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sábado, 13 de agosto de 2011
Crítica:Teatro

Mucho empeño, poco duende

Una desigual 'Antígona', con Marta Etura y Blanca Portillo, despide entre aplausos los estrenos de un Festival de Mérida marcado por la polémica

Mérida, 23.00; 35 grados. Llenazo absoluto. Expectación. Aleteo de cientos de abanicos, como polillas agónicas por el calor. Antígona (Marta Etura) avanza entre un mar de tumbas (impactante espacio escénico de Ricardo Sánchez Cuerda) para cubrir de polvo ritual el cadáver insepulto de su hermano Polinices. El primer problema es que no hay tal cadáver: Polinices ha sido sustituido por un pianito de juguete, a lo Comelade. Idea poética, sin duda, pero demasiado abstracta (y demasiado mona). El esteticismo pierde al director mexicano Mauricio García Lozano, nuevo en esta plaza. Su Antígona cerró el jueves la nómina de estrenos de la 57ª edición del Festival de Mérida.

No es lo único que se pierde en esta función. Se pierde, de entrada (y no es escasa pérdida) el sentido y la comprensión de los coros. En el original eran los sabios ancianos del lugar; en la puesta, un grupo de mozarrones de torso desnudo (un poco la versión péplum de Los cadetes de la Reina) y una veintena de mozas púberes a las que simbólicamente degüellan en un pispás: si no conoces la obra lo tienes un poco difícil para entender lo que está pasando. Lo de la comprensión es literal: la música de Pablo Salinas, entre disco-tecno y Carros de fuego, rebozada de viento aullante y chirridos metálicos, cubre las invocaciones del Corifeo (David Luque, que se las ve y se las desea para que sus frases emerjan del estruendo) y emborrona pasajes tan hermosos como el de "Hay muchos portentos, pero nada tan portentoso como el hombre", una de las cumbres de la lírica griega.

Es una tragedia que ha de avanzar como una rueda ardiente cuesta abajo

Es una verdadera lástima, porque el texto se da casi en su integridad y es muy buena la versión de Ernesto Caballero. Hay una enojosa sobredosis de pinceladas innecesarias: las niñas tiran su pañuelo al río / para mirarlo como se hundía; los mozarrones, tras una danza aeróbico-marcial (gentileza de Ronald Savkovic) las hunden a ellas en el subterráneo Aquaronte, envueltitas en plástico como Laura Palmer, donde se cimbrearán hasta el hartazgo, con esporádicas e incomprensibles visitas al reino de los vivos y, eso sí, unos hermosos cantos melismáticos. Más tarde, cuando las jóvenes danzantes se llevan a Antígona al Hades (con atavío entre futurista y Pierre Cardin), la escena evoca un involuntario homenaje a Roger Vadim que bien podría titularse Barbarella en los infiernos.

Antígona es una tragedia que ha de avanzar como una rueda ardiente cuesta abajo: no conviene abrirle excesivas trochas laterales. Etura, consciente de que lidia un toro bravo, echa toda la carne en el asador, pero parece más enrabietada que poseída por una ira cósmica. Hay demasiada premura en su dicción, como si quisiera zanjar su pleito cuanto antes, y una tendencia a mostrar su dolor más que a encarnarlo: los mimbres del personaje están ahí, pero falta el pellizco esencial, el duende que ha de arrebatarnos. La furia que le falta la tiene María Botto como Ismene, papel que, curiosamente, quintaesencia la sensatez amedrentada: le sobran a la actriz, sin embargo, algunas cadencias un tanto oscuras y quejumbrosas. Antonio Gil, actor de dilatada trayectoria internacional a las órdenes de luminarias como Brook o Simon McBurney, tiene una imponente presencia escénica, un poco a caballo entre Jesús Puente y Omero Antonutti. El imaginativo Pedro Moreno le ha vestido de soldadón serbio o carlista valleinclanesco. Su trabajo es muy desigual, con pasajes sobrios y poderosos que alternan con escaladas vocales un tanto gritadas y súbitos descensos en los que apenas se le pilla. La escena más clara y convincente del espectáculo es el careo con su hijo Hemon (Elías González): atención a este actor extremeño, que tiene naturalidad y fuerza, que modula y, virtud capital, sabe hacerse escuchar.

También es muy apreciable el trabajo de Alberto Amarilla, que imprime una tonalidad de fool shakespeariano al guardián de la tumba y narra con dolor contenido, como mensajero, el gran eslalon de desastres que cierra la obra: su principal punto débil, sin embargo, es una gestualidad reiterativa y cercana al tic. Rosa Manteiga (Eurídice) ha de pechar con un rol relampagueante y una distancia casi sideral, a kilómetros del foso. Las mayores enseñanzas de esta Antígona corren a cargo, vaya sorpresa, de Blanca Portillo (aquí más cercana que nunca a Núria Espert), que convierte el breve parlamento de Tiresias en un formidable morceau de bravoure y, sobre todo, en un verdadero curso acelerado de tragedia: cómo decirla, cómo servirla. Maquillada y ataviada entre hechicera bantú y buitre leonado, recordando a ratos una de sus supermarionetas en La avería, sabe hacer crecer el grito sin que parezca alzar la voz; imanta la atención diversificando los tonos y los crescendos y alza, con el poder de su palabra y de su gesto, un halo de magia primitiva e irracional, entre ceremonial y operística: un trabajo que en su arranque roza lo artificioso y acaba imponiéndose, rotundo, por su enorme técnica y su enorme talento. No vi su Medea a las órdenes de Pandur, pero la imagino en una similar longitud de onda. Pese a la guadianesca emoción del conjunto, el público de Mérida aplaudió largamente, puesto en pie, y reclamó varias veces la presencia del esforzado equipo.

Blanca Portillo, en su papel de Tiresias, y Antonio Gil (Creonte), en una escena de Antígona. / CEFERINO LÓPEZ

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