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lunes, 8 de agosto de 2011
BAJO EL PARAGUAS | Días de diversión

Para punkis, los de antes

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Hubo un tiempo en que no existían los móviles y sabías con quién comenzabas la noche, pero no con quién ibas a llegar a meta. En nuestro siglo, se potea a una llamada telefónica de la gente de siempre y el guión se cumple a rajatabla. Demasiado previsible. Eran los tiempos en que los leones del circo asustaban que no veas, y no ahora que, gracias a Alex de la Iglesia, los que acongojan de verdad son los payasos. Y eran también las fiestas en que los punkis venían como hordas, se hospedaban en los parques e inquietaban casi tanto como los leones.

Vitoria nunca fue una ciudad de tribus urbanas. Heavys hubo unos cuantos, como en el resto del mundo. Mods, un puñado de ellos. Y ni siquiera en estos tiempos modernos hemos logrado acumular una masa crítica reseñable de gafapastas. Pero a los vitorianos, a punkis en Euskadi no nos ganaba nadie. Parimos a Nacho Cicatriz, Evaristo y, si me apuran, hasta al Cojo Manteca y sus muletas destructivas, inmortalizadas por los telediarios de la época.

"Mira, esos de ahí son los punkis", explicaban los padres a sus hijos

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Pero por encima de las crestas vitorianas siempre estuvieron las bandadas estivales de punkis que anidaban al calor del desmadre festivo y que, tras unos días de jarana, se largaban con sus perros pulgosos a otra parte. Los punkis de entonces bebían vino a palo seco como Bukowski, aunque no escribieran escuchando a Mozart. "Mira, esos de ahí son los punkis", explicaban los padres a sus hijos como si visitaran el Museo de Historia Natural de Londres. Tuvimos incluso nuestra particular Quadrophenia y, a falta de mods peleones en Vitoria, fueron blusas los que se batieron en duelo con los punkis en una noche legendaria de fiestas.

Los punkis están en peligro de extinción. Ves dos aquí y otros dos por allá. Pero deambulan como zombis, con el orgullo de antaño diluido en las venas. Incluso algunos tienen la sana costumbre de ducharse por las mañanas. Los tiempos han cambiado. Las txosnas reciben subvenciones, se pincha The Clash en las bodas y hasta las pijas se anudan palestinos para parecer más parisinas. Y de verdad, ¿a alguien le asusta a estas alturas la cresta de un punki?

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