Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:Flamenco

Dos estrellas en La Unión

Estrella Morente y Alejandro Sanz protagonizan la segunda gala del Festival del Cante de las Minas

Noche de homenajes y de sentimientos agridulces en La Unión. Cantaba Estrella Morente, que sigue de duelo tras la muerte de su padre, Enrique Morente. Pero el sábado, minutos antes de que la artista desgranara en el escenario su arte, tan influido por el desaparecido patriarca de la casa, su amigo Alejandro Sanz recibía allí mismo el Castillete Minero, máximo galardón del Festival Internacional del Cante de las Minas, de manos del alcalde de la localidad, Francisco Bernabé.

Conocida es la filiación flamenca de Sanz, que él mismo se encargó de evocar cuando habló de las influencias, en su Cádiz natal, de cantaores como La Perla o El Chaqueta, y después, cómo no, de esa pareja que renovó en diálogo musical el arte jondo en los años setenta: Paco de Lucía y Camarón. Sanz, jaleado y esperado toda la noche por sus fans, había cruzado el Atlántico para recibir "un premio al que doy mucha importancia. Lo defenderé con orgullo".

El cantante recordó las influencias de artistas como La Perla o El Chaqueta

A Estrella Morente se le nota el peso de la muerte de su padre, fallecido a finales del pasado año. Sale al escenario formando un círculo por tonás, tal como hacía él al iniciar sus actuaciones en los últimos años. Estrella agradeció los reconocimientos y recordó cómo Morente exhibía con cariño en una repisa de su casa familiar algunos de los iconos mineros.

La artista canta ahora, si cabe, más morentinamente que nunca, tal vez de manera consciente, como una voluntad de homenaje constante al padre. En la seguiriya, en la taranta, en tantos palos, se veía una manera de hacer, una voluntad de estilo procedente de la creativa factoría Morente, como ella misma denominó a esa fábrica rica en minerales flamencos, a ese filón que parecía inagotable hasta hoy.

La segunda parte del espectáculo nos devolvió a la Estrella habitual, con un vestuario más vistoso, con más ritmo y con la inclusión de una copla que ofrece desde hace años, María de la O, que nos hace olvidar a Marifé de Triana. Como otras veces, la cantó a capela: su tono tranquilo introduce en un clima entre melancólico y altamente melódico, casi ritual (a veces sus gestos rozan el tremendismo dramático), y en ese trance ocurren cosas muy hermosas, llenas de musicalidad, de matices, de rincones llenos de sugerencias. Ella es artista, domina los registros teatrales, aunque a veces parezca que acaba los temas casi con desdén indiferente, como diciendo: "Ahí queda eso", otra nueva genialidad de la casa Morente. Sin embargo, anoche, en un muestreo a pie de obra, no todo el público parecía haber quedado convencido de las bondades de la casa. Los menos, desde luego, pues el público en general jaleó con afán la actuación de la bella cantaora.

En el mundo del flamenco hay algunos tópicos y mitos posmodernos que han conseguido fortuna mediática: los Habichuela han nacido y viven en cuevas del Sacromonte, los mineros salen de las galerías cantando por tarantas marcheneras (¡Dios mío, qué asfixia...!) y en La Unión un público exigente y entendido obliga a los artistas a la más genuina pureza. Hace tiempo que no es así. Hace tiempo que el público acude a aplaudir a los famosos, como en todas partes.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 2011