni en otro, aunque no me importa en absoluto". En 1960 Manuel Vicent (La Vilavella, Castelló, 1936) buscó una excusa para irse de Valencia, lio el petate y se fue a Madrid. Al llegar a la capital escribió una historia en un café, la envió a una editorial y ganó un premio literario. En el diario Madrid empezó en el periodismo cuando la bohemia era barata. Ahora todo ha subido y solo escribe por encargo. De mirada fenicia, el dinero solo le interesa para saber que no existe. Como todo espíritu inquieto, todavía le queda un sueño: escribir una novela a lo Kafka. Corta, surrealista e intensa como a veces lo es la vida misma.

Todos los tópicos del Mediterráneo los llevo como una cruz pesadísima

Pero yo no he ejercido ni de valenciano ni de madrileño

El que ahora quiera hacer literatura como antes, que haga poesía

La poesía es de jóvenes, porque necesita que el cerebro esté limpio

Pregunta. Aunque su medio siempre ha sido la prensa, nunca le atrajo el periodismo.

Respuesta. La figura del periodista no me atraía nada. En mi juventud, leer el periódico era humillante porque estaba censurado. Sin embargo, leer el libro prohibido tenía una excitación. Yo no tenía sentido de la noticia y tampoco me importaba nada lo que le interesase a la gente. Yo quería escribir historias y novelas.

P. En su caso, el principio fue el premio.

R. Había ganado un premio, el Alfaguara, que la familia Cela potenció en Madrid para competir con el Nadal y el Planeta de Barcelona y tenía más explosión que carga, porque la novela no se vendió mucho. Eso tenía un desarrollo: escribir un libro, llegar a la librería y se vendía o no se vendía. Pero el día que publiqué el primer artículo, Más allá de Salazar, en el diario Madrid, esa misma noche recibí llamadas para decirme sus opiniones. Me dije: "He escrito un artículo político, pero si hiciera de esto literatura, sería fabuloso". Yo no quería otra cosa que aprovecharme de ese aparato para escribir lo que quería. Soy periodista porque lo he escrito casi todo en el periódico. La prisa, la llamada del redactor jefe y el encargo me han esforzado a escribir, aunque me lo paso muy bien sin escribir.

P. Uno de sus trabajos periodísticos más considerados fueron sus crónicas parlamentarias en la transición democrática.

R. Cuando me encargó las crónicas parlamentarias, Juan Luis Cebrián me dijo: "Paséate por las Cortes y después escribe una parida". La crónica parlamentaria era un género estrella y estábamos en el estreno de la democracia. Allí lo pasé bien porque sabía que en ese momento estaba en el primer plano de la historia de España. La entrada de Dolores Ibárruri en el Parlamento, la primera vez que se cruza Carrillo con Fraga en el pasillo, la evolución de cómo se miraban hasta que se tomaron un café juntos. Los otros periodistas tenían que tomar notas de cada cosa que decían, pero yo estaba allí haciendo el chorra, escribía mejor o peor sobre el clima y las luces... Literatura.

P. El periodismo es un género literario para usted.

R. Sí, pero ahora el periodismo ya es ficción. La sobreinformación que tenemos hace que lo que se sabe del mundo ya no sea real. Pero dentro de cien años, el que quiera saber lo que somos ya no tendrá que leer novela, porque el alma o la almendra de finales del siglo XX es el periodismo. Una novela no puede competir con el telediario. El que ahora quiera hacer literatura como antes, que haga poesía.

P. ¿Se necesita edad para escribir?

R. La poesía es de jóvenes, porque necesita que el cerebro esté limpio, sin adherencias, es ir al fondo rítmico de las palabras. Para escribir y para narrar, se necesita lo contrario: la experiencia y la observación. Lo ideal es expresar algo cotidiano que ve todo el mundo y darle un giro al final del artículo. Sobre todo se valora ver un problema de una forma que no lo ha dicho nadie. El periodismo, la literatura y el arte en general consisten en acertar, es algo misterioso. Escribir deprisa deja sumergida parte de la inteligencia y trabaja el inconsciente. Por eso siempre pienso que tal vez algún día acierte con una novela corta y escriba La Metamorfosis sin darme cuenta.

P. ¿Cuál es su filosofía de vida?

R. Sé que en esta película de la vida Gary Cooper muere de una forma degradada, no con el glamour del cine. Mientras eso no pase, hay que aprovechar cada minuto del día. En Economía se estudia "la utilidad marginal": darle más valor al dinero a medida que va faltando. La vida es como un valor, le vas dando más importancia a medida que va faltando. Llega un momento en el que no hay que perder el tiempo ni conocer a ningún idiota más. A lo mejor es puro egoísmo, pero quiero que todos sean felices, tengan dinero y sean agradables, que haya justicia social, revolución proletaria... Todo eso con la exclusiva motivación de que me dejen tranquilo, que todo el mundo esté contento para que me dejen hacer lo que me dé la gana. Y los placeres, al alcance de la mano, baratos y sensibles, momentos felices. Yo quiero salud y morir rápido.

P. Una queja social es reivindicar que en Valencia ha faltado un star-system. ¿Se ha sentido desaprovechado?

R. Terminé Derecho y Filosofía en 1960 y me quedé, como diría Josep Pla, como "una mesa camilla en medio de la calle", desamparado y sin amigos, porque todos estaban con las oposiciones para notario o registrador, y me fui a Madrid. Raimon empezó con la guitarrita al año siguiente y Joan Fuster sacó al cabo de dos años Nosaltres els valencians. Si esto hubiera sucedido tres años antes, probablemente me hubiera quedado y me hubiera integrado en ese nuevo medio fusteriano. Pero ya lo viví desde Madrid, aunque eran mis aliados naturales. En una ocasión fui a Sueca a visitar a Fuster, como quien va ad limine a casa del Papa. Me dijo en valenciano: "Tranquilo, siempre escribirás en valenciano aunque escribas en castellano, porque tu pensamiento es de aquí". Me dio la bendición y me fui. En Madrid me consideran un valenciano de la pataqueta, l'arròs, la falla, Blasco Ibáñez y Sorolla. Todos los tópicos del Mediterráneo los llevo como una cruz pesadísima. También es verdad que me lo merezco, porque he dado una lata increíble con lo del Mediterráneo. En Valencia me consideran como uno que se ha ido, que escribe en castellano y que es un madrileño.

P. Para tomar café usted es más de artistas que de periodistas. ¿Va mucho con valencianos en Madrid?

R. Antes iba a la colla de Tirant Lo Blanch, pero tampoco hago mucha vida de capillitas. Yo iba al Café Gijón, donde había cómicos, jueces de Justicia Democrática y periodistas de todas partes, cuando todo era maravilloso. Pero yo no he ejercido ni de valenciano ni de madrileño.

P. Ejerce de Manuel Vicent.

R. Tampoco es eso. ¡Yo qué sé! Me tengo muy poco observado. No me intereso absolutamente nada.

P. ¿Qué es Valencia para usted?

R. Me excita mucho Valencia, esa inmediatez del pensat i fet, que no es cierta, porque primero hacen y luego "ja vorem si pensem". Un gran arquitecto, amigo mío, Juan Navarro Baldeweg, me dijo: "En Valencia descubrí que la gente de cualquier clase social se mira a los ojos al mismo nivel. El inferior no mira de abajo arriba al superior, ni en el superior de arriba abajo". Es la espontaneidad de esta gente que tiene cara de sufrimiento pero que da la sensación de que dentro de una hora lo pasará de maravilla. Eso es Valencia.

P. ¿Ha pensado escribir sus memorias?

R. Eso de escribir para el día de mañana sobre mis cosas es para un profesional. Yo soy un señor que ha vivido lo profesional de lo profesional. Por la mañana me siento a escribir para algo, y lo que se me ocurre en ese momento es lo que vale.

Manuel Vicent, en la terraza de un restaurante en Dénia. / JESÚS CÍSCAR

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